Juancho, siento vergüenza por el país que te he entregado

Un hombre le escribe esta sentida carta a su sobrino a propósito del paro nacional que vive el país

Por: Fernando Vargas Valencia
noviembre 26, 2019
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Juancho, siento vergüenza por el país que te he entregado
Foto: Pixnio

Amado Juancho:

Como escribió Jaime Sabines, probablemente a un amor imposible, este país me duele, “mansamente, insoportablemente, me duele”. No quiero que tengas la suerte de Dylan o de Nicolás[1], héroes-niños inmolados a cambio de bocanadas de humo, de fríos buenos días, como diría César Vallejo, “buenos con b de baldíos”. Tampoco quiero que te quedes inmóvil, como un prisionero de su tiempo que mezcla nostalgias, evasiones y soledades, con silencio, miedo y desesperanza.

El abuelo Alberto, como muchos otros, nos ha legado una memoria de sufrimientos y de dignidad. Esa presencia ancestral, acompaña mis días y en cierta medida, me protege del miedo rural y urbano que nos imponen o nos venden especialmente en las noches. Quisiera que un conjuro te llevara por verdes de todos los colores, por ríos de miel que no se crucen con ríos de sangre, pero todo ello, el sueño de un país gobernado  por la vida digna, es algo que se lucha, en soledad y en las calles. Tal vez el conjuro sean nuestras propias manos. Artesanos somos de nuestra propia dignidad.

Tengo vergüenza de este país en el que despierta tu propia vida y no quiero que la ternura se escape de tus ojos y se fugue de tus palabras, aunque es fácil sentir que a veces cualquier esbozo de ilusión se escape de nosotros, si de nuestra boca brotan como cuchillos, nombres como Ángela, Sandra, Diana, José, Jhon, Wilmer, Abimiller [2].

Inicias tu vida en medio de la aspereza de los asesinatos de otros niños y niñas como tú, de la persecución a ciertas vidas que para quienes detentan el poder, institucional y fáctico, simplemente no merecen ser vividas. Yo te amo humano y resplandeciente.

Kafka un día despertó siendo Gregorio Samsa y a mí me metieron en la cabeza que allí había una metáfora de la adolescencia. Me lo dijeron a los quince años, los mismos que ahora tienes tú, los mismos de Nicolás cuando fue asesinado en el ombligo de nuestra ciudad, los mismos de José cuando el Estado le cayó del cielo para asesinarlo en el Caquetá, un lugar muy lejano para nosotros, pero donde me consta que ha aflorado el amor que cicatriza.

Con el paso de los días y de la curiosidad, esa de los libros, por la que no a todos nos matan, no todavía, descubrí que en eso en que Gregorio Samsa se había convertido, ese enorme insecto al que le lanzaban trocitos de basura en medio de risas y burlas, los judíos de Europa se habían convertido para los nazis.

Aunque seamos humanos, a muchos nos niegan nuestra condición humana. Con ello legitiman o justifican la distribución diferencial de nuestro sufrimiento. Nuestro país tiene la mayor cantidad de personas desaparecidas forzadas en Latinoamérica, a pesar que esa fue una de las formas de silenciamiento político más emblemáticas de las dictaduras militares, y algunos o algunas se ufanan del supuesto según el cual Colombia es la democracia más antigua del continente.

Juancho, cuando alguien desaparece o asesina a otro, o justifica o guarda silencio al respecto, nos está enviando un mensaje certero: el asesinado, el desaparecido o desaparecida están demás para la sociedad en la que cree quien comete la atrocidad, la apoya, se beneficia de ella, o contribuye a su silenciamiento. Como dice la canción de Blades, aquí desaparecen gente “porque no todos somos iguales”.

