Cada primer domingo de junio las alcaldías se llenan de discursos y aplausos para los campesinos, ocultando una realidad de violencia y exclusión histórica

 - La realidad detrás del Día del Campesino en un país que historicamente le dado la espalda al campo
Texto escrito por: César Eduardo Orozco Rodas

El primer domingo de junio, Colombia celebra el Día del Campesino. Por costumbre, las alcaldías organizan en sus cabeceras municipales actos culturales, en los cuales los discursos oficiales tratan desesperadamente de transmitir un mensaje de gratitud. Sin embargo, y a pesar de ello, detrás de dicho homenaje persiste una incómoda contradicción: el país escucha sus aplausos durante un día a quienes ha ignorado por generaciones.

La paradoja que se plantea no es nueva. El Día del Campesino fue institucionalizado por el entonces presidente Guillermo León Valencia mediante el decreto 135 expedido el 02 de febrero del año 1965, en el cual, de manera paralela a ello, se adelantaba una ofensiva militar sobre Marquetalia, convirtiéndose en el episodio que marcaría el inicio del actual conflicto armado contemporáneo. Desde aquel momento, la celebración ha orbitado entre el reconocimiento simbólico y un olvido práctico. Mientras se levantan tarimas y se pregonan discursos, el campo colombiano continuaba convertido en un escenario de violencia, pobreza y abandono estatal.

Desde un sentido literario, pocas obras logran retratar con crudeza la realidad del campo colombiano, como en el caso de Siervo sin Tierra, de Eduardo Caballero Calderón. En esta narrativa literaria, el personaje simboliza a los millones de campesinos cuya vida ha estado marcada por la imposibilidad de acceder a la tierra en la que trabajan. Décadas después, los nombres de los actores armados han cambiado, pero muchas comunidades rurales continúan atrapadas entre la violencia, la inseguridad y la exclusión económica. Todo ello bajo la mirada de un Estado centralista que, por muchos años, se ha negado a reconocer sus responsabilidades de abandono.

Eduardo Caballero Calderón resumió esa verdad histórica con una frase que se reescribe con un enojo vigente y que pareciera no menguarse con el tiempo: “El hombre de los campos es una res que trabaja y que sufre, y a quien todo el mundo explota”. Más allá de lo indeleble de la frase en el tiempo, es que un campesino en pleno 2026 pueda identificarse y, peor aún, reafirmarla con un sentimiento de desesperanza, pues la afirmación refleja una verdad histórica que transcurre en el paso de los años, de las décadas. Y es que la realidad persiste: los diferentes sectores políticos, económicos y sociales se han beneficiado del trabajo y esfuerzo campesino, sin que se reconozca plenamente su valor ni que se garanticen condiciones dignas para su desarrollo.

Si bien el campesino es una víctima a la cual la institucionalidad se rehúsa a reconocer desde una ejecución administrativa efectiva, paradójicamente también es un constructor de territorio y un guardián del conocimiento colectivo alrededor de las asociaciones campesinas y de trabajo rural. Orlando Fals Borda lo manifestó con claridad: “Las comunidades rurales han sido protagonistas de procesos de resistencia que, desde las márgenes del territorio, han preservado buena parte del país”. Es una aseveración que incomoda porque nos obliga a cuestionarnos: ¿cómo es posible que en un Estado social de derecho, quienes más han defendido una tierra, un territorio, sean los que pareciera tener menos derechos para exigir, para habitar sobre la misma? Mientras surge la anterior inquietud, se observa desde los grandes centros urbanos a esa periferia, a esa Colombia profunda que se debate diariamente en el anterior interrogante.

En consideración, Alfredo Molano profundizó esa indignidad en sus crónicas sobre el desplazamiento forzado. Pues para él, el desarraigo no era una cifra estadística, una variable cuantitativa o incluso cualitativa simple y llanamente. Era una herida que arranca de la tierra las raíces que daban sustento y sentido de vida a esa Colombia profunda, a esa Colombia rural. Alfredo Molano lo narró con una precisión aún más dolorosa, esa que se permite solo cuando se recorren los territorios en busca de comprensión de los interrogantes anteriores. El desplazado, la víctima del despojo, del abandono ensordecedor, no solamente es un número. Es un campesino que aún sueña, anhela con el olor de una parcela, con el ruido de un río que muy seguramente no volverá a escuchar. Ese desarraigo es por hoy, la otra cara del aplauso oficial cada primer domingo del mes de junio.

Hoy, las consecuencias históricas se perciben en las regiones del país. Nadie asume responsabilidad, pero todos comprenden la radiografía: los adultos mayores permanecen en el campo mientras las nuevas generaciones migran a los centros urbanos, huyen por falta de oportunidades, de servicios básicos, por anhelos de una estabilidad económica o simplemente por miedo. Hoy la crisis no es solamente por tierra, también es por ausencia de un relevo generacional. Por la búsqueda de un futuro distinto al que tuvieron sus padres.

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Sería injusto desconocer los avances de los últimos años. Avances importantes en temas de reconocimiento como víctimas, de su indemnización; en la restitución y formalización de tierras; también en el reconocimiento constitucional, jurídico, político y social de las comunidades rurales como titulares de derechos individuales y colectivos, derechos específicos que representan pasos significativos hacia una reparación de deuda histórica para con las comunidades rurales. Sin embargo, como lo ha advertido Rodrigo Uprimny, las transformaciones legales corren el riesgo de quedarse en el papel si no se asume por parte del Estado una presencia efectiva en cuanto a temas de seguridad y justicia; la ley puede correr el riesgo de convertirse en una promesa sobre la cual el campesino puede aprender a no creer.

Por eso, el Día del Campesino no debería limitarse a una fecha de celebración anual, la cual pareciera conllevar una expresión pasajera de gratitud. Debe convertirse en un recordatorio de las obligaciones pendientes que el país en general mantiene con quienes con mucho esfuerzo garantizan la seguridad alimentaria. Es por esto por lo que ninguna reforma agraria será suficiente si la violencia continúa gobernando las comunidades rurales; ningún reconocimiento constitucional será efectivo y validará su protección si estas siguen condenadas al abandono de sus tierras para poder sobrevivir. Si persiste la irresponsabilidad de los diferentes actores vinculados al problema, si no se comprometen a la reparación, a la aceptación de su existencia y de sus derechos.

Porque el aplauso dura un día. El abandono, generaciones. Por ende, un homenaje efectivo al campesino colombiano, a las comunidades rurales que le dan vida a las montañas con su trabajo, solo llegará aquel día en que ser campesino deje de ser sinónimo de vulnerabilidad, despojo y abandono. Llegará aquel día en que la dignidad rural deje de ser una promesa, un anhelo… se convierta en lo que nunca debió abnegarse: una realidad.

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Por Nota Ciudadana

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