En últimas, ¿para dónde vamos?

Definir si va a comportarse como mandatario de todos los colombianos o si va a ser presa de la organización que lo lanzó como carnada es el reto del mandatario

Por: Hugo Emilio Vélez Melguizo
agosto 21, 2018
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.
En últimas, ¿para dónde vamos?
Foto: Twitter @IvanDuque

En las elecciones legislativas del pasado 11 de marzo la votación para el Senado de la República ascendió a 17'318.472 de sufragantes, de los cuales 2'501.995 —el 16% del total— lo hicieron por el Centro Democrático.

En las elecciones presidenciales del 17 de mayo (primera vuelta) participaron 19'643.676 personas, de las cuales 7'616.857 —el 39% del total— votaron por el candidato Iván Duque.

En las elecciones presidenciales del 17 de junio (segunda vuelta) acudieron a las urnas 19'563.404 personas, de las cuales 10'398.689 —el 54%— favorecieron al candidato Iván Duque.

Así pues el candidato Iván Duque obtuvo en la primera vuelta una votación superior en 5'114.862 votos a la obtenida en las elecciones legislativas por el partido que lo postuló. Esta diferencia se elevó hasta 7'869.694 votos en la segunda vuelta de las presidenciales.

Cuando se consideran estas cifras es fácil advertir que de la votación obtenida por el candidato Iván Duque tan solo la cuarta parte correspondió a la agrupación que propuso su candidatura, en tanto que las tres cuartas partes pertenecieron a personas y organizaciones ajenas a la misma.

¿Tendrá alguna relación esta realidad con la patanería que los observadores nacionales y extranjeros tuvieron que soportar por cuenta de dicha agrupación en la toma de posesión del presidente Duque?

No hay que ser demasiado perspicaz para percatarse de cómo fue relegada a un lugar en extremo secundario la figura de aquel a quien correspondía ser exaltado en tal ocasión, para reemplazarla por la proclamación triunfal de quien fuera su mentor. Para nada importaba el presidente como no fuera para dictarle irrespetuosamente ante toda la audiencia una serie de instrucciones entre las cuales no dejó de resaltar, por su atrevimiento, la exigencia de la remoción de la cúpula de las fuerzas militares.

Semejante arrogancia parece esconder un temor subyacente de que aquel que en ese momento era entronizado pudiera comprender que, no solo por la naturaleza y la responsabilidad de su nueva investidura, sino también por los diversos orígenes de la votación que lo ubicó en tal cargo, él no era en realidad el representante exclusivo de una agrupación sino que se debía a toda la población colombiana. El mismo ratificó esto de alguna manera en su discurso de posesión cuando insistió en que tal era su real compromiso, y que por ello una prioridad de su gobierno consiste en unir a todos los colombianos y ver la forma de superar los peligrosos antagonismos que hoy nos dividen.

Esto, naturalmente, no es para nada del gusto de aquellos que lo candidatizaron, pues siempre han sobreentendido que quien debe tener el mando es el jefe de su grupo y que aquel que ahora desempeña las funciones presidenciales no es más que su representante en tal posición. Y ese mensaje quisieron dejarlo bien claro, para que ni Duque ni nadie más albergara la menor duda al respecto.

El problema es que tal pretensión es imposible de satisfacer en una democracia.

Pero no sólo el presidente entrante y las fuerzas armadas fueron objeto de escarnio en tal ocasión. También las altas cortes fueron advertidas perentoriamente del comportamiento que a ellas se les exigía (¿quizá como un velado mensaje respecto a un asunto de su competencia actualmente en trámite?). Por si fuera poco, sus presidentes recibieron una muestra de desprecio al negárseles la ubicación de honor que, en razón de su investidura, les correspondía en la ceremonia.

Una vez efectuada las apoteosis del salvador de la patria, impartidas las instrucciones del caso al posesionado y formuladas las advertencias de rigor al mundo entero, el individuo que leyó el discurso arremetió contra el presidente saliente con una insólita carga de rencor y villanía que bien expone la naturaleza moral de la agrupación a la que pertenece.

