Mientras el país celebra el 20 de julio con desfiles y banderas, la verdadera pregunta sigue siendo la misma de hace dos siglos: ¿de qué nos independizamos?

 - Las cuentas que quedaron pendientes tras la rotura del florero de Llorente
Texto escrito por: Cristian Camilo Rendón Hoyos

Este 20 de julio Colombia, la Patria Boba, la Nueva Granada, conmemora una vez más su "independencia". Con orgullo recuerda aquel viernes de 1810 que, según la historia oficial, cambió para siempre el rumbo de este país del Sagrado Corazón de Jesús.

Pero detengámonos dos minutos y preguntémonos qué fue realmente lo que cambió.

La historia nos enseñó que todo comenzó con un florero. Era viernes, día de mercado y de mayor concurrencia en la Plaza Mayor de Santafé. Al mediodía, Luis de Rubio se acercó a la casa del comerciante español José González Llorente para pedirle prestado un florero con el que se pretendía decorar una recepción en honor al comisionado Antonio Villavicencio. La negativa, cuidadosamente provocada por los criollos, fue el detonante que permitió la intervención de Francisco José de Caldas y Antonio Morales, quienes incitaron al pueblo denunciando la afrenta del "chapetón", como eran llamados los españoles.

Ese fue el relato que heredamos. Pero la historia casi nunca empieza donde nos dicen que empezó.

La verdadera ruptura llegaría el 7 de agosto de 1819 con la Batalla de Boyacá, cuando el dominio militar español quedó prácticamente derrotado. Allí comenzó a materializarse un proyecto político distinto. Sin embargo, aquella victoria tampoco significó la emancipación de todos. Cambió el poder, pero no necesariamente cambiaron las estructuras que lo sostenían.

Lo que vino después fue el dificilísimo ejercicio de inventarse un país. Y pocas veces una nación se ha construido de manera tan contradictoria.

Se fundó un Estado que hablaba de libertad mientras mantenía enormes desigualdades; una república que proclamaba ciudadanos, pero seguía reservando derechos para unos pocos; un proyecto nacional que pretendía representar a todas las etnias mientras desconocía buena parte de ellas.

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Vale la pena recordar un dato que rara vez aparece en las celebraciones del 20 de julio: en 1810 Bogotá apenas tenía entre 25.000 y 30.000 habitantes. Y seis días después del episodio del florero, el 6 de agosto, Mompox se convirtió en el primer territorio de la Nueva Granada en declarar su independencia absoluta de España.

Paradójicamente, hoy Mompox parece existir más para la UNESCO que para los propios colombianos. Patrimonio de la Humanidad, sí; patrimonio de nuestra memoria, no tanto. O por lo menos este hito no ha sido viral en redes sociales, como si la historia también hubiera decidido independizarse de ella.

La independencia tampoco llegó para las mujeres. Ni para quienes profesaban otra religión distinta a la católica. Ni para quienes pensaban diferente.

Tuvieron que pasar décadas para separar por fin a la Iglesia del Estado con la Constitución de 1853. Más de un siglo para que las mujeres pudieran ejercer el derecho al voto, reconocido en 1954. Y casi ciento ochenta años para que la Constitución de 1991 incluyera de manera significativa el catálogo de derechos que hoy consideramos fundamentales.

Aquella Constitución tampoco cayó del cielo.

Fue el resultado de un movimiento estudiantil que entendió que la democracia no podía seguir escribiéndose con las mismas reglas del siglo XIX. La Séptima Papeleta logró abrir el camino hacia una Asamblea Constituyente que transformó buena parte del “outfit” en la política del país. Curiosamente, fueron jóvenes, los mismos que tantas veces han sido señalados de revoltosos, incendiarios o terroristas, quienes terminaron impulsando uno de los mayores ejercicios democráticos de nuestra historia reciente.

Por eso me cuesta celebrar la independencia como una fecha concluida.

Somos un país de dichas y desdichas

Un país libre que todavía carga una deuda externa equivalente a más de la mitad de su PIB. Un país independiente cuyos ciudadanos siguen necesitando visas para cruzar muchas fronteras. Un país que aun reza la oración del Minuto de Dios que transmiten cada tarde por televisión.

Somos un país con el 60 % de los páramos del mundo, pero también con profundas desigualdades. Un país que convierte cualquier tragedia en carnaval y cualquier crisis en un puente festivo. Un país donde a veces resulta más fácil encontrar un Dollarcity que un museo o teatros.

Quizá esa sea nuestra verdadera independencia: la extraordinaria capacidad para sobrevivir incluso a nuestras propias contradicciones.

Aunque, pensándolo bien, tal vez haya sido una fortuna que aquel florero se rompiera hace más de dos siglos. Si hubiera esperado hasta estos tiempos, seguramente habría terminado en una promoción de Black Friday, con el cincuenta por ciento de descuento y la independencia incluida como obsequio.

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