La grave situación de Magangué

El 45% de su población vive sumida en la pobreza, sin agua potable, ni alcantarillado.

Por: Ricardo Buitrago Consuegra
octubre 07, 2014
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La grave situación de Magangué
Foto: Archivo del Autor

Una cosa es imaginar la situación en base a las concienzudas cifras de completos y pormenorizados informes de prestantes entidades, como Fundesarrollo, sobre el rezago de las poblaciones de la Región Caribe y otra palpar la horrorosa realidad de una de las más deprimidas y olvidadas.

Pisar la población a la que la convergencia de los ríos Magdalena, Cauca, y San Jorge, le dan una riqueza hídrica inconmensurable pero que, ante la ausencia de adecuadas políticas públicas, ese privilegio se convierte en el principal factor de insalubridad, atraso, y desesperanza, es mirar y palpar la realidad “monda y lironda”.
Es dejar de utilizar la imaginación para dibujar en la mente situaciones malsanas y sentir, de manera presencial, hedores putrefactos de heces, orines, fango, aguas empozadas y basuras en concomitancia con seres humanos cerdos y animales de granja y los alimentos que unos y otros ingieren. Es presenciar un gigantesco muladar a la intemperie.

Estamos hablando de Magangué, sí, de esa población que en el siglo XVII fuera un centro colonial de tal importancia que el cronista español Fray Luís de Santa Gertrudis la catalogara como una de las vitrinas más vendedoras a donde acudían gentes de toda Colombia. De esa población, dice la historia, apasionante y digna de admiración por su constancia y pujanza. De esa Magangue desde donde a mediados del siglo XIX se imprimían importantes publicaciones de prensa de interesante contenido que circulaban en toda la nación.

Podríamos seguir haciendo remembranzas pues la historia colonial, ya difusa y dispersa en mentes jóvenes, tiene grandes y numerosos hitos para esa urbe. No obstante, queremos referimos solo al municipio latigado, lacerado, y esquilmado, por su clase política y dirigencial, de la historia reciente, en donde un personaje como la tristemente célebre “la gata”, condenada a 37 años de cárcel por homicidio, es catalogada como causante de gran parte de sus males.

Ese municipio, -definido en la novela de Ángel Galeano Higua como el sitio en donde “todo es engullido por todos. La calle no es la calle, es mercado, comparsa, bazar, sobrevivencia, plaza, escándalo”-. tiene algún grado de frustración pues se sintió liberado y transformado “ipso facto” por la acción valerosa de un hombre de ideas y militancia de izquierda, impoluto políticamente hasta donde se conoce, que osó enfrentar y derrotar con votos al manejo corrupto, enquistado en la administración pública, como si un cáncer que ocasiona grave torsión de una columna vertebral se corrigiera con una rápida y ambulatoria cirugía menor y no con un dispendioso tratamiento mediante mesurada combinación de la complejidad quirúrgica y tratamiento sistémico.
El Magangué de hoy, el que administra Marcelo Torres, -el hombre que con votos lo sacó de las fauces de “la gata”- dista mucho del que nos describe la historia colonial. Es la segunda ciudad en importancia de Bolívar después de Cartagena y es tal vez el asentamiento humano más disperso del país.

Cuando se habla de Magangué, comúnmente se refieren a su cabecera municipal, con sus calles destruidas, con su deficiente cobertura de acueducto y alcantarillado, con la proliferación de mototaxistas, las basuras circundantes, el desgreño de su ancestral puerto, el micro tráfico de estupefacientes, pero muy poco se menciona que el municipio está compuesto, por 42 corregimientos y que el 45% de su población está en zona rural totalmente dispersa, sin adecuadas vías de comunicación formando un enorme y complejo sistema lacustre con grandes ciénagas, humedales, y tierras bajas anegables que adquieren temporalmente la característica de palafiticas.

