Expedición Avina -

Los espíritus del Caquetá

El Cacao orgánico al lado de la coca despierta mucha curiosidad

Por:
mayo 25, 2015
Los espíritus del Caquetá
Fotografía: Camilo Rozo

Viviana Osorio tiene unos 27 años. Es madre de tres niños y vive en la vereda Las Mercedes, del Municipio de Potreros, en la rivera del río Caquetá. A unas 6 horas en lancha de Florencia, la capital. Su hijo de 10 años, John Fredy, lleva días con fiebre, dolor en los huesos y diarrea. Viviana y su esposo decidieron que antes de coger una lancha y salir a buscar un centro médico en Florencia, iban a ir hasta donde don José Olivo Rodríguez, el señor del cultivo de cacao que hace la prueba del paludismo.

Muy temprano al día siguiente, la joven madre se levantó, preparó el desayuno de la familia, ensilló su caballo y cogió camino con su muchacho enfermo. La tierra de don Olivo está por ahí a 50 minutos de su casa. La yegua que los llevaba caminaba despacio por estas tierras que antes eran bosques y ahora son inmensas sabanas dispuestas para el pastoreo y la ganadería.

Don Olivo es famoso en este sector por dos razones. La primera, porque lleva la droguería comunitaria de la vereda y hace la prueba de gota gruesa para detectar paludismo. La segunda, que nos motivó a buscarlo en un principio, es que Don Olivo tiene un cultivo de cacao orgánico que despierta la curiosidad de muchos vecinos cocaleros.

Cuando por fin madre e hijo llegan hasta la casa de don José Olivo lo encuentran ocupado atendiendo a Karina Cuellar, una agroecóloga de la Corporación Ozono que le presta asesoría a campesinos del Caquetá para que mejoren la productividad de sus tierras.

Karina Cuellar y Peet – Fotografía: Camilo Rozo

Karina Cuellar y Peet – Fotografía: Camilo Rozo

-Soy agroecóloga de la Universidad de la Amazonía. Estoy por aquí como parte de un proyecto que le ayuda a los campesinos a dejar el sistema de ganadería tradicional por sistemas silvopastoriles. También trabajo en la implementación de unas estufas ecológicas eficientes para tratar de reducir la tala de bosque. Pero vivo con mi esposo en Tunja. Viajo al Caquetá por temporadas largas.
-¿ Y quién es él?
-Él es Peet. Como no tenía con quién dejarlo me lo traje conmigo. (Riendo) A mí esposo sí no me lo pude traer.
-¿Y no es un poco difícil trabajar por aquí tan lejos?
– Yo escogí eso. Los agroecólogos no nos formamos para trabajar en oficinas.

Cuando ya se desocupa de la visita de la ingeniera, don José Olivo se prepara para atender al niño enfermo. Se lava las manos, se pone su delantal de enfermero y abre las puertas de la droguería comunitaria que administra: en su casa, un cuarto de 2 metros cuadrados alberga algunas medicinas y los implementos necesarios para hacer la prueba de paludismo con gota gruesa. Un poco avergonzado, don José Olivo saca corriendo de su botica una gallina que hizo allí su nido. Luego pesa a John Fredy, le mide la temperatura y le toma una muestra de sangre. Mientras los reactivos trabajan en los portaobjetos, sale corriendo, cambia su delantal por una red de pesca y va hasta el estanque a conseguir la proteína para el almuerzo.

Luego vuelve a revisar el resultado en el microscopio. Negativo. Vuelve a los estantes donde guarda unos escasos medicamentos y le prescribe a John Fredy un poco de vitamina C y un jarabe con aceite de hígado de bacalao. Dependiendo de como siga podría ser necesario acudir a un centro médico. Pero por ahora se sabe que paludismo, no tiene.

José Olivo Rodríguez – Fotografía: Camilo Rozo

José Olivo Rodríguez – Fotografía: Camilo Rozo

 

-¿Quién le enseñó a hacer la prueba del paludismo?
-Me capacitó un personal que mandó la parroquia de San Vicente. Tengo mi certificado y todo en toma, coloración y diagnóstico de gota gruesa. Ellos me dejaron los materiales y el microscopio.
-¿Y cuánto le pagan por cada prueba?
-No me pagan nada. Dejan una ayuda para renovar los implementos o los medicamentos que se necesitan. Pero no se cobra nada por el servicio.
-¿Y por qué no cobra?
-Porque mire, esto aquí estamos muy apartados. Tenemos que ayudarnos entre todos. Todo el mundo entonces presta un servicio comunitario. Unos ayudan a mantener los caminos, otros a hacer los puentes, y así. Mi servicio es ése, hacer las pruebas de paludismo ya que soy el único que sabe. Me he cansado de rogarle a la gente que aprenda pero a nadie le interesa.
-¿Y hay mucho paludismo?
-Más bien no. Ya se ve poco. Lo que sí se ve mucho es el dengue. Aquí les damos algunas medicinas a los que tienen ésa enfermedad.

José Olivo Rodríguez.

Vereda Las Mercedes, Solano – Caquetá.

 

Fotografías: Camilo Rozo

Cuando ya se desocupa con el enfermo llega por fin nuestro turno, el de los visitantes que quieren conocer su cultivo de cacao orgánico, un número que Don Olivo se sabe de memoria porque cada tanto no falta el vecino interesado por saber cómo funciona ese negocio.

-Después de que el precio de la coca se puso tan malo, los campesinos aquí nos dedicamos fue a talar bosque y meter ganado. Si de pronto el precio de la coca vuelve y se pone bueno, la gente se anima y vuelve a echar coca. Yo si ya me cansé de eso. Hay que echarle mucho veneno a ese cultivo, con el precio tan malo y todo el problema de las fumigaciones, con mi esposa dijimos ‘no más’.

Por ahí aparecieron unas organizaciones y el ministerio y nos propusieron que si queríamos aprender a sembrar cacao y nos metimos. Nos han ido capacitando y ahí tenemos nuestro cultivo orgánico. Conocemos todo el proceso. Cómo son los semilleros, la poda, el abono. Ahora también metimos caña, pescados para el consumo, un poquito de ganado, cerditos y hemos ido resembrando el bosque nuevamente: Tecas, Abarcos, Achapo, Ahumados. Y para qué, la tierrita ha respondido. En la familia decimos ahora que aquí se llama ‘Empresa Agroforestal La Ceiba’.

 

-¿Y sus vecinos están haciendo lo mismo?

-No muchos. Pero eso sí, aquí vive lleno de gente que quiere venir a ver cómo es la cosa de nuestro cacao. Esperar a ver qué pasa.

 

Fotografías: Camilo Rozo

José Olivo cuida de los cercanos y de los lejanos, cuida de su tierra y del país.

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