En 1970, El Bagre vivió su primera corraleja. Nadie olvidará la tarde en que el imponente toro 'Matasiete' y el torero Marco midieron sus fuerzas en la arena

 - El día que el toro más temido de El Bagre se volvió una leyenda por sus astutos ataques
Texto escrito por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares

Decían los viejos que el Matasiete no corría como los demás toros. Sostenían la teoría que ese animal pensaba. Por eso, mientras otros de su cría salían del toril disparados contra el primer ser humano que encontraban, aquel negro azabache recorría el ruedo de manera lenta, siempre miraba y parecía escoger a quién perseguir. Por eso la gente de la plaza le tenía respeto.

Cuando anunciaban su salida, los más jóvenes se acomodaban mejor el sombrero y fingían valentía. Los veteranos, en cambio, buscaban una tabla firme en el lienzo donde sostenerse. —Ahí viene el Matasiete —se escuchaba decir entre los palcos. Aquella tarde el toro salió y dejó una estela de polvo. Dio una vuelta completa al ruedo sin atacar a nadie. Apenas resoplaba. Marco, el torero de moda, lo observó desde la barrera. Sabía que los toros más peligrosos eran los que parecían tranquilos. Entonces el animal se detuvo. Y eso sucedió en El Bagre.

Miró hacia donde estaban los hombres. Y arrancó. No contra los que estaban más cerca de la fiera. Ni contra el más lento. Fue directo hacia el más confiado. La multitud gritó. Los músicos dejaron escapar una nota desafinada. Y durante unos segundos el ruedo entero pareció moverse al ritmo del Matasiete. Aquella fue la tarde en que el toro se ganó definitivamente su nombre. Porque no derrotaba a los hombres con fuerza. Los derrotaba con inteligencia.

Quienes todavía se acuerdan saben que fue en el año de 1970 cuando El Bagre todavía era un pueblo joven levantado entre minas, barequeros y pescadores. Las calles eran de polvo, las noches de serenata y el río Nechí seguía siendo el camino por donde llegaban las noticias y los visitantes. Aquella Navidad el comentario era uno solo. Habría corraleja por primera vez y nadie sabía qué era eso. Durante semanas los hombres del pueblo levantaron el redondel con horcones de madera, tablas y alambre. Parecía imposible que aquella estructura improvisada pudiera contener a tanta gente y mucho menos a los toros que llegarían desde las sabanas de Sucre, Bolívar y Córdoba.

La tarde inaugural amaneció ardiente. Desde temprano comenzaron a llegar familias enteras de todos los sectores del pueblo. Unos venían en chalupa por el río. Otros llegaban a caballo desde las fincas cercanas. Los vendedores ocupaban sus lugares mientras las bandas traídas desde los departamentos de Bolívar y Córdoba se ocupaban de afinar sus instrumentos bajo la sombra de un árbol de almendro que había sembrado mi padre cerca de la casa. Pero nadie hablaba de la música.

Todos hablaban de Matasiete. Decían que era un toro negro como una noche sin luna. Que había sembrado el miedo en otros pueblos. Que perseguía al hombre hasta verlo trepar por las tablas. Algunos aseguraban haberlo visto. Otros inventaban historias. Y cada relato aumentaba su leyenda. Cuando llegó el momento, el silencio se apoderó de los asistentes en los palcos. La puerta del toril se abrió. Primero apareció una nube de polvo. Luego dos cuernos brillando bajo el sol. Y finalmente el animal. Grande. Musculoso. Imponente. Matasiete recorrió lentamente la arena mientras observaba las graderías repletas de gente.

Ni siquiera los músicos tocaron durante aquellos segundos. Y el ruedo se convirtió en una tormenta de polvo. Entonces apareció Marco. Delgado. Sombrero claro. Camisa blanca. Entró caminando. Sin correr. Sin mirar al público. Solo mirando al toro. Matasiete giró la cabeza. Lo vio. Y aceptó el desafío. La embestida fue tan rápida que muchos cerraron los ojos.

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Pero cuando los abrieron, Marco seguía de pie. Había dejado pasar al animal por apenas un palmo. Los aplausos retumbaron sobre las tablas. Y por primera vez aquella tarde sonó la banda. Una pieza de porro acompañó la faena mientras hombre y toro parecían medir sus fuerzas sin tocarse. Ninguno quería ceder. Ninguno quería perder. Cuando finalmente Matasiete regresó al toril, ya caía la tarde sobre El Bagre. La gente abandonó la corraleja hablando de lo mismo. No recordaban quién vendió las empanadas. Ni quién ganó el reinado en el Club Amistad, ni qué canciones tocó la banda. Solo hablaban del toro negro y del hombre que se atrevió a esperarlo en medio de la arena. Y así nació la leyenda. Porque los pueblos olvidan muchas cosas. Pero nunca olvidan la tarde en que conocieron a sus héroes.

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Por Nota Ciudadana

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