Conocidas son las limitaciones intelectuales del orador, lo mismo que sus toscas maneras y su talante primitivo que en más de una ocasión lo han puesto en aprietos ante sus colegas de la clase política. No sería de descartar que en virtud de tales merecimientos sus compañeros de bando lo hubiesen seleccionado para presidir el parlamento y, por ende, hacer semejante ridículo ante el país y el mundo entero. Es probable que ni siquiera se percatara del lamentable espectáculo que estaba protagonizando, y hasta de pronto se sentiría orgulloso de sí mismo, más aún cuando su jefe lo felicitó poco después ante sus copartidarios. Bien es cierto que todo autócrata tiene su propio bufón.

Definitivamente no es lo que se espera en un evento de esa naturaleza por parte del presidente del Parlamento. En ámbitos civilizados tal discurso suele ser un episodio breve que sirve de introducción al nuevo mandatario, con el cual se le da la bienvenida y se hacen votos por el éxito de su gestión. Lo que aconteció, en cambio, fue un bochornoso incidente, propio de seres de muy bajo nivel ético y estético celebrando su supuesta victoria en una orgía de odio y falsedad.

La disculpa que brindaron los oficiantes del espectáculo tan pronto como se multiplicaron las manifestaciones de rechazo a lo expresado por su pupilo fue que era necesario hacer un ajuste de cuentas con lo que se recibía, no fuera a ser que en el futuro se achacaran al presidente Duque culpas que no le correspondían, sino a su antecesor. Pero una vez más esta agrupación mentía, tal como ha venido a convertirse en su costumbre, porque ese no era, ni mucho menos, el estado en el cual se le entregaba el país al nuevo mandatario.

Por el bien del país, por su imagen ante el mundo y por aportar un poco a la tranquilidad de sus gentes, es preciso hacer serias rectificaciones de fondo al respecto. Con este escrito se espera contribuir con algunas de ellas, sin la pretensión de obtener el reconocimiento de la verdad por parte de quienes acogieron con beneplácito dicho mensaje, pues es bien sabido que es más fácil convencer a un ateo de la existencia de Dios que hacer comprender a un uribista que su inteligencia está siendo manipulada sin escrúpulos (al fin y al cabo, estos no son asuntos que se tramitan por los canales de la razón, sino por otros más básicos, las emociones, a cuyo servicio la razón es frecuentemente sometida).

Cuando un profesor atiende un curso de treinta alumnos entre los cuales quince son buenos estudiantes, diez son regulares y cinco mediocres, y se le indaga acerca de la calidad de tal curso, lo que en honor a la verdad y al decoro debe limitarse a responder es esto mismo, pero si en lugar de ello se da a la tarea de referirse exclusivamente a los cinco mediocres, la imagen que está presentando del curso está falseada a propósito, es una gran mentira, así sea cierto lo expresado acerca de los cinco alumnos. Y mucha más mentira será si entre lo que dice de los deficientes hay cosas que son falsas o, a propósito, han sido distorsionadas.

Veamos:

Se dijo que durante el gobierno anterior la población colombiana se había empobrecido, resultando afectada en su bienestar, por cuanto el producto interno bruto per cápita había caído en un 23% durante el mandato anterior.

Estas cifras, expresadas en moneda extranjera, pueden ser ciertas, ¿pero son verdaderas en la realidad? Claro que no

La población colombiana, dice Perogrullo, vive en Colombia, y por ello mismo, recibe sus ingresos y efectúa sus gastos en moneda colombiana.

Digamos que en un año una persona tiene un ingreso mensual de $1´200.000 y la tasa de cambio del peso por el dólar es de $2.000. Su ingreso asciende, pues, a 600 dólares. Si al año siguiente la tasa de cambio pasó a $3.000 por dólar, el ingreso de esa persona “cayó” a 400 dólares. Podría, incluso, haberse aumentado su salario a $1´500.000 y su ingreso apenas serían 500 dólares, inferior en el 20% al del año anterior.

¿Cuál fue la verdad de los hechos en el caso específico del período que nos ocupa?

