Los resultados de la Encuesta Bienal de Cultura Ciudadana 2025 de Bogotá deberían ser lectura obligada para quienes se interesan por el futuro de la ciudad y del país. El estudio, realizado con cerca de 6.000 personas en las veinte localidades, muestra avances importantes: aumenta el orgullo por Bogotá, mejora la confianza entre ciudadanos e instituciones y se fortalece la disposición a reconocer la diversidad. Sin embargo, persisten comportamientos cotidianos que erosionan la convivencia, desde el manejo de residuos hasta las infracciones de tránsito, pasando por preocupantes manifestaciones de machismo e intolerancia.
Los resultados son importantes para Bogotá y también para Colombia. La capital es el lugar donde el país se encuentra consigo mismo. Convergen personas de todas las regiones, condiciones sociales, ideologías y formas de entender la vida. Pocas ciudades exigen un ejercicio tan intenso de convivencia. Al medir los niveles de confianza, respeto por las diferencias o disposición a colaborar con otros, no se está hablando únicamente de Bogotá.
Mientras leía los resultados, no pude evitar añorar a Antanas Mockus. En la falta que hace en estos tiempos cargados de polarización, agresividad y deseos de aniquilar al adversario político.
La encuesta tiene el sello indeleble de Antanas: ¿Cómo convivimos con quienes no son como nosotros?, ¿cómo construimos confianza?, ¿cómo logramos que las normas sean algo más que obligaciones impuestas?
Uno de los hallazgos más interesantes es el crecimiento del orgullo por la ciudad. El porcentaje de personas que se sienten orgullosas de vivir en Bogotá pasó de 52,6 % en 2023 a 68,8 % en 2025. Más revelador aún: el 72,5 % cree que otros bogotanos también sienten ese orgullo. (Recuerdo, a fines de los noventa, en municipios de altos índices de violencia, que Antanas, en vez de preguntar a la gente “¿cuáles son sus mayores dolores?” les hacía la pregunta: “¿Cuál es su mayor orgullo?” Los ánimos cambiaban de inmediato y aparecían las sonrisas… ).
También mejoran la confianza en familiares, amigos y vecinos, la confianza en la administración distrital y la percepción sobre la corrupción. Pero persiste una brecha entre lo que las personas consideran correcto y lo que observan en el comportamiento de los demás.
La mayoría desaprueba sacar la basura a deshoras, pero ve a sus vecinos hacerlo. Rechaza las infracciones de tránsito, pero las presencia todos los días. Considera inaceptable colarse en TransMilenio, pero sigue observando evasión masiva a la luz del día. Y mientras aumentan los niveles de aceptación hacia algunas expresiones de diversidad, casi la mitad de los encuestados sigue pensando que las mujeres, por naturaleza, hacen mejor los oficios del hogar.
¡El 43.5% de los encuestados está de acuerdo con infligir castigos físicos a niños y niñas (como palmadas) para educarlos!
Estamos ante una ciudad que parece mejorar emocionalmente más rápido en algunos aspectos de lo que mejoran algunos de sus comportamientos cotidianos.
Mockus sigue vigente. Su gran aporte no fueron solo los mimos ni las campañas que todavía recordamos. Nos ayudó a entender que una sociedad no funciona solamente gracias a las leyes, los policías o los presupuestos públicos. Que también depende de los hábitos, de los acuerdos compartidos, de la confianza y de la capacidad de reconocer al otro como un ciudadano con la misma dignidad que cada uno de nosotros. Nostalgia por la pirinola: “Todos ponen”…
La cultura ciudadana fue, ante todo, una apuesta por la convivencia democrática.
Vivimos en un país marcado por la polarización. Las redes sociales amplifican la agresividad. La descalificación y la amenaza reemplazan al argumento. Pareciera que hubiéramos olvidado lo obvio: que una democracia no consiste en que pensemos igual, sino en que podamos convivir civilizadamente a pesar de nuestras diferencias.
La pregunta de Mockus es poderosa:
¿Cómo convivimos con quienes no son como nosotros?
Bogotá obliga a hacerlo. Costeños y santandereanos, paisas y nariñenses, empresarios y trabajadores, jóvenes y mayores, gente que vota a la derecha o a la izquierda, comparten diariamente los mismos espacios. La ciudad es un ensayo permanente sobre la posibilidad de convivir en Colombia.
Quizás la mejor noticia sea que Bogotá parece haber recuperado algo de confianza en sí misma
El reto ahora es convertir ese optimismo en comportamientos cotidianos que fortalezcan la convivencia. ¿Y en Colombia?
Más de treinta años después de la primera alcaldía de Mockus, Bogotá continúa intentando resolver el mismo desafío: cómo lograr que millones de personas distintas compartan una ciudad, respeten unas reglas básicas y construyan confianza mutua.
Viviendo la polarización, la agresividad y la fragmentación que hoy vive Colombia, uno no puede evitar concluir: cómo hace falta Mockus.
Del mismo autor: Las armas engatilladas de los candidatos
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