La trampa en la que caímos con la paleta Drácula

Una verdadera fiebre se revive por la resurrección de uno de los helados más recordados. Sin embargo nada es tan inocente como lo pintan

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septiembre 24, 2021
La trampa en la que caímos con la paleta Drácula
Aún no me he comido la primera paleta Drácula, aunque según algunos ya está escasa. Claro, apenas se anunció su regreso, muchos se abalanzaron a comprarla y es natural que a esta altura del paseo sea difícil comprarla. Y eso que todavía no es Halloween.
El sabor de la paleta Drácula es irresistible y al darle el primer mordisco nos trasladamos a momentos felices, sobre todo quienes ya rondamos los 30 o 40. A mí, de inmediato, me traslada a aquellos 31 de octubre cuando mi mamá llegaba del trabajo, nos ponía a mi hermano y a mí el disfraz y salíamos los tres a pedir dulces por todo el barrio, no sin antes comernos una paleta Drácula. Era un ritual que disfrutábamos y que con los años se convirtió para mí en una tradición: cada 31 de octubre me tengo que comer una paleta Drácula, así ya no me disfrace, ni salga a pedir dulces.
La nostalgia es inherente a lo que comemos y con cada sabor (dulce, salado, acido o picante) evocamos vivencias. Ese es el poder de cualquier sabor, trasladarnos a un tiempo que ya no es y conectarnos con nuestra raíz. Eso es inevitable y negarlo sería quitarle al acto de comer parte de su esencia.
Ahora bien, lo inquietante de todo esto es cuando esa nostalgia tan inherente a nosotros termina siendo un artículo comerciable. Y aquí la paleta Drácula pasa a ser el meollo de una cuestión inquietante: las empresas han sabido sacarle provecho a la nostalgia y nos la han vendido como una experiencia inigualable, así tengamos que pagar una alta suma de dinero para disfrutarla. Porque si vamos a comparar precios, una paleta Drácula no es tan barata como un Choco Cono (que es igual de delicioso), pero la paleta tiene un adicional: nos traslada a Halloween, a nuestra infancia, a aquellos días felices que ya no volverán. Aprovechándose de eso, la empresa fabricante solo la saca a la venta durante esta época del año y nos vende una experiencia que solo podemos vivir una sola vez. Por eso, todos salimos a comprarla, a comentar en redes que la comimos (hasta foto le tomamos) y somos felices por un instante. Y no está mal que lo hagamos, pero sí deja mucho que desear esta táctica de la empresa de hacer rentable una paleta que bien podríamos comer en cualquier época del año.
La paleta Drácula es solo un ejemplo del marketing de la nostalgia, que no es más que convertir a la nostalgia en un bien rentable. Pasa con la comida, pero también con la moda, el cine, la televisión, el diseño y la música. Miren las reediciones de lujo de álbumes clásicos que publican las disqueras o el auge del vinilo que ha dado pie a una lamentable especulación de precios.
Y ese marketing de la nostalgia, directa o indirectamente, influye en la misma creación musical. Escuchen por un momento cómo suenan hoy en día muchas bandas actuales y clásicas: suenan a lo que ya se hizo antes. Pasó con Pearl Jam y su último álbum, Gigaton, o recientemente con Don Omar y Residente, quienes acaban de lanzar “Flow HP”, canción que suena muy parecida a los éxitos reguetoneros del 2000.
En Medellín y Colombia ocurre algo similar: algunas bandas de rock, por ejemplo, echan mano de viejos sonidos como parte de su búsqueda musical y hasta lo reflejan en su imagen y puesta en escena. La cuestión es hasta qué punto es tan beneficioso echar mano del pasado para la evolución de un género que, como lamentan muchos, ya no tiene tanta fuerza. Y ojo, esto no tiene que ver con la reconstrucción de nuestra memoria rockera, porque en un país que sufre de olvido crónico como este se hace necesario, o más bien urgente, contar los hitos de nuestro rock, resaltar a quienes aportaron su grano de arena para que el rock sacudiera a muchos y entender que para construir la escena de hoy se tuvo que recorrer un camino largo y lleno de obstáculos.
¿A qué se debe tal marketing de la nostalgia? El presente que vivimos, tan abrumador, asfixiante, injusto y sórdido, nos hace encontrar sosiego en el pasado y por eso pagamos lo que sea por una paleta Drácula, un disco del que quedan pocas copias, una figura de acción que antes tuvimos, una vieja camiseta de un equipo de fútbol o una boleta de concierto de alguna banda que volvió tras varios años de ausencia. Todo sea con tal de tener un instante de felicidad. O de evasión, porque mientras disfrutamos aquel merchandasing del recuerdo, evadimos el presente y sus problemas. Y Ahí hay un grave riesgo: mientras el mundo arde y nosotros ni nos inmutamos por andar absortos en evocaciones, el sistema, que se empecina en mantenerse igual a pesar de sus enormes grietas, seguirá exprimiendo la nostalgia con tal de no despertarnos y darle un vuelco total.
Tal vez mis palabras son exageradas y a lo mejor me contradiga al haber dicho que el sabor de la paleta Drácula es irresistible. De hecho, si tengo suerte, me compraré una y recordaré aquellos Halloween de los años 90 cuando, a pesar de las dificultades y la violencia que acechaba a mi barrio, tenía un instante de felicidad. Como decía: los sabores nos conectan con la raíz, con lo que somos. Sin embargo, ello no retirará lo que pienso del negocio de la nostalgia. Ahora bien, ¿qué pasara cuando el marketing de la nostalgia ya no sea rentable o, simplemente, se agote después de haber sido exprimido a no más? ¿Crearán un marketing del olvido? Porque eso sí, aparte de la nostalgia, nada más conveniente para el poder que el olvido, que olvidemos sus errores. Sus brutales errores.
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