Hay lugares a los que se llega en avión, en carro o en un cómodo viaje en carretera. Luego está Teyuna, la antigua ciudad de los Tayrona que hoy conocemos como Ciudad Perdida: un lugar escondido entre la selva de la Sierra Nevada de Santa Marta al que todavía se llega, principalmente, con las propias piernas.
La carretera termina en El Mamey, también conocido como Machete Pelao. Desde allí comienza una travesía de cuatro días entre barro, ríos, humedad tropical y montañas que pone a prueba a cualquiera que decida internarse en la Sierra Nevada. Aquí no hay señal de celular, tráfico ni grandes comodidades. El camino marca el ritmo.
Y quizás esa sea parte de la experiencia: en un mundo donde muchos destinos se conocen en segundos y la fotografía perfecta se consigue desde un mirador, llegar a Ciudad Perdida exige tiempo, cansancio y paciencia.
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La selva que se tragó por siglos esta ciudad
Teyuna fue construida aproximadamente hacia el siglo IX y llegó a ser uno de los principales asentamientos de la sociedad Tayrona en la Sierra Nevada. La ciudad estaba conectada con otros poblados mediante caminos de piedra y contaba con terrazas, viviendas, espacios ceremoniales y sistemas para manejar el agua y evitar la erosión de la montaña.

Después del abandono del asentamiento, la vegetación terminó cubriendo las estructuras y durante siglos la selva guardó el lugar. En la década de 1970, los hallazgos realizados por guaqueros permitieron sacar nuevamente a la luz las construcciones de piedra.
Un largo camino de 4 días
Tony Wheeler, fundador de Lonely Planet, una de las guías de turismo más prestigiosa del mundo y la favorita de los mochileros extranjeros que visitan Colombia, eligió a Ciudad Perdida en 2013, con motivo del aniversario número 15 de El Viajero de El País, entre sus 15 lugares favoritos del mundo.
En su artículo les dijo a viajeros de todo el mundo que se olvidaran del Machu Picchu inca y eligieran a Ciudad Perdida si querían vivir una verdadera aventura. Allí, la describió como una antigua ciudad realmente perdida, cuyo difícil acceso por la selva ayudaba a conservar ese carácter.
La caminata atraviesa ríos, bosques y pequeños asentamientos. Los viajeros avanzan acompañados por guías locales y conocen también parte de la vida de los pueblos indígenas que habitan la Sierra Nevada, entre ellos los Kogui, Wiwa, Arhuaco y Kankuamo.

El calor y la humedad se sienten desde las primeras horas. Después aparecen las pendientes, el barro y el cansancio. Hay momentos en los que el río se convierte en el mejor lugar para descansar y otros en los que solo queda encontrar el ritmo propio y seguir caminando.
El último tramo es el que más expectativa genera. Una larga escalinata de piedra, estrecha y húmeda, conduce hacia las terrazas de Teyuna. Los escalones se abren paso entre raíces y vegetación hasta que, después de varias horas de caminata, la selva comienza a despejarse.
Entonces aparecen las primeras estructuras. Las terrazas de piedra se extienden sobre la montaña rodeadas por el verde de la Sierra Nevada. No hay grandes edificaciones ni carreteras que conduzcan hasta ellas. Solo las construcciones que sobrevivieron al paso de los siglos y el paisaje que las rodea.
Para los pueblos indígenas de la Sierra Nevada, además, este territorio tiene un significado que va mucho más allá del turismo. Teyuna forma parte de un espacio considerado sagrado y de una concepción del territorio en la que la Sierra Nevada es el corazón de un mundo que debe ser protegido.
El regreso se hace por el mismo camino, esta vez con el cuerpo cansado pero con la certeza de haber atravesado un lugar que no se entrega fácilmente.
Esa es quizá la particularidad de Ciudad Perdida: no basta con llegar. Hay que caminar cuatro días para encontrarla. Y en una época en la que casi todo parece estar al alcance de un clic, Teyuna todavía obliga a hacer algo tan sencillo como difícil: avanzar despacio, cansarse y ganarse el paisaje con cada paso.
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