Opinión

¿Decir lo que se le dé la gana?

De Afganistán no opinó nadie, Epa inundó las redes sociales y hasta opinaron políticos, ayer murió Felipe Pasos, mi amigo, entre una cobarde espiral de odio en redes

Por:
agosto 22, 2021
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¿Decir lo que se le dé la gana?
Afganistán, Epa Colombia, decir lo que se da la gana, pensando en Felipe Pasos uno concluye que no podía decir lo que se le diera la gana. Duele.

Iba a escribir esta columna sobre Afganistán y Epa Colombia. Medidos por las interacciones sociales, estos fueron dos dramas importantes en la discusión colombiana esta semana. Es obvio que no hay comparación en el tamaño del sufrimiento, el número de afectados ni las implicaciones mundiales, pero sí fueron temas ampliamente discutidos, por lo menos, en las redes sociales. Cada vez que vuelvo a escribir sobre algo que ocurre en las redes sociales tengo una voz que me dice que es un error, que son una burbuja, que toca ampliar la mirada. Eso le dije a un amigo de un aspirante a político que cree que es muy relevante porque le va muy bien en Twitter. Se va a lanzar y todo, pero dice que lo está dudando, y hábilmente elabora la duda en el teatro de las redes sociales para parecer desapegado y profundo. A lo mejor le va bien, pero el indicador de Twitter es precario casi siempre.

Bueno, lo de Epa Colombia fue un tema de las redes sociales, pero también más allá: opinaron todos los políticos, todos los influenciadores, hasta el fiscal general de la nación. En la semana en la que Álvaro Uribe habló con la comisión de la verdad, sospecho que tuvo mayor impacto su reflexión sobre Epa Colombia: “Me parece grave lo que hizo”, observó. Pensando por un momento en lo de los influenciadores y la política, otro amigo comentó que cómo era que pensaban que ser influenciadores era suficiente para aspirar a un cargo público. Interesante debate pero, pienso, que parte de un ataque sutil: el desprecio al influenciador como alguien que hizo alguna trampa, que no vale lo suficiente, una persona intrascendente. Grave error, producto en parte de la envidia. Casi todos los que estamos en una red social y decimos algo en una conversación pública quisiéramos influenciar más, más likes, más compartidos, más mensajes recibidos. Conozco algunos, y algunas, que disfrutan inclusive de los insultos. Llegar a ser un influenciador requiere de esfuerzo y algunas habilidades. Muy difícilmente se hereda o se compra, como en otras áreas de actividad humana. No niego, por supuesto, que sea insuficiente para ser elegido, pero es un error despreciar a alguien que hace eso y lo hace bien.

Un buen tuit resumía lo de Epa Colombia, no logré recuperar el original, pero decía algo así: “Hace unos meses gritábamos: ¡Cójanla, cójanla!, Ahora gritamos: ¡Suéltela, suéltela!”. Epa Colombia es la montaña rusa que es el estado emocional de este país. Y en la columna que iba a escribir, iba a hacer ahí un paralelo con la tragedia de Afganistán. Resulta que miré muy poco las redes sociales durante un par de días y cuando volví encontré a un montón de gente regañando a los que habían opinado algo sobre Afganistán. Que no sabían, que hace una semana eran expertos de olímpicos y ahora eran expertos en Afganistán, que en Colombia mataban líderes sociales y no habían dicho nada. Los más sofisticados, decían: “Yo soy experto en estudiar conflictos, tengo un doctorado en conflictos, he leído sobre conflictos, publico sobre conflictos y no digo nada sobre Afganistán porque no sé mucho sobre ese conflicto”. Entre líneas, sin decirlo directamente porque sería caer a un nivel que no es el suyo, el sofisticado nos compartía su hoja de vida para que todos los que no somos expertos en conflictos hiciéramos una introspección y no opináramos sobre Afganistán. Además de compartir su hoja de vida, el sofisticado nos reveló otra cosa más importante: una de las razones de la irrelevancia de la academia y, en particular, de las ciencias sociales en casi todos los debates públicos. Si un experto en conflictos, que nos informa que se pasa la vida pensando en conflictos, no es capaz de compartir una reflexión sobre el conflicto en Afganistán, usando lo que sabe para extrapolar y explicarnos en dónde tiene una duda, es porque, en realidad, no es un experto en conflictos.

