Texto escrito por: Judith Cuadrado Ayala
Que Abelardo de la Espriella sacara más de diez millones de votos ya no era una fantasía improbable: el malestar estaba ahí, respirando en las calles, en las conversaciones familiares, en los hospitales, en los barrios y hasta en los silencios de quienes alguna vez defendieron con entusiasmo el cambio. Lo que no se esperaba era ver al presidente de la República cuestionando el preconteo con tanta ligereza, volviendo sobre la idea del software y de las empresas privadas que participan en el proceso electoral, como si la explicación más cómoda fuera siempre la sospecha.
Iván Cepeda, que durante la campaña intentó proyectar serenidad, salió esa noche con otro semblante y habló de revisar posibles desfases. Está bien pedir transparencia; cualquier democracia seria debe permitir verificaciones. Pero otra cosa muy distinta es insinuar que las urnas solo son confiables cuando favorecen a los propios.
Uno esperaría que después de un golpe así viniera la pregunta obvia: ¿qué hicimos mal? Porque algo hicieron mal. Este país les entregó el poder hace cuatro años con una ilusión que pocas veces se ha visto, y el domingo una parte enorme de ese mismo país les dijo que está cansada.
¿Cansada de qué? Hagamos memoria
De los carrotanques de La Guajira, para empezar. Un escándalo de sobrecostos cercanos a los veinte mil millones de pesos para llevar un agua que nunca llegó como debía llegar. Y detrás, según las investigaciones y las declaraciones conocidas dentro del proceso, una trama que habría usado recursos de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres como moneda de negociación política. Olmedo López, exdirector de la UNGRD, terminó aceptando responsabilidad penal. Eso ocurrió en el gobierno que prometió que con ellos se acababa la corrupción.
También está el caso de Juliana Guerrero. Una joven que estuvo cerca de llegar al Viceministerio de la Juventud y terminó envuelta en cuestionamientos por sus títulos académicos, con una imputación de la Fiscalía por presunto fraude procesal y falsedad ideológica en documento público. Más allá de lo que decidan los jueces, el mensaje político fue devastador: mientras miles de jóvenes estudian con sacrificio, el país veía cómo la cercanía al poder parecía pesar más que el mérito.
Por otro lado, las EPS acumulan una deuda billonaria con clínicas, hospitales y laboratorios. Las entidades intervenidas por el Gobierno no han mostrado el rescate prometido; al contrario, muchas parecen más ahogadas que antes. En la vida real, eso no es una cifra fría: es una autorización que no sale, un medicamento que no llega, una cirugía aplazada.
Lo más desconcertante es que la izquierda conoce ese mecanismo mejor que nadie porque fue exactamente así como llegó al poder. Duque gobernó de espaldas a buena parte del país, el país se llenó de rabia, y de ese desencanto nació el triunfo de Gustavo Petro. Pero el péndulo no tiene ideología. La misma decepción que castigó a la derecha en 2022 puede castigar hoy a la izquierda.
Eso no convierte automáticamente a Abelardo de la Espriella en una respuesta sensata. El personaje tampoco es ningún moderado. Ha lanzado acusaciones gravísimas sin presentar pruebas suficientes, ha hablado de recortar el Estado con la simpleza de quien poda un jardín y ha convertido la promesa de mano dura en el centro de su discurso. Si la izquierda vende miedo —y lo vende—, él responde con gasolina. El 21 de junio el país no escogerá entre la calma y el incendio, sino entre dos formas distintas de tensión.
Pero precisamente por eso la autocrítica era urgente. La idea de una constituyente solo empezó a retroceder cuando las urnas obligaron a hacerlo, no cuando medio país venía advirtiendo que el tema generaba desconfianza. Algunos dirigentes han reconocido errores de campaña, pero del fondo del asunto —la corrupción, la crisis de la salud, el clientelismo, los cargos repartidos por lealtad antes que por mérito— casi nadie habla con la seriedad que corresponde.
Se cierran filas. Se culpa al software. Se grita fraude. Se busca afuera lo que deberían mirar adentro. Si Iván Cepeda pierde dentro de dos semanas no será por las máquinas, ni por las encuestas, ni por la prensa, ni por una conspiración perfecta: será porque gobernar es más difícil que marchar. Será porque la esperanza también se desgasta cuando no se administra con humildad. Será porque el poder, cuando deja de escuchar, empieza a parecerse demasiado a aquello que prometió derrotar.
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