Opinión

José Saramago, escritor y comunista

El escritor nunca negó lo que era, un comunista: “Ser comunista o socialista es, entre otras cosas, y tanto como o aún más importante que lo demás, un temperamento”

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mayo 17, 2020
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José Saramago, escritor y comunista

El día que ganó el Premio Nobel, José Saramago escribió en su diario: “7 de octubre. Aeropuerto de Frankfurt. Premio Nobel. La azafata. Teresa Cruz. Entrevistas.” Escueto. Diría después que, en la sala de espera del aeropuerto, se sintió la persona sola más sola del mundo. Los diarios de Saramago están en una serie de libros, recopilados bajo el nombre Cuadernos. “El cuaderno del año del Nobel” es el último de una serie que tiene miles de páginas, a las que yo vuelvo regularmente, buscando luces. El último cuaderno tiene una historia bien singular: lo encontraron su esposa, y excelente traductora -Pilar-, y su biógrafo, Fernando Gómez, mientras preparaban unos volúmenes póstumos sobre Saramago. El cuaderno, como ya casi todo, era digital. Había quedado perdido en el disco duro de un computador viejo. Revivió, no de las cenizas sino de otra cosa ¿qué?, veinte años después.

Lo he leído de a pocos, hace unos meses, sin afán. Es como si no quisiera que se acabara la obra de Saramago, que he leído toda -es mi escritor favorito-. Voy entonces de a pedacitos. Pero ya es inevitable: voy en el mes de octubre de 1998 y la última anotación en el cuaderno es de enero de 1999. Ya después del Nobel, Saramago no volvería a escribir cuadernos, aunque unos diez años después tuvo un blog, algo parecido. La historia de Saramago es inusual. A lo mejor las historias de todas las personas son inusuales de alguna manera.

Saramago creció pobre, levantado por sus abuelos maternos que no sabían ni leer ni escribir. No hubo libros en su casa, evidentemente. ¿Quién los iba a leer? En los inviernos, los abuelos metían a los cerditos recién nacidos a su cama, para que no murieran de frío. Saramago aclara: no era por bondadosos sino porque vivían de esos cerdos. Si no había para aprender a leer, pues menos habría para libros, ni siquiera para una calefacción distinta a la de la de hace milenios, el fuego y la leña. Saramago saldría del campo, donde anduvo descalzo hasta los 14 años, a la ciudad y se volvería mecánico industrial. Esta historia que yo cuento acá está mejor contada por él mismo en un discurso hermoso, el del 7 de diciembre de 1998, el día que recibió el Nobel, que la azafata le había anunciado, dos meses antes, en Frankfurt.

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En ese hermoso discurso del día que recibió el Nobel se lee, entre líneas, que el análisis de Saramago guarda todo el tiempo una esencia marxista

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En ese discurso se lee, entre líneas, que el análisis de Saramago guarda todo el tiempo una esencia marxista. Enmarca la historia de los individuos en las condiciones materiales como determinantes de su destino. Sin embargo deja ver, también, su esencia revolucionaria: la búsqueda de la bondad, parece que se puede romper lo que viene arraigado en lo material de las circunstancias o en los genes. Esa historia inusual, que arrancó en una familia de analfabetas, después pasó por el oficio de mecánico, ya es obvio, tuvo que haber dado muchas vueltas antes de llegar a esa noche de nieve en Estocolmo, recibiendo el Nobel, ochenta años después.

Escribió una novela, que nunca le gustó y que es la única que no he leído porque no está traducida, Tierra de Pecado. He pensado en aprender portugués, para leer a Saramago en su idioma. Tenía en ese momento 25 años. Seis años después, en 1953, escribió otra novela, Claraboya. La llevó a una editorial y nunca le respondieron. Le dolió y se calló. No escribió más. El orgullo herido, diría Pilar, décadas después. No tenía nada que decir, y cuando uno no tiene nada que decir, es mejor callar, diría José. Saramago, valga la anécdota, fue el apellido que le puso quién lo registró, su papá dijo que se llamaría Jose de Sousa, no más. Pero a Saramago, le quedó gustando el Saramago. Guardó el Jose, que es José en español, eso sí.

