Como el cuervo de la fábula, Colombia entregó su agro e industria al canto de sirenas de la apertura económica. Los datos prueban el costo del modelo

 - ¿La ingenuidad de José Manuel Restrepo le entregará el país a los gigantes asiáticos?
Texto escrito por: Stiven Vitola Zambrano

Al coro de tecnócratas, liderado por el electo vicepresidente José Manuel Restrepo, que oye cantos de halago de las potencias mundiales para la “integración económica”, le pasará lo del cuervo de la fábula en la que la astuta zorra, sin usar sus garras sino la sutileza de su voz para adular el plumaje y la majestuosidad, sedujo al pajarraco a deleitar al bosque con el graznido. Obnubilado por la marrullería y ansioso por lucirse, abrió el pico y dejó caer el suculento queso que sostenía y, con el botín en sus fauces, la zorra cesó la lisonja y se marchó con cinismo, dejando al incauto emplumado solo y hambriento.

Un modelo econométrico sobre las relaciones comerciales de Estados Unidos comprueba la moraleja deducida de la leyenda de Esopo: “Quien te encuentra bellezas que no tienes, siempre busca quitarte algunos bienes”.

Veamos. Bajo esta lisonja corporativa, el Consenso de Washington impuso en la Latinoamérica de los noventa una doctrina regresiva. En Colombia, este recetario se tradujo en la "apertura económica", un proceso neoliberal que destruyó el aparato productivo, reprimarizó el campo y mermó la soberanía nacional. La élite local adoptó de rodillas este relato, sosteniéndolo en una lectura ingenua de la ventaja comparativa y en un corolario equivocado de la Ley de Say: la fantasía de que "toda oferta crea su propia demanda". Supusieron que la contracción del mercado interno por la avalancha importadora se compensaría con quiméricas demandas externas, pero la realidad demostró ser diametralmente opuesta.

Las cifras de este desastre, documentadas por el economista Aurelio Suárez en sus análisis sobre el saqueo al país, evidencian el profundo desmantelamiento productivo de las últimas tres décadas. En 1989, el agro local suministraba el 90 % del consumo doméstico; para 2006, antes del TLC con Estados Unidos, ya se importaban 5 millones de toneladas de alimentos. Cultivos como el algodón fueron arrasados, pasando de 200 mil hectáreas a menos de 30 mil, y el país pasó a depender del extranjero para obtener el 95 % del trigo, el 75 % del maíz y el 100 % de la cebada y las legumbres. En paralelo, la participación industrial en el PIB cayó en picada del 22 % al 13 %.

Esta apertura desmedida provocó un cambio doloroso en nuestra estructura productiva, empujando al país hacia "ventajas comparativas" estáticas basadas en bienes primarios (commodities) y manufacturas rudimentarias sin dinámica interna ni externa. Al tratarse de bienes elásticos, sus precios a la baja determinan la demanda, haciendo que las actividades destruidas superen con creces a las creadas por el modelo.

En consecuencia, el crecimiento descendió, el desempleo aumentó y el déficit de balanza de pagos se elevó sistemáticamente. Este comportamiento expulsó a millones a la informalidad, consecuencia directa del modelo que, al golpear la industria y el agro, marchitó el trabajo asalariado formal y marginó a la población al rebusque y al "cuentapropismo". Al desaparecer el empleo de calidad, se contraen el mercado interno y la demanda efectiva indispensables para estimular la producción local. En ese escenario asimétrico, los TLC operan como instrumentos transnacionales para colocar excedentes en mercados dependientes.

Creer ciegamente en este discurso es ignorar la historia. Las potencias promueven la apertura solo por conveniencia, configurando un orden donde el libre comercio solo es válido si les genera superávit. En el siglo XIX, cuando el Imperio Británico era el "taller del mundo", propuso a Estados Unidos el libre comercio. La respuesta norteamericana, liderada por Alexander Hamilton y Abraham Lincoln, fue un rotundo no; impusieron férreos aranceles para blindar su naciente industria. Solo se convirtieron en promotores de la apertura a mediados del siglo XX, cuando su hegemonía requirió conquistar mercados externos.

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Para demostrar que en la práctica las potencias no aplican el libre comercio si no les favorece, realizamos un análisis econométrico riguroso sobre la balanza comercial de Estados Unidos en 2025 y sus políticas arancelarias bajo la administración Trump. La hipótesis es clara: a mayor déficit comercial de EE. UU. frente a un país, mayores aranceles de castigo le imponen.

