Los maestros que se oponen a 'Colombia, la más educada'

Un gran número de docentes siguen viendo en el Gobierno su principal enemigo

Por: Eduardo Menco González
noviembre 23, 2015
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Los maestros que se oponen a 'Colombia, la más educada'
Foto: tomada de elpais.com.co

Cuando el presidente Santos se posesionó para gobernar por segunda vez la Nación, afirmó que una de sus preocupaciones más relevantes sería precisamente hacer del país el más educado de América Latina para el año 2025. A muchos pareció una metáfora extraída de la fantasía propia de quien desea convencer usando la palabra como principal responsable de la ensoñación; a otros, más optimistas quizás, les llenó de mucha esperanza saber que por fin llegaba alguien que compartía necesidades y sentires de un sector que históricamente tiene mucho que contarnos; pero a quienes más debería interesar el asunto, hoy por hoy, vieron (ven aún) con mucha resistencia lo que tendría que ser la oportunidad para generar los cambios estructurales que se requieren.

¿Cómo es posible que los de mayor implicación estén en contra de las políticas y los programas que se han diseñado y se están implementando para transformar la educación en nuestro país? Es verdad. Tristemente hemos de reconocer que actualmente hay un grupo significativo de maestros que aún siguen viendo en el gobierno a su principal enemigo; y ante cualquier propuesta novedosa que éste quiere poner en marcha, inmediatamente los niveles de rechazo aparecen, generando así en las comunidades educativas el mal ambiente que muchas veces pone en riesgo acciones, que en últimas, buscan mejorar el aprendizaje de los estudiantes en los diversos establecimientos educativos.

Es imposible negar la relación histórica que ha existido entre el Estado y los Maestros en Colombia; relación que ha estado obviamente mediada por un Sindicato que actualmente, no obstante su ardua labor en el tiempo, es muy cuestionado por sus mismos integrantes, sobre todo por la poca gestión que en los últimos años ha realizado respecto al mejoramiento de las condiciones laborales de los docentes, y por la falta de propuestas transformadoras en virtud de la calidad educativa. No en vano se escucha decir que Fecode ( y Unsus dirigentes) está más interesada en sus propios intereses, dando por hecho que es una organización sindical que se politizó. Sin embargo, como fruto de su trabajo, todavía se respira un espíritu de beligerancia en algunos docentes que heredaron, del ambiente creado por el Sindicato, un “modus operandi” caracterizado por la hostilidad, en especial cuando se trata de proponerles cambios que impliquen para ellos procesos de desadaptación y nuevos aprendizajes. Se les percibe reacios con el simple hecho de escuchar que una nueva propuesta que busca mejorar la educación se empezará a implementar como estrategia, implicando un grado de responsabilidad mayor de parte de ellos; aparecen así las quejas y las reacciones, que en su gran mayoría responden más al malestar histórico – colectivo que a una lectura adecuada y de análisis responsable.

Cuando se mira, por ejemplo, cómo se ha cambiado el panorama de la educación en otros países, necesariamente nos encontramos con que es imposible la generación de cambios si no van de la mano de una serie de propuestas que se traducen precisamente en el proceso de implementación de programas y planes, muchos de ellos a largo plazo que implican igualmente cambios por parte de sus principales protagonistas (docentes, directivos docentes, estudiantes, padres de familia, gobierno, etc). Es obvio que esto es una parte, sin embargo una de las más importantes, y ante la cual debe existir una total apertura a las dinámicas propias del “desaprender” para darle paso al nacimiento de nuevos paradigmas que suponemos serán mucho mejores. Aquí es donde se esperaría que la actitud de los maestros sea de acogida total y de una disposición que se traduzca en deseos de crecer y de aprovechar todo aquello que le permita mejorar su trabajo, obviamente su práctica pedagógica en función siempre de sus estudiantes que, con toda seguridad, sueñan recibir de sus maestros lo mejor. No podemos negar que para muchos niños y jóvenes existen maestros con unos niveles de cualificación bastante considerables, y con una calidad humana digna de reconocer e imitar, pero el río tiene otra orilla; otro grupo de docentes es identificado como mediocres, perezosos y hasta facilistas a la hora de asumir su trabajo. Son vistos como la piedra en el zapato siempre que nacen nuevas alternativas, justamente porque “nada les parece” y lo expresan no solo con sus palabras sino también con una actitud de plena apatía y desidia; parece que lo hicieran como un mecanismo de defensa para que no se les exija, no se les desinstale de su zona de confort y asimismo los dejen tranquilos, amparados en el supuesto fuero que les da pertenecer a un Sindicato; mientras esto sucede, es obvio que el mundo avanza y exige de la educación y de los maestros un compromiso mayor que trasciende lo ideológico y pone en evidencia la verdadera naturaleza de quien tiene la responsabilidad de educar a través de la enseñanza.

Pensar en “Colombia la más educada” es, en gran medida, (entre muchos otros asuntos) reconocer que un enorme obstáculo en este proceso está precisamente al interior de las mismas instituciones educativas, las cuales se han convertido para muchos licenciados y profesionales en la única opción laboral, desarrollando en ellos procesos de instalación que derivan en una serie de situaciones que dejan mal parado al gremio; entres esas situaciones, por ejemplo, pudiéramos mencionar:

  • El incumplimiento de sus jornadas laborales.
  • La falta de asistencia a los establecimientos educativos de forma injustificada.
  • Las frecuentes evasiones de responsabilidades propias de su labor: entrega de notas, llevar al día sus planeaciones, preparar sus clases, etc.
  • Los enfrentamientos constantes con sus rectores y coordinadores, a quienes ven como “sapos” o “lambones”.
  • El mal ambiente que generan entre sus compañeros, instándolos a la desobediencia y no cumplimiento de sus funciones.
  • La no participación en las iniciativas que se proponen desde las distintas instancias para mejorar institucionalmente.
  • La falta de profesionalismo a la hora de asumir su trabajo.
  • La poca voluntad de actualizarse con miras a ofrecer un mejor servicio como profesional de la educación.
  • El trato desproporcionado que aún dan a sus estudiantes bajo una errónea comprensión de autoridad y sumisión.
  • El desconocimiento de aspectos relevantes a su área de estudio y desempeño.
  • La permanente crítica destructiva y el poco nivel propositivo: “todo está mal, nunca proponen nada”.
  • El no asumir su responsabilidad cuando los estudiantes son evaluados y obtienen muy bajos resultados, esto sin desconocer que no todo depende del docente.
  • Finalmente, no está demás hacer mención de muchos maestros (hombres y mujeres) que llevan una vida personal poco deseable a los ojos de un trabajo que requiere autoridad y un compromiso social de alta envergadura.

Siempre se ha hablado del papel del maestro en la sociedad y su transformación, y toda vez ha sido valorado positivamente, no obstante es fundamental reconocer que en el camino de configurarse Colombia como la más educada es necesario echar una mirada más detallada sobre aquellos maestros que pudieran ser una limitante en este proceso. Ojalá que los variados programas que se implementan en nuestro país actualmente coloquen esta situación en evidencia y la consideren en una verdadera oportunidad de mejora donde esos maestros (no obstante su tiempo de servicio) tengan una mejor actitud hacia muchas iniciativas que se están gestando y están por venir.

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