El horror paramilitar pintado por una niña artista paisa

María Fernanda Osorio nació y se crió en San Carlos, Antioquia, donde sobre vivió a las tragedias del Bloque Metro. Así convirtió eso en arte

Por: María Fernanda Osorio López
agosto 21, 2018
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El horror paramilitar pintado por una niña artista paisa
 San Carlos, un municipio con una amplia riqueza en recursos naturales, haciendo uso de estos beneficios durante los años sesentas sufrió una importante transformación. Lo anterior a causa de unos megaproyectos que se adelantaban en la región, en donde se llevó a cabo la construcción de las centrales hidroeléctricas, las cuales se desarrollaron sin tener en cuenta a las comunidades y el impacto ambiental, social y económico.
Además, las fuertes presiones de estas compañías sobre la población para que vendieran sus tierras a precios injustos propició el desplazamiento de alrededor 2.705 personas (según informe de empresas de Interconexión Eléctrica S.A.). Algunos lograron invertir en otras propiedades, mientras que otros solo vieron cómo se esfumaba su dinero y quedaron sumidos en la pobreza extrema.

San Carlos era un municipio cuyos habitantes guardaban fielmente las costumbres y el arraigo antioqueño, destacándose las características de las familias numerosas, la dedicación a la religión católica y la práctica de agricultura y ganadería.

Sin embargo, el conflicto armado, que trajo consigo el desarraigo, la pérdida de las costumbres que generó la construcción de las centrales hidroeléctricas y la condición particular de ser un municipio altamente rico y estratégico, lo puso en la mira de los grupos armados, quienes vieron en él una oportunidad de avanzar en sus operaciones y apropiarse de esta manera de territorios clave para la economía del país. Entre 1998 y 2005 se reportaron más de 33 masacres,  se registraron más de 300 desapariciones forzadas y más de un centenar de víctimas de minas.

A pesar de lo anterior, la nueva dinámica que se presenta en el municipio se convirtió en un escenario propicio para que muchas de las familias que se habían desplazado por efectos de la violencia ahora vivan un proceso de retorno que les permite reencontrarse con todo aquello que hacía parte de su diario vivir y volver a identificarse como los seres sociales que son por naturaleza.

El éxodo que vivieron bien lo describe Evelio Rosero en Los ejércitos: "se van, me quedo, ¿hay en realidad alguna diferencia? Irán a ninguna parte, a un sitio que no es de ellos, que no será nunca de ellos, como me ocurre  a mí". A eso yo le agrego: "me quedo en un pueblo que ya no es mío, siete de cada diez sancarlitanos se desplazaron a causa del conflicto armado".

Ahora llegan ayudas permanentes del Estado, pero que no reparan el daño causado a nuestra propia identidad, el dolor de perder a un ser querido o la incertidumbre de saberlo desaparecido, postrándonos aún más, haciéndonos dependientes y creando un paternalismo que pareciera no tener fin.

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