Gráfico 1: Prueba de Hipótesis: Déficit Comercial vs. Aranceles de EE. UU.

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Fuente: Elaboración propia. Modelo OLS (statsmodels). Datos de la Balanza Comercial de EE. UU. vs. Aranceles a Socios Comerciales Globales.

Para entender la contundencia de esta gráfica, basta con mirar el extremo superior izquierdo. Allí se encuentra China, que representa la máxima expresión de nuestro modelo: es la nación que le genera el mayor déficit comercial a Estados Unidos (más de 279 mil millones de dólares) y, en respuesta directa, es castigada con el arancel más alto (60 %). A medida que seguimos la línea de tendencia hacia la derecha —es decir, a medida que el déficit de EE. UU. disminuye o se convierte en ganancia (superávit), como en el caso de Brasil o Países Bajos—, los aranceles caen drásticamente al piso del 10 % al 20 %. La regla es matemática: si Estados Unidos pierde dinero contigo, te cierra la puerta con aranceles; si gana dinero contigo, te predica las bondades del "libre comercio". Las únicas excepciones que flotan fuera de la línea, como Suiza, obedecen a retaliaciones netamente políticas, confirmando que las decisiones comerciales de la potencia son actos de poder, no leyes naturales del mercado.

Esta tendencia visual responde formalmente a una ecuación de regresión lineal. La distribución de los datos revela que, ante un escenario de equilibrio comercial absoluto (donde la balanza es cero), Estados Unidos aplica de entrada un arancel promedio base de aproximadamente 14.88 %. A partir de este umbral, el arancel se ajusta de manera inversamente proporcional según el saldo comercial de su contraparte.

La formulación matemática obtenida a través de este análisis de Mínimos Cuadrados Ordinarios (OLS) se expresa de la siguiente manera:

Ecuación de Regresión:
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El intercepto indica que, con una balanza de cero, el arancel base promedio de EE. UU. se sitúa en 14.88 %. El coeficiente de pendiente demuestra que por cada $1.000$ millones de dólares que se incrementa el déficit de EE. UU. con una nación (balanza más negativa), la potencia aumenta su arancel de castigo en un 0.15 %.

  • R-cuadrado: 0.621: muestra que el 62.1 % de la agresividad arancelaria de EE. UU. se explica exclusivamente por la pérdida de dinero (déficit) en su balanza comercial con esos países.
  • Valor P: 0.0000: interpretación: al ser menor a 0.05, el resultado es estadísticamente significativo. Hay un 0 % de probabilidad de que el castigo arancelario ante el déficit sea una coincidencia. Es una política de Estado deliberada.

En este alarmante contexto, el afán del electo vicepresidente José Manuel Restrepo por tejer acuerdos comerciales de libre comercio con Asia representa una dosis de la misma fórmula fracasada para desahuciar a un enfermo convaleciente. Con la administración de Donald Trump levantando históricos muros proteccionistas contra las economías asiáticas, estos colosos buscarán puertos alternativos para colocar los masivos excedentes que ya no ingresan a suelo estadounidense. Abrirles nuestras aduanas en esta coyuntura es, sencillamente, dejarles en bandeja de plata al mercado colombiano. Se pretende así repetir una receta ciega ante naciones con las que ni el propio Estados Unidos, adalid del libre mercado, ha podido competir a manos descubiertas.

Como colombianos, debemos comprender que las potencias se protegen mientras nos exigen una apertura suicida. El modelo econométrico aquí expuesto lo demuestra con rigor matemático y empírico: los imperios actúan con la misma hipocresía de la zorra de la fábula, defendiendo el "libre cambio" únicamente cuando les genera superávit, pero aplicando garras arancelarias en cuanto su balanza se torna deficitaria. Romper esta dependencia neocolonial, revisar los TLC y recuperar la soberanía productiva, agrícola e industrial no es un capricho ideológico, sino un imperativo de supervivencia nacional. Al igual que el cuervo de la fábula, si seguimos abriendo el pico encandilados por la lisonja de la competitividad de Restrepo, seguiremos viendo cómo nuestro queso cae directo a las fauces del depredador global.

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Por Nota Ciudadana

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