Texto escrito por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares
Cada vez que el reloj marca el inicio de una ceremonia oficial, incluso en el más simple acto como lo es el inicio de las clases en cualquier escuela, hasta llegar a un partido de la Selección Colombia, escuchamos a millones de voces que se unen para entonar un mismo canto: "¡Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal!".
Lo que pocos se imaginan es que ese himno, convertido en símbolo de la patria, nació mucho antes de ser una composición musical y que su historia está tejida entre la poesía, la política y el talento de un músico llegado desde Europa. Tal cual.
Este viaje comienza por allá en el año de 1850, cuando nuestro país buscaba consolidar su identidad como nación independiente. En ese entonces, en la ciudad de Cartagena de Indias, un joven político y escritor llamado Rafael Núñez, —a decir verdad, se llamaba Rafael Wenceslao Núñez Moledo—, quien años más tarde ocuparía la Presidencia de la República, escribió un poema para conmemorar la independencia de su ciudad natal.
La obra fue publicada en el periódico La Democracia y declamada durante las celebraciones patrióticas y en ese momento nadie imaginó que aquellos versos estaban destinados a convertirse en la voz de todo un país.
Fue por esa razón que tuvieron que pasar casi cuatro décadas hasta que el destino reunió a ambos: al poema y a la música.
La historia nos cuenta que por allá en el año de 1887, el actor y director teatral José Domingo Torres, deseoso de preparar una gran celebración con motivo de la independencia de la ciudad de Cartagena, acudió al compositor italiano Oreste Síndici, —cuyo nombre de bautizo era Gioachino Atilio Augusto Oreste Teofiste Melchor Síndici Topai—, quien residía en Colombia y gozaba de gran prestigio como maestro de música, para buscar la forma en que lo ayudara en aquellos nobles propósitos.
El reto era enorme: convertir aquellos versos en una melodía que emocionara a los colombianos. Se cuenta que Síndici dudó al principio, y la razón era bien sencilla: él no quería componer una pieza de manera apresurada.
Sin embargo, el artista aceptó el desafío y, en una jornada de inspiración, dio vida a una melodía solemne, elegante y llena de emotividad, como todos hemos podido constatar cada vez que lo entonamos. Pues bien, el estreno de la pieza musical tuvo lugar en Bogotá el viernes 11 de noviembre de 1887.
Desde ese día la interpretación conmovió al público y la obra comenzó a difundirse de forma rápida por todo el territorio nacional. Sin necesidad de un decreto, el pueblo la hizo suya. Y ya ustedes saben que “Vox populi, vox Dei”: la voz del pueblo es la voz de Dios.
Durante los años siguientes, el himno se escuchó en escuelas, plazas, cuarteles y ceremonias oficiales. Su popularidad creció hasta convertirse, de hecho, en el símbolo musical de la República.
Y fue hasta el 18 de octubre de 1920, cuando el Congreso de la República aprobó la Ley 33, mediante la cual quedó oficializado como Himno Nacional de Colombia.
Décadas más tarde, el compositor José Rozo Contreras se dedicó con alma, vida y sombrero, a la revisión y adaptación de las partituras para acoplarlas al ritmo de una banda sinfónica y también para orquesta, versión que continúa siendo la base de las interpretaciones oficiales.
Es por esa razón que la letra conserva el espíritu de las luchas por la independencia de este sufrido país y sus once estrofas, por si no lo sabían, recorren el acontecer histórico del país.
Aunque en la mayoría de las ceremonias solo se interpreta el coro y la primera estrofa, la obra completa constituye un recorrido poético por la historia de Colombia y de la emancipación latinoamericana.
Hoy, más de un siglo después de haber sido declarado como el Himno Nacional de la República de Colombia, no queda exento de originar diferentes emociones, tanto por el lado positivo, como por otras causas.
Algunos historiadores señalan que la mayor grandeza del Himno Nacional es el haber surgido como un poema dedicado a Cartagena y convertirse, gracias al talento de Rafael Núñez y Oreste Síndici, en el canto que identifica a toda una nación. Más que una composición musical, es un relato de libertad, memoria y esperanza que sigue resonando generación tras generación.
Volvamos a la historia. Nació en el silencio de una hoja de papel, cuando un joven escritor cartagenero, Rafael Núñez, dejó correr la tinta para escribir un poema inspirado en la gesta libertadora de su ciudad. Era el año de 1850 y el país aún buscaba reconocerse entre guerras, esperanzas y la difícil tarea de construir una República.
Treinta y siete años después, un hombre nacido al otro lado del océano llegaría para completar aquella obra inconclusa. Había dejado Italia para enseñar música en Colombia y encontraba inspiración en una tierra que, aunque distinta de la suya, lo había acogido como un hijo más.
Cuentan los cronistas que Síndici trabajó durante días buscando el tono justo, ese que pudiera abrazar la solemnidad sin perder la emoción, hasta que, finalmente, las notas comenzaron a brotar con la misma naturalidad con la que un río encuentra su cauce. Y llegó la hora de la verdad el 11 de noviembre de 1887.
Bogotá amaneció sin sospechar que esa noche sería testigo del nacimiento de uno de sus mayores símbolos. En el Teatro de Variedades, músicos y cantantes aguardaban la señal para comenzar. El público ocupaba cada asiento. Nadie imaginaba que estaba a punto de escuchar una obra destinada a sobrevivir a los siglos. Entonces sonaron los primeros compases rítmicos y luego llegaron las palabras: "¡Oh gloria inmarcesible! ¡Oh júbilo inmortal!". No fue un simple estreno. Fue un encuentro entre la poesía y la memoria de un país. Cada verso parecía despertar recuerdos de los héroes de la Independencia, mientras la música elevaba aquellas palabras hasta convertirlas en un sentimiento colectivo.
La ovación fue inmediata, como debía esperarse.
Está presente cuando un deportista colombiano sube al podio con lágrimas en los ojos. Resuena en los estadios antes de un partido decisivo, cuando miles de voces se funden en una sola. Vibra en los colegios cada lunes, en los actos solemnes, en las conmemoraciones patrias y en los rincones donde un colombiano, lejos de su tierra, encuentra en esas notas un puente hacia sus recuerdos, porque esas estrofas no pertenecen solo a los libros de historia, pertenecen a la memoria de todo un país.
Desde entonces las abuelas se lo enseñaron a sus nietos, a los niños que, sin comprender aún el peso de sus palabras, descubrieron en él el primer significado de la palabra patria. Quizá por eso sigue emocionando. No porque sus versos sean antiguos, sino porque hablan de un anhelo que nunca envejece: el deseo de vivir en libertad y de sentirse parte de una misma historia.
Y tal vez ese sea el mayor triunfo de Rafael Núñez y de Oreste Síndici: haber transformado un poema y una partitura en un abrazo sonoro que, más de un siglo después, continúa uniendo el corazón de los colombianos.
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