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No hay que tener un doctorado en derecho penal para pensar en si es justa o no la condena de la Epa Colombia. Son temas importantes de los ciudadanos libres que piensan y opinan

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 Lo paradójico fue que, ya en ese momento, no encontré ninguna opinión sobre Afganistán, de nadie. Llegué a una “meta-conversación” sobre las reacciones a los hechos en Afganistán sin encontrar esas reacciones. Curioso. Por esa línea iba entonces la columna e iba a terminar diciendo que la gente podía decir lo que quisiera sobre Epa Colombia y sobre Afganistán. Es que no podemos esperar a que el experto en conflictos, en todos los conflictos menos el de Afganistán, se actualice y nos de vía libre para opinar, para preguntar, para equivocarnos. No hay que tener un doctorado en derecho penal para pensar en si es justa o no la condena de la Epa Colombia. Son temas importantes, de la sociedad, de los ciudadanos libres que piensan y opinan. La promesa de las redes sociales era esa de una sociedad más igualitaria, más horizontal, pero ahora están pues estos policías que nos dicen quien tiene o no las credenciales para proponer una idea. Por favor, un tuit no es un artículo académico. Y, por supuesto, la otra promesa es la del mercado libre que se va corrigiendo sin regulación externa: el que dice muchas bobadas, o dice muchas cosas, o es aburrido, o es incoherente, pues pierde unos seguidores, uno de los medidores de la influencia de la que hablaba antes. Olvida además eso que nos han repetido tanto, “eres esclavo de tus palabras y amo de tus silencios”. Pero allá él, o ella.

Iba a escribir esa columna, y le iba a poner: “Decir lo que se le de la gana”. Que la gente diga lo que se le da la gana sobre Afganistán, sobre la Epa Colombia, que piensen, que averigüen y que pregunten, y si la audiencia pública no tiene interés en eso, que los dejen de seguir. Hasta que vi unas declaraciones del ciclista de Christopher Froome y decidí no escribir esa columna sino esta que está leyendo. Froome dice que la gente es violenta en las redes sociales con los atletas y que les dicen cosas que jamás les dirían en persona. Y que les hacen daño, que el hecho de ser un gran atleta no significa que uno pueda aguantar los insultos en las redes sociales. Que son dos habilidades distintas, la de tener un cuerpo privilegiado y la de tener unas herramientas mentales para tramitar cientos de insultos. El que uno sea excepcional en el deporte no lo protege contra el dolor del insulto. Por mis propios sesgos e intereses, presto mucha atención a lo que dicen los ciclistas. Pensé entonces que la idea de Froome me llegaba en buen momento, y que la columna esa de que uno dijera lo que se le diera la gana tocaba matizarla. Estaba yo también en esa montaña rusa de tener que opinar, con molestia con la regañadera a los que les provocó decir algo sobre un tema en el que no tenían un doctorado.

Ayer murió Felipe Pasos. Lo conocí en persona en el año 2017, aunque habíamos interactuado por Facebook desde el 2015. Teníamos muchos amigos en común en Antioquia. Por esos días, Felipe vivía en Bogotá, trabajando en una empresa de telecomunicaciones. Tenía esa condición que ahora entiendo es muy inusual: ser un voluntario de las causas en las que creía, buscando formarse y ser consistente. En la política hay gente que va picando de campaña en campaña, acomodando discurso e intereses según sople el viento, y hay muy poca lealtad, no tanto a una persona o un proyecto, sino a unos principios. Son dinámicos, nos dicen. A lo mejor es inevitable, quien sabe, pero Felipe siempre tuvo ese interés en ser coherente y sobre eso conversamos. Hace unos meses le había perdido la pista, pero me ha pasado con tanta gente durante la pandemia que no le presté mucha atención, pensaba que algún día nos encontraríamos por ahí otra vez, repartiendo algún volante.

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Felipe siempre tuvo ese interés en ser coherente y sobre eso conversamos, pensaba que algún día nos encontraríamos por ahí otra vez, repartiendo algún volante

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Lamento ahora no haberle escrito algo antes. Era evidente que se había metido en un huracán para el cual es muy difícil estar preparado. No quisiera quitarle el propio control sobre sus decisiones: era un joven inteligente y sabía a qué huracán iba. Debí haberle mandado un mensaje, he conocido esos huracanes y a lo mejor algo útil podía aconsejarle. No conozco de otros tormentos que pudiera tener -caras vemos, corazones no sabemos- pero sí imagino sus últimos días viendo tantos mensajes, tanto odio, alguna amenaza en esas redes sociales. Esas pantallas disfrazan de genuinas reacciones que son coordinadas por unos pocos y, si uno se despista, puede tomarse todo eso como algo personal. Duele. Pensaba en Felipe, y concluía entonces que uno no podía decir lo que se le diera la gana, lo primero que se le pasara por la cabeza, que se puede hacer mucho daño así sea en una red social. Que no hay sinceridad sino cobardía en el anónimo que insulta. Que no vale la pena ese espiral de odio que propone el influenciador buscando likes que piensa serán votos. Le puse entonces los signos de interrogación al título, y quedó así, ¿Decir lo que se le dé la gana? Lástima que, para algunos, ya sea muy tarde.

@afajardoa

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