Los ignorantes también podemos disfrutar un concierto de música clásica

En el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo arrancó este miércoles el IV Festival de la música más hermosa del mundo. Estuvimos ahí desmitificando prejuicios

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abril 18, 2019
Los ignorantes también podemos disfrutar un concierto de música clásica

Cuando me enteré que tenía que cubrir el IV Festival de Música Clásica de Bogotá me deprimí. Los días santos, que estaban destinados a la ingestión compulsiva de Netflix y otras delicias de HBO, los tendría que pasar en el Julio Mario Santo Domingo, el siempre lejano y hermoso teatro, al abrigo de una música que nunca he disfrutado, que siempre ha sido como una cortina para leer, para conversar. Vi la programación con escepticismo. Schubert, Schumann y Brahms podría ser la delantera del Borussia Dormund pero no, eran los tres homenajeados del 2019.

La función empezaba a las 6 de la tarde. La adrenalina, que había subido después de ver Manchester City-Tottenham, más que un partido una trepidante película de suspenso, se fue apagando al leer a lo que me enfrentaría: el tenor alemán Christoph Pregardien, acompañado por el pianista inglés Roger Vignoles cantaría el Circulo de canciones de Robert Schumann. Osea, ni idea. Tomé el taxi en Iserra 100 y, primera sorpresa del día, los días santos habían espantado a lo más horrible que tiene Bogotá, su tráfico infernal. Me demoré 10 minutos en un tramo que usualmente un miércoles a las cinco de la tarde se podría gastarse más de una hora.

Al llegar me encontré con un marco hermoso. No se debe tener una sensibilidad especial para ver una cosa tan bonita como este teatro diseñado por el gran arquitecto Daniel Bermúdez Samper. Además el afiche de este año, con la silueta de los tres románticos- y Clara Schumann- resaltados en colores vivos, lucía imponente en uno de los ventanales del lugar.

Tenía una hora. Había llevado un libro para distraerme pero el ambiente era casi el mismo que uno puede respirar en festivales como Estereo Picnic, Cosquin o Rock al parque. En toldos las grandes cadenas de comida rápida atendían a señores envueltos en abrigos imperiales que hubieran pasado con sobrades el casting para ser extras en Amadeus la película de Milos Forman. Y bueno, en uno de los rincones del teatro estaba un puesto de Tornamesa. Vinilos de la Deutsche Grammophon y agenditas con la cara de Beethoven son el gancho perfecto para despertar interés en diletantes como yo.

A las 5:10 la fila era larga. Aforado completo, agotado días atrás. No todos eran señores sacados de Amadeus, los jóvenes eran muchos y entendidos y no todos de acaudaladas familias. Me dio un poco de envidia escuchar a una muchacha de 20 años explicarle a su amiga, con la programación en mano, cuáles serían los puntos fuertes del festival. El Teatro Estudio, que es la sala alterna del Julio Mario, a reventar. A las seis en punto, después del tercer llamado, Ramiro Osorio, director del Teatro Mayor, nos dio la bienvenida. Cuando se bajó del escenario la luz se fue apagando tenuemente hasta que solo quedó iluminado el piano. Un señor muy alto, hierático como buen inglés, y otro bajito y rechoncho, entraron entre una salva de aplausos, luego un silencio y comenzó el recital.

En la parte de arriba del escenario se dispuso un pedazo de pantalla para subtitular lo que Pregardien recitaba. Schumann, después me enteré, fue un tipo atormentado que, como tantos otros héroes del romanticismo, se suicidó a los 46 años dejando a Clara, su esposa, con siete hijos. Entonces hay una carga emocional fuerte. El héroe romántico que describe en sus canciones pasea por el campo, describe como los sauces lloran, como los viejos dioses salen a patrullar las ruinas de palacios antiguos, y como las brujas se disfrazan de hermosas mujeres que cabalgan en el bosque para atrapar incautos. Si, la hora y diez minutos que duró el recital pasó en un suspiro.

Los mismos expertos en esta música son las que alejan a los que no sabemos tanto. La música clásica no es tanto de saber sino de sensibilidad, y yo sentí el gozo, la plenitud, la belleza. Me subí a un taxi a las 8 de la noche y llegué a mi casa no sé si más culto pero si más feliz: la belleza me había tocado.

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