La terrible decadencia del Ejército Nacional

Tras ser puesto al servicio de una ideología transmitida desde el ejecutivo, todo empezó a ir de mal en peor. Opinión

Por: Sergio Carmona
junio 12, 2019
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La terrible decadencia del Ejército Nacional
Foto: Facebook - Ejército Nacional de Colombia

Las recientes declaraciones de un coronel del Ejército a la JEP son escabrosas. Revelan a medias tintas la sevicia con la que actuaron algunos elementos del Ejército de Colombia, empezando por el comandante línea directa con el ejecutivo. La tropa, que está compuesta básicamente de suboficiales y soldados, dejó de expresar la gloria del Ejército y ejecutó de manera quirúrgica la ideología de los oficiales a las órdenes del comandante.

Miles de millones de dólares en formación, equipamiento, entrenamiento, tecnología, transporte, armas, munición y mantenimiento para crear fuerzas del orden con capacidad de combate contra las insurgencias, cada vez más especializadas. Las políticas de seguridad nacional de los últimos 20 años le habrán sumado al esfuerzo de la guerra contrainsurgente unos 200 billones de pesos para crear uno de los ejércitos más profesionales del mundo. Todo para acabar con la guerrilla.

Políticamente había que darle todo el respaldo al Ejército Nacional para que persiguiera a esos bandidos. Inclusive para apoyar al Ejército, el Estado a través de la ilegalidad disfrazada de legalidad le entregó el poder al pueblo para que este se defendiera de los guerrilleros. El Estado le dio poder a unos del pueblo para que mataran a otros del pueblo. Desde gobernaciones y alcaldías, que representan al Estado, se promovió la participación de las armas no controladas por la ley en el desarrollo de la vida cotidiana. Hubo una legitimación del ciudadano en armas que, supuestamente, se defendía de la amenaza guerrillera. Ese ciudadano armado hace parte de una estructura corporativa que se conectó directamente con el pensamiento del líder del ejecutivo y se engendró en lo que comúnmente se conoce como el paramilitar.

El ejecutivo a través de su política de seguridad supranacional nutrió ideológicamente al movimiento paramilitar, pero no todos estaban de acuerdo con esta forma de acabar con el enemigo. Entonces, asesores del más alto nivel tanto político como militar se las ingeniaron para que la guerra contra guerrilla además de territorial fuera racional y se incrustara en la mente del pueblo: las masacres. El laboratorio de masacres de Colombia es el departamento de Antioquia: la de Santa Bárbara en 1963, la de Segovia en 1988, la Del Aro en 1997, la de Dabeiba también en 1997 y la de San José de Apartadó en el 2005. Estas son algunas de las masacres que guardan una tremenda conexión: fueron ejecutadas en la complicidad del Ejército Nacional de Colombia. ¿El ejército libertador de América al servicio de quién? Pues al servicio de una ideología transmitida desde el ejecutivo (hasta los grandes bancos están untados). Ni Dante con siete infiernos pudo imaginar el poder ejecutivo y el Ejército unidos para impulsar la matanza de campesinos y líderes sociales a manos de paramilitares que podían ser incluso hasta los vecinos, es decir, ciudadanos matando ciudadanos cruelmente.

El ejecutivo permitió la exacta coordinación entre el Ejército y el engendro paramilitar. Ahí empezó el derrumbe del sentido moral del Ejército y de su legado histórico. Su amor por el pueblo se empezó a marchitar. La guerra contra la guerrilla ha sido desgastante. En el registro que lleva el Centro Nacional de Memoria Histórica de las tomas y ataques guerrilleros, entre 1965 y 2013 se puede observar claramente que caían soldados y policías prácticamente todos los días. Ni qué decir de los civiles y la infraestructura. ¡Cómo sufrimos!

Esta situación en la que ya el Ejército no se dedica a proteger la soberanía sino a perseguir al enemigo interno, acompañado de una ideología ejecutiva, hizo que algunos elementos empezaran a buscar atajos. Pero si no fuera suficiente el hecho de facilitar que se cometieran crímenes de lesa humanidad contra sus compatriotas, la presión ejecutiva e ideológica a través del comandante obligó a que el Ejército operara conjuntamente con escuadrones de muerte. Los mejores hombres de Colombia, que portaban el orgullo del juramento a la bandera, compartían misiones en terreno con paramilitares. Misiones podridas, sanguinolentas.

—¿Dónde están los muertos?—, preguntaba el comandante al coronel.

—Si no hay muertos no hay resultados operacionales, no le estamos ganando la guerra a nadie.

Una vez los paramilitares se reinsertaron a vida civil y gracias a la Corte Suprema de Justicia, que no permitió que el legislativo sucumbiera completamente a esta ideología de masacres, se pensó que el Ejército se libraba de esa perversa compañía.

—Si no hay bajas. Entonces me toca darlos de baja—, decía el comandante a sus oficiales de divisiones territoriales.

En el afán de aportar a la guerra contra la guerrilla algunos elementos del Ejército, simplemente para mejorar sus estadísticas, sin la gloria, sin el honor, sin la lealtad a la patria, asesinaban civiles y los hacían pasar por guerrilleros. Miles y miles de colombianos muertos por satisfacer la ideología corporativa ejecutiva. Lo máximo en la historia de la barbarie humana contemporánea.

Esa ideología ejecutiva que se alimentó de tanta y tanta sangre vuelve otra vez al circuito, menos espectáculo que las masacres, menos cantidad de falsos positivos, mayor precisión, menos ruido por parte de los medios.

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