La democracia es otra cosa: es el espacio vital donde se pueden exigir derechos sin ser amenazado, desaparecido o asesinado, es el territorio del otro radical, en el que la presencia del otro nos interpela moral y éticamente con su radical diferencia, en el que es preciso luchar por que los demás puedan expresar libremente su pensamiento y se busca una convergencia mínima en lo que atañe a reconocer las injusticias pretéritas para inaugurar un presente y un futuro donde se corrijan enérgicamente dichas injusticias, y las disputas no se resuelvan en violencia sino en justicia, en reconocimiento mutuo.

La justicia no es algo dado per sé, Juancho, ni algo soñado por quienes se encuentran en los escaños más privilegiados de la sociedad, sino que es la conciencia social de la injusticia y el despliegue de todos los caminos para que, por ejemplo, no haya más esclavitud y la que ha existido se repare, para que no haya más violencia de género y la que ha existido se repare, para que no haya más pobreza y la que ha existido se repare, para que no haya más despojo a los pueblos originarios y el que ha existido se repare, para que las y los trabajadores no tengan condiciones laborales precarias y las que han existido se reparen…

Créeme que he intentado contribuir, anónimamente, a que en los resquicios de nuestra cotidianidad afloren la democracia sustancial y el buen vivir para todas y todos. En ello, he seguido el ejemplo de tus padres y tus abuelos, en especial el de tus abuelas, mujeres valientes que estremecen cada día con su sabiduría y fortaleza, andando largos años en una sociedad que, solo por el hecho de que son mujeres, ha intentado por todas las vías negar el obvio y necesario reconocimiento de su trabajo diario.

Espero que tú tampoco pares de luchar y que el miedo no te inmovilice, como lo ha hecho conmigo en muchos momentos. Espero que tus luchas actuales, las de un niño que aflora hombre, y que por más individuales que parezcan, son tan valiosas como las que gritan hoy en día miles de hombres y mujeres en nuestras calles, sean la principal motivación de tus búsquedas, curiosidades, ansiedades y euforias.

Ama, ama sin miedo y generosamente, hazte guardián de la naturaleza. Hazlo con respeto hacia ti mismo y hacia los seres tangibles e intangibles que te circundan: Recuerda que el secreto de la felicidad consiste en entender que la vida es un arcoíris donde, como cantó Henry Fiol, “cada color tiene la misma importancia… no hay un color mejor que otro”.

Nacemos imperfectos y elegimos poco en ese momento. El solo nacer nos expone a nuestra propia fragilidad, asúmela, Juancho, reconoce en la tuya una vida precaria que necesita de un equilibrio permanente con la de los demás para ser realmente vivible. Solo dime siempre dónde estarás, solo prométeme que no andarás solo y que comprenderás que ni la violencia ni la elocuencia han transformado completamente este mundo, y que seguramente lo que nos mantiene en pie es el cuidado: esa lucha diaria por preservar la propia vida y la de otros, por incrementar el bienestar propio y el de los otros, por evitar que nos dañen y que otros sean dañados.

Como, las y los abuelos y bisabuelos, cada día que pasa, se concreta para ti, mi condición de ancestro. Ellos y ellas, nunca dejarán de guiarnos. A donde quiera que vayas y si están en lo más alto de tu memoria siempre, con ocasión de su larga caminata a nuestro lado, serás romería, hueste, multitud, bandada. Espero que de esa memoria,  bebas lo más diáfano de tu democracia interior y radical. Yo te acompañaré siempre, aun con los pies atados, pues como nuestros ancestros africanos, siempre caminaré hacia ti con mis ojos.

Tu tío,

Fernando Vargas Valencia,

[1] Dilan Cruz, estudiante de 18 años, asesinado por un agente del Esmad en 2019, Nicolás Neira, estudiante de 15, asesinado por miembros del Esmad en 2005, ambos en Bogotá, Colombia, en el contexto de protestas sociales.

[2] Nombres de siete de las y los niños que fueron asesinados el 2 de septiembre en San Vicente del Caguán, Caquetá, por causa de un bombardeo del Ejército Nacional de Colombia.

 

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