El 7 de agosto del año 2010 el salario mínimo era de $515.000 mensuales y la tasa de cambio del peso colombiano por el dólar eran $1815,46. Así, el salario mínimo representaba 283,67 dólares. El 7 de agosto del 2018 el salario mínimo eran $781.242 y la tasa de cambio $2.898,86, según lo cual el salario mínimo cayó a 269,50, es decir, disminuyó en un 5% en dólares a pesar de haber aumentado en el 52% en pesos colombianos. Pero sucede que para medir la capacidad adquisitiva de ese salario en Colombia la comparación debe hacerse con respecto al costo de la vida en este país, porque el colombiano (dice Perogrullo) vive en Colombia, no en Estados Unidos ni en ningún otro país del exterior.

Y en Colombia el indicador que mide la evolución del costo de la vida es un índice denominado “IPC” —Indice de Precios al Consumidor—, el cual pasó de un valor de 104, 47 en agosto 7  de 2010 a 142,28 en junio de 2018, es decir, aumentó un 36%.

Si al 52% que aumentó el valor del salario entre 2010 y 2018 se le sustrae el 36% correspondiente al incremento en el costo de la vida, el resultado es que el salario mínimo aumentó en términos reales en el 18% durante el período del presidente Juan Manuel Santos.

Muy probablemente el individuo que leyó el discurso no supo lo que estaba diciendo en este punto (y en otros tantos) pero quien se lo escribió sí tenía que saberlo, de manera que, probablemente, no se trate aquí de ignorancia, sino de mala fe, es decir, de construir a propósito un argumento para presentar como verdadera una afirmación dañina con plena conciencia de que es falsa.

Pero hay más en este mismo asunto

Entre los años 2010 y 2017 el porcentaje de la población colombiana víctima de la pobreza se redujo significativamente, pasando del 37% al 27%. Y la población que padece extrema pobreza disminuyó del 12% al 7%. Entre los años 2010 y 2016 la población afectada por la pobreza multidimensional pasó de 13'719.000 a 8'586.ooo personas, con una reducción de 5'133.000.

Por si fuera poco, entre los meses de junio de 2010 y 2018 la tasa de desempleo cayó del 12% al 9%.

Otro aspecto con el cual se pretendió espantar a la audiencia fue con la situación fiscal del país, lanzando cifras escandalosas pero cuidándose muy bien de ocultar las verdaderas causas de las dificultades, reemplazándolas por explicaciones que más parecen salidas de las cuentas de un finquero con su mayordomo que de la mente de un estadista, pues no otra conclusión merece el atribuir dichas dificultades al “despilfarro” de un gobierno malbaratador e irresponsable.

Comencemos, entonces, por dar cuenta del hecho irrefutable que el déficit del Gobierno central representó el 4,1% del Producto Interno Bruto (Valor producido en un año en el país) en el año 2009 y el 3,9% en el año 2010. El mismo indicador fue del 4,0% el año 2016 y del 3,7% en el 2017. Y también se redujo el porcentaje del déficit en el total del Sector Público Consolidado, pasando del 2,7% y el 3,2% del PIB en los años 2009 y 2010 al 2,2% y 2,4% en los años 2016 y 2017.

Las recientes dificultades fiscales de Colombia tienen su origen principalmente en la caída de los precios internacionales del petróleo, la cual probablemente no fue ocasionada por el gobierno de Santos, y por tal razón muchos se empeñan en desconocer su incidencia, no obstante ser de público conocimiento la importancia fundamental de este producto como fuente de ingresos fiscales para este país.

He aquí algunas cifras:

El 7 de agosto de 2014 el precio internacional del barril de petróleo (WTI) era de 93,10 dólares. Para igual fecha del año 2015 el precio se situó en 48,87 dólares, con una disminución del 48%. En 2016 volvió a caer, a 43,70.

Concomitante con lo anterior, el valor de las exportaciones del sector “Minería” (el cual incluye el petróleo) descendió desde 32.579 millones de dólares en el año 2014 a 17.592 en el 2015 y a 13.210 en el 2016. Paralelamente, las exportaciones totales de Colombia cayeron de 54.857 millones de dólares en 2014 a 36.018 en 2015 y a 31.768 en 2016.

