El último cine porno de Bogotá, ahora un rincón de amor gay

Nació en el centro como un exitoso negocio familiar hace 35 años, pero se transformó en un oscuro teatro donde los hombres satisfacen sus instintos sexuales

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septiembre 19, 2021
El último cine porno de Bogotá, ahora un rincón de amor gay

Desde hace más de 40 años el teatro La esmeralda Pussycat está puesto frente al cerrado y ya olvidado centro comercial Terraza Pasteur: en la carrera séptima entre las calles 23 y 24, en un edificio antiguo de cinco pisos de fachada plana y olvidada. Aunque desde hace 35 años es un cine porno y es el último que sobrevive en la capital, pasa desapercibido. La masa de adultos jóvenes que camina por la séptima ni siquiera sabe que existe. No tiene letrero. Su entrada es oscura. Parece un escondite que aquellos que lo conocen no admiten conocer.

La clásica gata rosada sexy de la marca Pussycat, que viste de ligueros y que está apoyada en un bastón de cabaret, sigue estando allí a unos metros de la entrada. La gran pasta amarillenta sobre la que está dibujada algún día fue de un blanco resplandeciente. El gran letrero de la gata muestra la decadencia del viejo teatro que ha sobrevivido más por terquedad que por beneficios económicos. Hace un par de décadas entraban a este cine porno unas dos mil personas a la semana. Hoy no lo hacen más de cien.

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Todo comenzó gracias a las familias Ruiz García y Beltrán Rincón, quienes alguna vez ostentaron ser grandes empresarios del cine en la década de los 70 y 80. Fueron dueños de varios teatros del centro de Bogotá que se fueron a pique cuando las empresas como Cine Colombia, que tenía en arriendo varias de sus salas, se trasladaron a los novedosos centros comerciales. Fue entonces cuando el cine porno entró a la escena del centro de Bogotá. Jorge Enrique Ruiz García y Fabio Beltrán con sus firmas Atlantic Films y Cines Éxito son los dueños del emblemático teatro La esmeralda Pussycat. También eran dueños de las tiendas de alquiler de películas de video porno Pussycat que estaban sobre la séptima con 53 y de la que quedaba en la carrera 15, muy cerca de la calle 100. Fueron por muchos años los administradores del teatro Faenza.

Algunos de los pocos asistentes del cine son viejos clientes: señores de traje y corbata que evidentemente pasan de los 60 años. Abuelos que buscan emociones entre las tetas, las vaginas y los orgasmos fingidos que proyecta un videobeam sobre la también vieja pantalla de tela blanca. El par de películas empiezan a las 10 de la mañana y van en simultánea hasta las 8 de la noche. El otro grupo de visitantes también está bien definido. Jóvenes y adultos gais que se buscan entre sí para compartir juntos algo más que la película.

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El teatro está administrado por una mujer hosca de unos 60 años. Es también quien atiende la taquilla. La entrada no es barata. Cuesta $11 mil. La boleta es un cuadrito pequeño de cartulina azul con un número y el nombre de la firma propietaria, Atlantic Films, puestos con sello de caucho. La cartulina la rompe el otro administrador, quien tampoco dice su nombre pero que cuenta que trabaja en el negocio del cine hace más de 30 años y en este cine porno hace algo más de 20. Es familiar lejano de uno de los dueños. Es también el celador del teatro.

En el ancho pasillo que divide la sala de cine y la entrada hay 38 cuadros. Dos de ellos gigantes óleos de mujeres teniendo sexo. También hay más de 10 imágenes de Marilyn Monroe, el amor platónico del dueño Jorge Ruiz García. Los baños están forrados de óleos. El de mujeres, que permanece con la luz apagada porque la única que pasa por allí es la taquillera malgeniada, tiene cuerpos desnudos de hombres. Uno con el rostro del actor Tom Selleck, el famoso Mágnum de los años 80, y el otro de John Travolta. La actriz Charlize Theron, muy joven, y pintada de dos metros de alta, es quien acompaña bien desnuda a los hombres en su baño de cuatro metros cuadrados.

Mientras observo los cuadros y tomo impulso para entrar a la sala veo ingresar a cuatro personas. Un señor de unos 60 años que lleva un maletín de cuero café terciado al hombro entra con afán. Tras de él entran tres jóvenes. No tienen más de 30 años. No vienen juntos, pero llegan casi al mismo tiempo. Uno de ellos viste todo de blanco. Durante la hora y media que estuve allí no entró nadie más.

Adentro en la sala hay que esperar un par de minutos para que la vista se adapte a la oscuridad. La mala calidad del DVD que muestra un trío hecho por dos mujeres y un hombre negro, poco ayuda a visualizar. En las casi 300 sillas se alcanzan a ver seis cuerpos sentados muy dispersos unos de los otros. Al lado de las últimas sillas, muy cerca de la puerta hay no menos de ocho hombres, todos caminan de lado a lado por detrás de la última fila de sillas. Parece que buscan a alguien. Se miran entre sí. Parece que respetaran el silencio como espectadores del cine. A diferencia de los seis que están sentados en las sillas, su atención no está en el trío de las mujeres y el hombre negro. Se interesan por ellos mismos. Se están buscando. No se hablan. O solo con el cuerpo y los ojos.

Salgo un par de veces. El celador-administrador está entretenido viendo un partido de fútbol y poca atención le presta a la sala. Solo entra para advertirme que como periodista no puedo hablar con los espectadores. En mi tercer ingreso reconozco al chico que vestía de blanco. Está arrinconado con otro hombre. Están en la esquina norte de la sala a pocos metros de mí. El sonar constante de sus movimientos revela más que un beso. Las manos inquietas de sus sombras, una de ellas vestida con un blanco notorio, se pierden en la mitad de sus piernas. Al otro lado, al sur de la sala, la escena se repite. Dos hombres se tocan ante la disimulada mirada de todos. Esta parte del teatro es un punto de encuentro gay. Parece un juego entre cazadores y presas gustosas por ser atrapadas.

En otra de mis huidas hacia la zona de espera salió detrás de mí el joven que vestía de blanco. Su rostro complacido lo decía todo. Su pareja dentro de la sala es un interrogante que tal vez ni él mismo detalló. Minutos después salió el hombre mayor de maletín de cuero café. Iba con el mismo afán y con la misma mirada gacha con la que entró. Se refundió entre los caminantes de la carrera séptima hacia el sur, como se seguirán refundiendo los que aún pueden visitar el último cine porno que está a poco tiempo de cerrar sus puertas para siempre.

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