La realpolitik de Vladimir Putin

Desde hace más de 20 años, Putin, enérgico y resuelto, tomó el mando del antiguo Imperio a fin de no dejarse arrebatar el poder. ¿Tiene futuro su realpolitik?

Por: Franz Henao
febrero 01, 2022
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La realpolitik de Vladimir Putin
Foto: Flickr

¿Mijaíl Gorbachov tuvo un rapto de debilidad y erró en sus cálculos al liquidar a la URSS, renunciar a su influjo prevalente en el Bloque del Este y como consecuencia de tal proceder ser flanco de escarnios por parte del capitalismo?, ¿al mirar por el catalejo hacia el futuro la vista le falló al no divisar los nubarrones espesos que presagiaban tormentas letales que causarían enormes daños a la economía y el tejido social? ¿Quizás se dejó llevar por los cantos de sirena que la voz cinematográfica pero emponzoñada de Ronald Reagan le susurró en sus oídos pintándole un futuro glorioso y aclamado por todos como un héroe?

Pues bien, el presidente ruso Putin hizo caso omiso de todo esto y tomó, enérgico y resuelto, los mandos del antiguo Imperio, como el que se sabe escogido para adelantar la misión de recuperar el terreno perdido a raíz del desplome soviético. De esto hace casi 22 años.

En estos dos largos decenios se ha dedicado con celo y sin perder la fe a construir su realpolitik, entendida esta como la lucha que libran los Estados por ganar poder, enmarcada por ese sentimiento a la vez nostálgico e incisivo: nunca nos hemos ido. Lo ha hecho al más puro estilo de Henry Kissinger que usaba la realpolitik para que Estados Unidos creciera y la Unión Soviética decreciera.

Tal política ha sido hecha, no con baladronadas, sino con la consistencia del que se sabe poseedor de la llave que abre el destino de los pueblos para bien o para mal.

Para tejer su realpolitik ha tenido frente a él a cuatro presidentes de Estados Unidos, dos republicanos y dos demócratas. Nada menos. Donald Trump dijo en 2016 que Putin era más “líder” que Barack Obama. ¿Era una boutade del magnate inmobiliario de Mar-a-Lago?

Veamos. Parece una escena de algún cuento de Antón Chéjov, al fondo una dacha y conversando en medio de samovares.

Con el primero que jugó su juego Putin fue con Bush hijo. Lo llevó a su terreno, el de la argucia elegante, donde no se sabe si afirma o niega. Primero dijo a Bush que apoyaba su guerra en Irak, ¿a cambio de petróleo?, meses después Bush vio que no tenía el respaldo de Moscú. Putin, incisivo, seguía urdiendo su trama. Se dedicó a la guerra contra Chechenia. La ganó en 2008 y ningún organismo internacional le pidió cuentas, a pesar de las atrocidades sucedidas allí.

George W. Bush guardó silencio. Y tampoco pestañeó con la guerra relámpago contra Georgia donde Putin dejó claro que Rusia nunca se ha ido.

Su figura no cesaba de crecer en el plano internacional.

Con Obama los encuentros fueron distantes. Dos químicas opuestas, como el agua y el aceite. Adoptó Putin una coreografía bien pensada: rostro hermético, adusto, aún en medio del té a la rusa. Hablaban del dictador sirio Bashar al-Ásad, para Obama era un tirano sin más.

Putin no solo discrepó de Obama, sino que ordenó en 2011 a su ejército bombardear Siria y apoyar al sátrapa de Damasco.

Fue un golpe magistral. Demostraba que Rusia estaba viva, que no era una colección de trastos envejecidos. Que podía adelantar una operación militar. En Siria mostró sus nuevas armas. Probó con eficacia, contra el Estado Islámico, el tanque T-14 Armata. Y, además, volvió a hacer presencia en el Medio Oriente, de donde había desaparecido luego de la extinción de la Unión Soviética.

Mientras tanto, Obama a duras penas atinó a decir de Putin: es inteligente, sagaz y poco sentimental. Y delante de Obama anexó en 2014 Crimea. Pálidas sanciones a Moscú y un cierto silencio repelente.

A Trump el líder ruso lo envolvió en sutilezas y con su feeling lo encantó. Hablaba maravillas Donald Trump del hombre nacido en San Petersburgo. Nos quedamos sin saber qué pasó con los hackers rusos en la intervención de la campaña electoral de Estados Unidos en 2016.

Un ruso y cuatro presidentes. ¿Un gato maulla jugando con cuatro míseros ratoncitos? Transformó las carcasas oxidadas en un ejército temible, poderoso. Y con Biden sonrió en su encuentro de Ginebra. Por primera vez en sus 20 años el mundo lo miró con deferencia.

¿Su realpolitik tiene futuro?

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