"Los premios son medios, no fines": Rafael Courtoisie 

Entrevista con el escritor, periodista y poeta uruguayo

Por: Carlos Alberto Agudelo Arcila
julio 30, 2021
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Foto: Casa de América - CC BY-NC-ND 2.0

Como director de la revista colombiana Zwaan tuve el honor del presente diálogo con Rafael Courtoisie, uno de los más importantes poetas de Uruguay y Latinoamérica.

Él es autor de numerosos libros y ganador de varios premios literarios a nivel mundial, “entre ellos el Premio Fraternidad de la B’Nai B’rith (Jerusalén), el premio en la categoría Poesía de los Premios Morosoli de Uruguay, (auspiciado por la Cátedra Unesco y la Asociación de Universidades del Mercosur), el Premio Loewe de poesía (España), por el cual la Editorial Visor publicó su obra en su colección Visor Poesía, el jurado fue presidido por Octavio Paz), el Premio Plural de Poesía de México, (jurado presidido por Juan Gelman), el Premio de Poesía del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay, el Premio Internacional Jaime Sabines, (México), el Premio Blas de Otero (España) y el Premio de Poesía José Lezama Lima. En 2014 ganó el Premio Casa de América de Poesía Americana”.

¿Considera sus textos apócrifos como “evangelios” rebeldes de su literatura?

De alguna manera los apócrifos en su mayoría son también homenajes y diálogos con grandes poetas de otros tiempos. Tratan de brindar, como los evangelios, una “buena nueva”.

¿El aforismo es un género apátrida del arte de escribir?

Sí. Wittgenstein hizo su famoso “Tractatus” en base a aforismos, Cioran encontró en ellos un modo expresivo directo y a la vez profundo. Están en la poesía, están en la reflexión, están en la narrativa en forma de micro ficciones. Son de alguna manera “apátridas”.

¿Qué se requiere para crear un buen texto?

Esfuerzo, esfuerzo, esfuerzo. Algo de suerte, algo de talento. Y disciplina, claro.

¿Celebra la poesía a todo instante?

Vivo en la poesía: se han caído bloques políticos, imperios, uno ha perdido amores, amigos, patrias, pero la poesía permanece. Es fiesta y ceremonia, siempre.

Aparte de las herramientas manuales para escribir, ¿qué otras se deben utilizar?

Instrumentar la paciencia, la meditación, el ejercicio, al menos las caminatas, la observación constante de la realidad. Si no contamos con microscopio y telescopio, al menos con lupa y binoculares…

Memoria y responsabilidad son herramientas insoslayables. Amor también, pero el amor no es una herramienta, es un don.

Ha recibido diversos premios nacionales e internacionales de literatura, ¿qué sabor le deja un premio, y en este sentido hay premios mayores y menores? 

Los premios son medios, no fines. El arte no es una competencia de atletismo, ni un combate. El arte no se mide, se goza. Un premio es una herramienta que debe saber emplearse. Un premio es un martillo: se da en el clavo o se golpea el dedo. Hay que saber emplearlo, hay que elegir el martillo apropiado.

Los premios permiten comunicar. Comunicar es la esencia del arte.

Pero muchos grandes escritores han elaborado su obra sin premios.

Usted es de los grandes de la literatura latinoamericana, ¿en este selecto grupo, qué autores están ausentes? 

No soy quién para hacer un canon. Creo que, en mi país, Susana Soca, por ejemplo, ha sido una gran poeta ignorada. En Argentina la figura de Porchia ilumina en el tiempo…

Al leer poesía de corte social en su obra, pienso en Pablo Neruda, ¿cree que el autor chileno hubiese alcanzado el Nobel con su poesía política? 

La poesía es una, sin adjetivos. Neruda es un grande, un autor sin el cual no podríamos entender el siglo XX. Estaba destinado al Nobel, estaba destinado a ser un hijo de su época y a dejar un legado de ese tiempo.

Usted dice: “La palabra es un instrumento de construcción estética y fundamentalmente una definición del humano”, como un cuento de ciencia-ficción, ¿pudo haber sucedido primero la palabra y luego el ser humano haberse convertido en su ventrílocuo? 

Como en el evangelio, en el principio fue el verbo. Es el lenguaje el que nos hace humanos. No hay humanidad sin lenguaje, no hay humanidad sin poesía. El hombre no es un ventrílocuo. El hombre es palabra viva.

Cuando escribe poemas que se pueden leer como microrrelatos, ¿es porque se deja llevar por una historia poética? 

La narrativa es la puesta en texto de un tiempo ficcional, la narrativa emplea mayormente la función denotativa del lenguaje. La poesía no tiene porqué plantear un tiempo ficcional como la narrativa, es más, en la poesía puede darse la suspensión del tiempo. A veces un poema procura la eternidad del instante. Además, la poesía emplea mayormente la función connotativa. Pero a veces ambas funciones convergen y se da un texto poético que además puede funcionar en el lector como un microrrelato. Pienso en algunos textos del mexicano Juan José Arreola: son ambiguos, se dan entre dos aguas, narrativa y poesía. Cuentan una historia mínima y despliegan un universo connotativo más propio de la poesía. En algunos de mis libros la prosa poética es preponderante, y se presta para estructurar un poema-historia.

Escuché esta frase, "La mala poesía no existe porque no es poesía", ¿está o no de acuerdo con este precepto?