Recuérdese, a propósito, que a raíz de lo anterior la moneda colombiana sufrió una abrupta devaluación. Entre el 7 de agosto del 2014 e igual fecha en el año 2016 la tasa representativa de mercado pasó de $1.881,51 a $3.052,80 pesos por dólar, con una depreciación del 62%.

No corresponde a este escrito hacer una defensa del manejo fiscal del gobierno anterior, lo cual se prestaría para un amplio debate una vez se fuera al detalle de sus fuentes de financiación y su aplicación a los egresos. Tampoco se trata de ocultar la difícil situación que recibe el gobierno entrante en relación con el incremento de la deuda, la cual ascendía al final del primer trimestre de este año a 419 billones de pesos (46% del PIB) en lo correspondiente al Gobierno Nacional Central y a 504 billones para el Sector Público Consolidado (55% del PIB). Tan solo se pretende poner de manifiesto las explicaciones facilistas, demagógicas, con las cuales un sector se ha empeñado en hacer creer cada día al país que este marchaba hacia el desastre, siendo indispensable, por ello, el urgente retorno del salvador de la patria, si no fuera posible personalmente al menos por interpuesta persona.

Digamos de paso que las afirmaciones del espanto a la inversión extranjera no pasan de ser una monumental mentira. En el año 2010 la inversión extranjera directa  tuvo un valor de 6.430 millones de dólares, cifra que fue superada con creces en todos y cada uno de los años del período 2011-2017, año este en el cual ascendió a 13.924 millones. Ni siquiera el antipatriótico esfuerzo desplegado para  presentarle al mundo entero una calamitosa imagen de la situación de Colombia consiguió espantar a los inversionistas extranjeros que dieron de tal manera un sólido respaldo al esfuerzo del país por superar las dificultades.

Fueron tantas las insensateces que se consignaron en la memorable pieza oratoria de aquel día que no alcanzarían el tiempo ni el papel para ocuparse de cada una de ellas, amén de que, como dice, Gómez Dávila, “el que se empeña en refutar argumentos imbéciles acaba haciéndolo con razones estúpidas”.

Por ello mismo, ¿qué sentido tendría ocuparse de las críticas formuladas con respecto a los adelantos en materia de infraestructura vial o de los logros del proceso de paz en cuanto a la drástica reducción del número de víctimas de toda clase cuando los hechos hablan por sí solos?

Valga una reflexión a propósito de todo lo dicho.

¿El individuo que leyó el discurso lo hizo en su calidad de presidente del Senado de la República o como simple correveidile de un grupo político cuya participación en dicho organismo representa apenas el 16% del total de sus integrantes? Si lo hizo en representación del Senado ya es hora de que este defina públicamente si efectivamente ese era el mensaje que esta corporación quería entregarle a la nación y al mundo en tan solemne ocasión. Si, por el contrario, sumió en tal vergüenza al parlamento por su exclusiva cuenta y riesgo ya era hora de que hubiera sido fulminantemente destituido.

El problema, sin embargo, no es el individuo. El problema es su grupo político que se empeña en mantener este país en permanente conflicto, en imponerse desconsideradamente sobre el conjunto de una sociedad que hoy reclama temperancia, que los extremos del espectro político atenúen su beligerancia y hagan posible que se genere un clima propicio para que el gobierno que se inicia pueda ocupar su atención exclusivamente en la solución de los múltiples problemas reales que aquejan al país y sus gentes en lugar de malgastar su tiempo y sus esfuerzos en apagar incendios originados permanentemente por aquellos mismos que lo impulsaron al poder.

El problema que enfrenta hoy el presidente Duque es definir de una buena vez si va a comportarse, tal como lo ha reiterado, como mandatario de todos los colombianos, propiciando su unidad, o si, por el contrario, va a ser presa fácil de una organización que lo lanzó al estrellato como carnada, para, una vez obtenido el respaldo del electorado, utilizarlo como caballo de Troya para someter al país a sus inconfesables pretensiones.

 

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