La mala hora de las amenazas en Santa Marta

La práctica de los panfletos es como una caja de Pandora; cuando la abren, no se sabe qué desgracias salen, sobre todo en un país tan violento como el nuestro

Por: RICARDO VILLA
agosto 10, 2020
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La mala hora de las amenazas en Santa Marta
Foto: Alcaldía de Santa Marta

"Nunca, desde que el mundo es mundo, se ha sabido quién pone los pasquines" (La mala hora, Gabriel García Márquez).

En medio de la impotencia y el miedo, de la impunidad, de la perversidad de algunos que juegan con fuego, o de otros que justifican la aparición de esos documentos apócrifos y hasta de los que se burlan de los acontecimientos o se regocijan con estos mismos, a uno solo le queda el rechazo total, como también brindar muestras de solidaridad con las víctimas y hasta con los que, al parecer, como en muchos otros casos, buscan intimidar o, hasta incriminar, para generar una matriz de opinión, de presunto apoyo de los supuestos grupos armados organizados que las suscribirían.

Cada pasquín, sea cierto o no, tiene su interpretación. En todo caso producen terror. Como dice, el señor Benjamín, uno de los personajes de la La mala hora de Gabriel García Márquez: son un síntoma de descomposición social, o para el padre, en esta obra, son obra de la envidia en un pueblo ejemplar.

El año pasado, justo para estas fechas circularon amenazas similares, asunto que las autoridades deben revisar en la línea de tiempo, que incluyeron a periodistas, a organizaciones políticas y sociales y a sus principales líderes, así como a funcionarios públicos. Las autoridades, casi en simultánea, salieron a desestimarlas. Argumentando, como lo hizo en esta ocasión la guerrilla, que las Águilas Negras no hacen presencia en el departamento y eso quedó así, de ese tamaño.

Los afectados presentaron las denuncias, enviaron las comunicaciones, hubo consejos de seguridad, se indignó y protestó la gente, y aún hoy día no hay ningún tipo de resultados de las investigaciones, ni siquiera estudios de seguridad, mucho menos esquemas de protección, así las víctimas hayamos acudido a la justicia, reclamando se proteja nuestra dignidad y se garanticen nuestros derechos, hasta, lo más lógico, que sería exigir que se esclarezca si eran reales amenazas u hostigamientos falsos, en una época en la que muchas veces no se sabe de dónde viene la bala.

En esta ocasión, la organización armada insurgente que supuestamente suscribía la amenaza, el ELN, expidió un comunicado en que declara que es falso. Cosa que no ocurrió el año pasado con los panfletos que en el Magdalena, al parecer, suscribían los grupos paramilitares contra los miembros de la Convergencia Democrática del Magdalena y contra otros periodistas, o, hace poco, con los planes de atentado o las amenazas que recibió el gobernador del Magdalena y otros funcionarios públicos. En ese marco, la pregunta es: ¿a quién le interesa generar zozobra y le puede tributar estos hostigamientos? Quedando la duda, como la del secretario del juzgado en La mala hora: “Si yo pongo los pasquines, lo primero que hago es poner uno en mi propia casa para quitarme de encima cualquier sospecha”, porque, según este personaje: lo que quita el sueño no son los pasquines, sino el miedo a los pasquines.

Los pasquines no son un juego ni tampoco una tontería, de personas desadaptadas que quieren tomar del pelo, haciéndole pasar un mal rato a otros. Son catalizadores de las tensiones de una violencia silenciosa, que coacciona, que intimida, que genera odio. Hasta que como lo dice el señor Carmichael, otro de los personajes de una de las primeras obras de Gabo: “Si uno presta oídos a los pasquines termina por volverse loco”. Por lo que, para el padre, es mejor no pensar en ellos, así los buenos ciudadanos se mueran de la risa de los pasquines o como dijo el médico, al caracterizarlos: Dicen lo que todo el mundo sabe que por cierto es casi siempre la verdad.

Así, nunca, desde que el mundo es mundo, se ha sabido quién pone los pasquines, como lo escribe García Márquez en mencionada obra, es necesario, que más allá de la matriz mediática, del positivo, del cruzar la página y bajar el perfil, las autoridades tomen medidas eficaces de protección a las víctimas de este tipo de hostigamientos y amenazas. Además, en articulación entre la fuerza pública, los actores claves y la institucionalidad, reforzar la seguridad humana en la ciudad. Hay que tomar todas las medidas pertinentes para evitar la violencia, para que no siga la estela de sangre que enluta nuestro país, ahora después de la suscripción del acuerdo de paz, con la muerte sistemática de líderes sociales, comunales, ambientalistas, miembros de minorías y grupos étnicos, excombatientes, defensores de derechos humanos y militantes y dirigentes políticos.

Ojalá no sean ciertas estas amenazas, ni ningún violento quiera pescar en río revuelto. Así otro personaje de La mala hora, Roberto Asís, diga: los pasquines no son la gente; pero solo dicen lo que ya anda diciendo la gente, aunque uno no lo sepa. De cualquier modo, es necesario y justo, que la sociedad en su conjunto, y sus actores claves, se unan para reclamar una investigación exhaustiva de las autoridades que lleve a judicializar a sus autores. Entre todos, podemos unirnos para que Santa Marta no le vuelva a caer una mala hora, o, por lo menos, para que la esperanza siga dándonos fuerza desde el fondo de la caja de Pandora.

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