Allí sus habitantes, en paupérrima pobreza, conviven no solo con el agua sino que ante la carencia total de sistemas de alcantarillado, en las zonas inundables, lo hacen también con sus propios excrementos y el de sus animales depositados, por fuerza de las escorrentías, en los sitios de dónde extraen el agua cruda para su consumo.El sistema de acueductos, como entes municipales o corporativos, no existe, las comunidades al agua cruda le aplican alumbre para decantar las partículas en suspensión y darle, tramposa, cristalinidad pero conservando microorganismos que la hacen no apta para el consumo humano, pero ellos ante las circunstancias la consumen con toda suerte de repercusiones en su salud y en su calidad de vida.

Los habitantes del casco urbano viven, en su mayoría, de una economía informal que genera el gran movimiento de personal por el puerto en comunicación con otras zonas del área en actividades diversas, y algunas “non santas”, como el tráfico de oro ilegal y drogas.Los moradores de la zona rural, por su parte, no son capaces en su mayoría de definir la procedencia uniforme de sus ingresos pues ese delta hídrico otrora recinto extenso de variada flora y fauna, ha sido alterado por los desbordamientos fluviales incontrolados y por la perversa mano del hombre en busca de riquezas y beneficios particulares.

La pesca ha disminuido considerablemente por la obstrucción del fluido de agua, del rio a las ciénagas y viceversa, a causa de los terraplenes levantados por terratenientes que han desecado numerosos sistemas lagunares ahora convertidos en praderas para el pastaje de sus ganados.

En agricultura los tiempos pasados sí que fueron mejores, Magangué llego a ser el mayor centro de producción de arroz del país mientras hoy los volúmenes del grano no alcanzan ni al 5% de los obtenidos en la época de los 60.

No obstante ese abandono a que han estado sometidos los corregimientos del sur, la población rural municipal llega al 45%, mientras que el promedio nacional es apenas del 13. ¿Qué pasaría, se preguntan los estudiosos, si esa población cansada de lapidaciones y hambruna se traslada como ya lo han hecho muchos al casco urbano? El caos total vaticinan algunos expertos. Mientras el alcalde, Marcelo Torres, recibe una avalancha de críticas pues hay quienes afirman que el municipio sigue padeciendo los mismos flagelos propinados por quienes detentaron administraciones anteriores, hay otros que en su defensa alegan que el hedor nauseabundo de los detritus mal enterrados por “los gatos”, no ha permitido una mayor celeridad en las obras que el mandatario se ha propuesto.

Esos, los defensores de Torres, celebran que el burgomaestre haya dado prelación a las obras de saneamiento básico en el sur del municipio en donde el sistema de acueducto está por fuera del alcance del contrato 098 por medio del cual se opera el suministro de agua solo en el casco urbano.

Torres se ha propuesto, y para ello ha destinado importantes recursos del sistema general de participaciones, dotar de agua apta para el consumo humano a todos los corregimientos que conforman el municipio. Un primer convenio interadministrativo por valor de 1.600 millones de pesos ha permitido tener no solo un diagnóstico claro de la situación, sino que próximamente se empezaran a dotar de pozos profundos a numerosas poblaciones que hoy carecen de agua potable y a optimizar los precarios sistemas de recolección y tratamiento en otros.

Ello no quiere decir, afirma el burgomaestre, que los problemas de agua potable y alcantarillado del casco urbano se hayan dejado de lado. Existe un riguroso y pormenorizado examen de la situación, efectuado por expertos, que permitirá presentar al gobierno central alternativas tendientes a solucionar de una vez por todas las deficiencias ahora existentes en la prestación de esos servicios.

No ha sido fácil para Torres haber asumido la conducción de un Magangué sumido en una inestabilidad institucional, con un pasado de marcada influencia paramilitar, y corrupción lo cual explica su atraso. Por ello si bien hay fuertes críticas hay también quienes rezan para que al alcalde le suene la flauta en la ejecución de los proyectos contemplados en el Plan de Desarrollo que ha denominado "EL VERDADERO CAMBIO' pues no quieren volver a sentir, en el municipio, el aullido de los gatos.Torres no la tiene fácil pero ya algunos, sobre todo en el sur, empiezan a ver una luz en el camino.

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