Sí, completamente. Pero a veces el mundo editorial e incluso el académico llama “poesía” a un producto textual que es pura búsqueda, sin hallazgo. El arte de la poesía es hallar, mostrar lo que encontró, no solo la búsqueda. La búsqueda no es más que parte de un camino, no una meta.

¿Se deben tener todos los sentidos despiertos para escribir?

Se escribe con los cinco sentidos y con otros más, en especial con uno esencial: el sentido poético. Michel Serres tiene un ensayo insoslayable titulado Los cinco sentidos. La poesía es conocimiento de lo que se percibe, no solamente percepción.

¿Considera la noveleta como un género, respecto a la novela extensa? 

No. Libros como El viejo y el mar, de Hemingway, o El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, son grandes novelas, independientemente de su extensión. Hay novelas muy breves que son universos completos.

¿En esencia, la novela debe entretener?

Está muy bien entretener, pero se puede entretener y ofrecer una aventura profunda en el lenguaje y en la vida. Un ejemplo es “Paradiso”, de José Lezama Lima.

Usted le da inmensidad literaria a lo cotidiano en su libro Música para sordos, ¿cree que este libro es un desaire a la intelectualidad? 

La poesía es música en un mundo de muchedumbres de sordos. No hay peor sordo que el que no quiere oír. A veces el mundo intelectual pierde su capacidad de escucha. “Música para sordos” procura ser un gesto de libertad.

¿Hay un momento propicio para escribir poesía, cuento, novela? 

Un amigo dice que se da cuenta de qué va a escribir según se dispone su cuerpo. En general la narrativa y el ensayo se dan mejor por las mañanas, muy temprano, cuando el mundo está recién hecho, recién salido de la fresca oscuridad de la noche. La poesía suele ser vespertina. Pero en arte toda regla se ha hecho para ser rota, y todos los tiempos pueden ser propicios para una u otra creación.

Un cuchillo, una naranja u otros objetos cotidianos lo asombran, a tal grado, que no son simples cosas en su vida, ¿esto es ser consecuente con la poesía?

A cada momento uno puede ver el mundo por primera vez, y nombrarlo por primera vez. Siempre es la primera vez en poesía, como en el amor. Es la rutina, el uso, la enajenación, lo que nos separa de una esencia de los objetos. Solamente la poesía la restituye en plenitud.

“Es curioso que, en la sociedad occidental, por lo menos de inicios del siglo XX, la novela sea un producto de compra-venta, un producto de consumo…”, ¿un novelista que no caiga en esta trampa del bestseller tiene futuro en la sociedad banal? 

Es difícil. Hay una industria editorial que no siempre está dispuesta a comunicar creación, sino más bien adormecimiento, costumbre con disfraz de novedad. El imperio comercial de la novela puede explicarse también por un afán de totalidad que se compra en el supermercado de libros en forma standard. Ese es precisamente el desafío del creador de narraciones o poemas en el nuevo milenio: derrotar la banalidad sin dejar de comunicar.

¿El verdadero arte de escribir está obligado a estar lleno de “capital simbólico”, del que nos habla Pierre Bourdieu?

El capital simbólico del que habla Bourdieu es más consistente, más nítido que otros capitales aparentemente muy tangibles. Es, tal vez, una de las verdaderas riquezas. Hay Best Sellers que se venden extraordinariamente y no generan un ápice de capital simbólico. Otras obras, de culto o de difusión más reducida, generan a la larga un enorme capital simbólico que es más eficaz y duradero, porque puede ser un capital acorde con la singularidad humana. Los hombres nos alimentamos de símbolos, de narrativas, de metáforas. Eso nos hace humanos.

Usted también es crítico literario, por favor, háganos un breve análisis literario de su obra. 

Ah. Sería demasiado soberbio. Nadie es buen crítico de sí mismo en público. Solo hay un modo de crear: por amor. Ojalá eso se vislumbre, al menos, en mi obra. Decía Whitman: “Quien camina sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral”. Trato de escribir con amor y por amor. No puedo afirmar más que eso.

¿Cuál es la responsabilidad de un autor en estos tiempos de anarquía social?

Ser leal a su proyecto. Ni más ni menos.

¿Ha llegado a sentir envidias, celos literarios por parte de otros escritores?

Nada de lo humano es ajeno a la literatura. El elogio y la denostación pertenecen al lado de afuera de la creación. El lado de adentro está lleno de vida. Situémonos ahí.

Su poesía existencial, ¿la vive, la sufre sobremanera?

Sobre todo, la gozo. 

“Todo lo que no sea literatura me aburre y lo odio, porque me demora o me estorba” Franz Kafka. ¿Aplicaría esta sentencia a su existencia?

Amo a los perros, a las piedras y a las nubes, entre otras cosas. No sé si necesariamente son literatura. ¿Odiar? Odiar es una palabra. Se dice, pero cuando se hace se apaga la luz de todas las palabras. No odio.

¿Cuáles autores merecieron el premio Nobel y nunca se lo dieron y cuáles no merecieron haberlo recibido? 

Los premios son medios, no fines. Hay numerosas y variadas razones para otorgarlos, tal vez muchas de ellas válidas, atendibles. Kafka, Pessoa, Borges y el empleado semianalfabeto del almacén de la esquina de mi casa, quien tararea un tango de Gardel mientras vende azúcar, harina y café, probablemente merecen el Nobel. 

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