Opinión

Medios empobrecidos y narrativas perversas

El periodismo exige un tratamiento de investigación y respeto por las víctimas

Por:
agosto 12, 2015
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Las mujeres hemos insistido una y mil veces que esta vida y esta época merecen ser narradas desde miradas, voces y sensibilidades que nos permitan ampliar la comprensión de nuestros contextos, de nuestras identidades múltiples y mutantes, nuestras tragedias para no repetirlas y nuestras fortalezas para potenciarlas.

Hemos insistido en conversar con los y las periodistas, en reconocerles sus aciertos, en brindarles nuestro apoyo, en inventar herramientas y lenguajes para acompañarles en la titánica tarea de nombrar de manera acertada a las víctimas para iniciar desde el uso del lenguaje, la reparación y dignificación que tal vez no tuvieron en vida.

Sin embargo, la inmediatez, el rating, la pauta y todas las demás dinámicas perversas parecen tragarse los intentos de muchos y muchas por humanizar y hacer de la práctica periodística un ejercicio ético y de reparación de historias y de vidas.

El reciente tratamiento periodístico al múltiple asesinato registrado en Ciudad de México es un ejemplo claro y triste de la manera desacertada de tratar estos casos. Lo traigo a colación, porque es el mismo tratamiento que han recibido los recientes casos de algunos feminicidios en Cali y en el país en general.

La primera versión de los hechos, registraba el atroz crimen, cometido a plena luz del día del 31 de julio, en un apartamento del sector residencial de clase media, la Colonia Narvarte, del periodista Rubén Espinosa y cuatro mujeres. Algunas versiones periodísticas daban cuenta de que el único cadáver que se encontró vestido fue el del periodista, pues a las cuatro mujeres las desnudaron, violaron y torturaron, para después ejecutarlas como a él, de un disparo en la cabeza.

Hubo un interesante meme circulando que anotaba cómo el único muerto con nombre era el periodista. Las mujeres aparecen como muertas sin nombre, a pesar de que todo el mundo sabía el nombre del asesinado león Cecil.

Días más tarde, empezaron a circular las identidades de las mujeres. Nadia Vera, antropóloga social y activista estudiantil y de derechos humanos, quien, como el propio reportero Rubén Espinosa, había sido amenazada por el gobernador de Veracruz y también se encontraba desplazada en la capital, protegiendo su vida.

Las otras tres mujeres fueron nombradas de la siguiente manera:

“Yesenia Quiroz Alfaro. De ella, sólo se tiene la información de que era maquillista y originaria de Mexicali, Baja California”.

“Otra de las mujeres asesinadas es colombiana. Aunque en un principio la PGJDF la identificó como Nicole, de 29 años de edad, luego desmintió que ese fuera el nombre”.

“La cuarta víctima es identificada por medios locales como Alejandra, la empleada doméstica del apartamento de 40 años”.

La familia de la empleada doméstica, así como el Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar, se quejaron del tratamiento dado a la muerte de Olivia Alejandra Negrete y visibilizaron su vida de mujer, madre, abuela y trabajadora, afirmando que ella no es un daño colateral, sino una muestra más de la escandalosa violencia de género que se vive en México y que en muchos casos se expresa en feminicidios como el de Olivia Alejandra y las otras tres mujeres que acompañaban al fotoreportero.

Unos cuantos días después sucedieron otros enormes “descaches”:

  1. A la mujer colombiana primero se le nombró como Nicole, luego como Simone y se le atribuyeron profesiones como “edecán”, dama de compañía y otros términos eufemísticos para relacionarla con el ejercicio de la prostitución. En algunos medios, incluso, se mencionó como sospechosa su actitud, porque a su apartamento entraban personas de diversa nacionalidad que después no seguían frecuentando el lugar.
  2. En otros medios, se relacionó la presencia de la mujer colombiana con móviles como peleas entre bandas de narcotraficantes y se hizo una detallada descripción de un auto Mustang rojo que era de su propiedad y fue robado después del múltiple asesinato.
  3. Una vez identificada plenamente por la cancillería colombiana como Mile Virginia Martín, de 31 años, hubo un medio que publicó una foto del perfil de Facebook de otra joven colombiana. E incluso un medio publicó al lado del perfil de Mile Virginia, la fotografía de Catalina Ruiz-Navarro, una columnista colombiana que había escrito sobre el tema.
  4. Incluso después de darse cuenta de los errores cometidos se vino otro: entre las fotos encontradas, la que se eligió para ponerse a circular es una de Mile en bikini.

 

¿Cómo dar un tratamiento digno y no estigmatizante a una víctima? fácil: no haga nada de lo anterior. No la nombre como daño colateral, no le quite su nombre, no se invente nombres, no la llame de manera despectiva o maliciosa. No le borre su historia y sus sueños y anhelos. Indáguelos, publíquelos. No elija la fotografía en la que menos ropa luce. No empiece a armar justificaciones a las violencias, acuñando creencias como que las víctimas “se lo buscaron”.

¿No cree que su lenguaje esté haciendo eso? Piense que ningún medio habla nunca de cómo iba vestido el agresor, o sus horarios o sus hábitos de amistades o sexuales. En el caso de las mujeres dedicadas al modelaje, que han muerto en estos días, exponerlas en pequeños trajes o en poses sensuales transmite una idea justificadora de las violencias. Basta con leer los comentarios de los y las lectoras: muchos de ellos dicen cosas como “tiene cara de prepago” “sana no parecía ser”, etc, etc. ¿Esto no le dice algo acerca de lo que está transmitiendo con el texto y la imagen?

Otro caso más extremo si se quiere por lo irrespetuoso, es el tratamiento dado a los asesinatos de mujeres trans. En esos casos hay tonos de burla en los titulares, hay justificaciones que hablan de su ejercicio de la prostitución, de los horarios en que frecuentan las calles, incluso a veces se hace a modo de párrafo de contexto, una explicación de las riñas y atracos en los que han participado otras mujeres trans. Se legitima el exterminio de las mujeres trans y la impunidad en la que quedan todos estos crímenes de odio.

Puede hacerse de manera distinta? Por supuesto que sí. Hay manuales de periodismo no sexista, decálogos sobre cómo dar un tratamiento digno y respetando los derechos de las víctimas. Basta hacer la tarea bien. No se requieren grandes heroísmos. Sólo tomarse un tiempo para indagar por la vida de las víctimas y respetar su dignidad. Basta con revisar los prejuicios propios y hacer un ejercicio de honestidad y autoanálisis para evitar volcarlos en la historia que se está contando.

El foco de estas historias debería centrarse en analizar la persecución política al periodismo en Veracruz y en México en general, la enorme desprotección de la población, que puede ser masacrada a plena luz del día en un sector tranquilo, comercial y residencial de clase media en la capital. El otro gran foco debería estar puesto en recalcar el tipo de cultura que circula y ve a las mujeres como desechables, violables, agredibles, matables, odiables, torturables.

Con las narrativas de los medios, con las imágenes e historias que cada periodista pone a circular en la sociedad, es posible ir erosionando un orden simbólico que ha empobrecido nuestras vidas y nos ha sumido en tanta desesperanza, que a veces pensamos que no tiene vuelta atrás. Quienes creemos que sí es posible vivir y narrar lo vivido de otras maneras seguimos esperando la metamorfosis que los medios nos deben.

 

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