La entrega del pabellón nacional a la Selección Colombia antes del Mundial 2026 encendió las redes. El deporte no debe ser munición de peleas partidistas

 - Lo que hay detrás del frío recibimiento que la Selección Colombia le dio a Gustavo Petro
Texto escrito por: David Arturo Montero Forero

La Selección Colombia no fue convocada para aplaudir gobiernos, sino para representar a un país. Esa diferencia debería ser suficiente para bajar el tono de la polémica por la despedida oficial en CATAM, donde el presidente Gustavo Petro entregó el pabellón nacional al equipo antes del Mundial 2026. Sin embargo, un episodio con James Rodríguez y Antonella Petro terminó convertido en juicio público. Lo que unos interpretaron como seriedad protocolaria, otros lo leyeron como un desplante; lo que pudo ser cansancio, concentración o simple incomodidad terminó elevado a batalla política.

Nadie está obligado a mostrarse feliz frente al poder, venga de donde venga. La camiseta amarilla no es un accesorio del Gobierno, pero tampoco debería convertirse en uniforme de campaña de la oposición. La discusión sobre su uso electoral confirma el mismo problema; distintos sectores quieren apropiarse de un símbolo que, precisamente por representar a todos, no debería pertenecerle a nadie en particular.

La historia del deporte ofrece gestos mucho más fuertes que una cara seria o la decisión de no tomarse una foto. Carlos Caszely, figura chilena, quedó como símbolo de resistencia frente a Augusto Pinochet al evitar saludarlo en una recepción de la selección antes del Mundial de 1974; años después participó con su madre en la campaña del “No” contra la dictadura. En Catar 2022, los jugadores de Irán no cantaron el himno en su debut mundialista como señal de solidaridad con las protestas tras la muerte de Mahsa Amini. En Estados Unidos en 2017, Stephen Curry y los Warriors rechazaron la visita de campeones a la Casa Blanca durante el primer mandato de Donald Trump; Megan Rapinoe hizo algo similar desde la selección femenina en 2019. En Venezuela en 2017, Rafael Dudamel aprovechó la gloria de la Vinotinto Sub-20 para pedirle a Nicolás Maduro el cese de la violencia.

Comparado con esos antecedentes, lo ocurrido con la Selección Colombia parece mínimo, una expresión adusta, un protocolo frío, un capitán que siguió caminando, que no se tomó la foto, pero sí le dio la mano a Antonella. Pero justamente por eso es importante defenderlo. Si convertimos cada gesto corporal en delito patriótico, terminaremos exigiéndole más a los deportistas que a los que dirigen la nación. Por ejemplo, los que hoy alzan la voz contra James, ayer enmudecieron cuando Petro subía a tarima en un estado de conciencia alterado, al menos bajo el efecto del alcohol.

También hay que analizar el contexto deportivo. Un mundial no empieza el día del debut; empieza en los días previos, cuando la presión aumenta, cada palabra se mide y cualquier gesto puede convertirse en titular. Los jugadores no son diplomáticos profesionales ni expertos en protocolo. Son personas sometidas a una carga emocional enorme, con la responsabilidad de competir bajo la mirada de millones. Pueden ser amables, claro. Deben ser respetuosos, por supuesto. Pero el respeto no exige entusiasmo permanente ni disponibilidad absoluta para cada foto.

La Selección debe cuidar las formas, pero el país también debe cuidar a su selección. No se puede pedir unidad nacional mientras se usa a los jugadores como munición en peleas partidistas. James y sus compañeros no tienen que demostrar patriotismo con una sonrisa calculada ni con una foto al lado del poder de turno. Lo harán donde corresponde, en la cancha, cantando el himno, compitiendo, celebrando, sufriendo y tratando de darle una alegría al país.

En una Colombia intoxicada de propaganda política, quizás la mayor cortesía patriótica sea recordar que la Selección no pertenece a Petro, ni a la oposición, pertenece al país.

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Por Nota Ciudadana

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