Resulta una vergüenza y un peligro la manera como hablan y actúan algunos dirigentes políticos, que andan con un bidón de gasolina en una mano y fósforos en la otra

 - Las armas engatilladas de los candidatos

Tengo cercanía personal, de amistad y de trabajo con votantes de todo el espectro político. Algunos depositarán el próximo domingo su voto por Cepeda; otros, por Paloma; algunos, por Abelardo. Uno que otro por Claudia. En mi caso, votaré por Sergio Fajardo y Edna Bonilla.

Es inevitable hablar de política con quienes nos rodean. Hay ansiedad, temor, incertidumbre, bronca, deseos de frenar a alguno de los candidatos en segunda vuelta, voto útil. En general, no percibo alegría ni esperanza por alguna maravilla que cualquiera de ellos pueda representar para el futuro.

Sí quiero decir algo: mis relaciones con ese amplio abanico de votantes son de profundo respeto, aun cuando no compartamos preferencias electorales. Salvo el cargo de tibieza que se me atribuye por mi opción política, no he sido testigo de agresiones personales ni de rupturas basadas en diferencias ideológicas.

Por eso resulta una vergüenza —y un peligro— la manera como hablan y actúan algunos dirigentes políticos. Andan con un bidón de gasolina en una mano y una caja de cerillas en la otra.

Me cuesta entender, por ejemplo, que la campaña de Paloma Valencia, en su intento por atraer votantes del centro y a quienes aún no deciden su voto, no logre ponerle límites a Álvaro Uribe. Nadie espera que el expresidente elogie al candidato del Pacto Histórico, pero la forma como se refiere a Cepeda augura tiempos muy difíciles, gane quien gane la Presidencia.

Uribe asegura que Cepeda promovió el asesinato de Miguel Uribe; lo llama “cobarde solapado”, matón, candidato de los terroristas, bandido camuflado de defensor de derechos humanos, entre otras descalificaciones.

El expresidente ha espantado votantes del centro no tanto por sus ataques a Cepeda como por el lenguaje agresivo del que el país está hastiado y que, lamentablemente, muchos líderes y seguidores reproducen en redes y escenarios públicos. Un lenguaje que se extiende a otras toldas políticas que uno supondría más moderadas. Buena parte de los voticos de Oviedo se han esfumado por ello.

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Pero si por acá llueve, por allá no escampa. La vandalización, hace pocos días, de la sede de Paloma Valencia es un hecho gravísimo. Como también lo es el asesinato de dirigentes de la campaña de De la Espriella en el Meta: un salvaje crimen político. Y ni qué decir de la barbaridad de acabar con la vida de Miguel Uribe Turbay. Y del lenguaje agresivo y excluyente de dirigentes y youtubers prominentes del Pacto…

Me preocupa el silencio de Cepeda. Los silencios también otorgan

Más allá de estos comportamientos, algunos delictivos y muchos intolerantes, me preocupa el silencio de Cepeda. Es un hombre extremadamente cuidadoso con sus palabras y rara vez cae en provocaciones. Sin embargo, los silencios también otorgan.

Resulta grave que no se refiera de manera crítica al deterioro de la seguridad asociado con la llamada Paz Total; a la crisis de la salud; a los flagrantes escándalos de corrupción del gobierno Petro. También inquieta que no abra más su movimiento hacia sectores que podrían acompañar una izquierda moderna: redistributiva, sí, pero también cercana a los pequeños y medianos empresarios, respetuosa de la regla fiscal y comprometida con un país competitivo para beneficio de todos.

Me abstengo de profundizar en la violencia verbal y simbólica de Abelardo y de algunos de sus seguidores, así como en el uso perverso de la inteligencia artificial durante la campaña. Cuesta creer el nivel de agresión entre su campaña y la de Paloma Valencia. Tampoco alcanzo a imaginar qué ocurrirá cuando la madeja de corrupción alrededor de Alex Saab empiece a tocar eslabones financieros y testaferros. Allí también el silencio otorga. Ya aparecen voces prominentes que intentan reducir el asunto a un simple tema de servicios jurídicos.

En un país que, según Indepaz, ha sufrido ya 56 masacres en lo corrido del año, nos aprestamos a votar el próximo domingo en medio de un ambiente de duelo. Duelo porque cuando se vota contra alguien, y no a favor de un proyecto esperanzador, desaparece la ilusión de un país mejor. Son elecciones sin esperanza.

Y duelo, también, porque los principales contendores andan con las armas engatilladas. Los punteros en las encuestas no ofrecen gobernar para todos los colombianos, sino únicamente para los suyos. El adversario no debe ser convencido: debe ser aniquilado moralmente.

Del mismo autor: Voto Sergio Fajardo y Edna Bonilla

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Por Rafael Orduz Medina

Bogotano, economista de la Universidad de los Andes y doctor en economía (Alemania). Ha trabajado en petroquímica y metalmecánica, ha sido director del ICBF, viceministro de Educación, senador por Visionarios, presidente ETB.