En 1989, un día mientras se afeitaba, alguien lo llamó y le dijo: “Señor Saramago, hemos encontrado su novela Claraboya en un trasteo y quisiéramos publicarla”. Claro, ya era un autor reconocido, había roto su silencio con una novela en 1977 - ¡30 años después-, Manual de Pintura y Caligrafía. Sobre el protagonista de esa novela que lo vio renacer como lo que era, un escritor, a sus 55 años, dijo en el discurso del Nobel: “Me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimiento ni frustración, mis propios límites: sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba en la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, en dirección a las raíces”:

Ese sería el resto de la vida de Saramago. Cavar hacia las raíces, escribiendo. Mantuvo, siempre, su compromiso político y nunca negó lo que era, un comunista. Pienso que es importante dejar que él defina qué entendía por ser un comunista, eso ya casi nadie lo entiende hoy en día, o mejor cada quién da la interpretación que le guste. Casualmente, Saramago estaba en ese octubre de 1998 en Frankfurt en una feria sobre comunismo. No sé si serán casualidades, en realidad. Se condensó ahí en un momento en el tiempo la esencia del portugués: escritor y comunista. Ojo, que no escritor comunista ni comunista escritor, advirtió el 5 de octubre de ese mismo año. En una entrevista dijo: “¿qué significa ser hoy comunista? La Unión Soviética se ha desmoronado, arrastrando en su caída a las denominadas democracias populares… las manos de los Estados Unidos siguen apretando el cuello de Cuba… ¿Todavía es posible, en esta situación, ser comunista? Creo que sí. … Ser comunista o socialista es, entre otras cosas, y tanto como o aún más importante que lo demás, un temperamento. En este sentido… ¿Lo fue alguna vez Stalin?... Dicen Marx y Engels: “Si el hombre es formado por las circunstancias, entonces es necesario formar las circunstancias humanamente”. Aquí está todo. Solo un “temperamento comunista” puede tener siempre presentes, como regla de pensamiento y de conducta, estas palabras. En todas las circunstancias”.

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Cuántos fanfarrones que se dicen “socialistas” andan hoy, por fuera de los discursos o los escenarios de grandes luces, atropellando, en las circunstancias “menores”, ese ideal de justicia

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Uno de los mejores momentos de mi vida: mi mamá me consiguió una boleta para una presentación de Saramago. Llevé mis libros para que me los firmara. De repente, el señor delante de mí en la fila de las firmas, que tenía como seis libros, le dijo "Saramago, dedíquele por favor este a Julia, esté a Luis ..." Saramago lo paró y le dijo "señor, no he dedicado los libros a nadie. Déjeme por los menos no dedicar los suyos tampoco y contribuir así a un mundo menos desigual". Pienso ahora que leí lo que para él era ser comunista, que vivía en todas las circunstancias esa búsqueda de la justicia, que es lo que deberíamos entender por formar las circunstancias humanamente. La coherencia entre decir y hacer del escritor y el comunista que fue Saramago, en los detalles. Cuántos fanfarrones que se dicen “socialistas” andan hoy, por fuera de los discursos o los escenarios de grandes luces, atropellando, en las circunstancias “menores”, ese ideal de justicia.

Pasan estos tiempos, casi sin referentes en el mundo, y pienso en él y que me hace falta. Una noche, en una conversación, dijo "Si toda la gente buena, si toda la gente amante de la belleza, si toda la gente amante de lo justo y lo honesto pudiera reunir esfuerzos y oponerse contra la barbarie del mundo; el mundo sería para dignificar al hombre, al ser humano que somos. El mundo quizás podría tener un futuro." Lo recuerdo, casi, a diario.

@afajardoa

 

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