'El ruido de las cosas al caer' en su primera década

"Quienes hemos crecido en el campo entendemos lo que es una biblioteca pública municipal: establecimientos tristes, abandonados. Allí conocí este libro"

Por: William Alexander Suárez Gómez
agosto 04, 2021
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'El ruido de las cosas al caer' en su primera década
Foto: Andrew Lih CC BY-SA 3.0

Esta obra, merecedora del premio Alfaguara de novela, uno de los prestigiosos en la literatura hispanoamericana, fue publicada y galardonada en 2011. El pasado 20 de marzo se cumplieron diez años del anuncio del triunfo de la segunda obra colombiana en el certamen, precedida por Delirio, de Laura Restrepo (2004), y seguida por El mundo de afuera, de Jorge Franco (2014), y en el presente año, Los abismos, de Pilar Quintana. Hoy en día no puede olvidarse el carácter de “clásico-actual” que ha venido cobrando la obra en la literatura colombiana.

Diez años después de su publicación, es una obra vigente, con una composición literaria que vale la pena, sobre todo en el arte de novelar: consiste en hilar situaciones concretas, situaciones que acaecen o acaecieron, o podrían acaecer, en circunstancias particulares y perfectamente delimitas; con sensaciones universales, sentimientos y razonamientos que pueden ser experimentados o pensados por cualquiera de nosotros, y no solo por quienes se relacionan de manera directa con las situaciones narradas. En este sentido, El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, es la concreción de lo que puede considerarse una novela.

 

Tres impresiones

Quienes hemos crecido en el campo entendemos lo que es una biblioteca pública municipal: establecimientos tristes, abandonados y utilizados en su mayoría para fines muy distintos a la promoción de la cultura y el conocimiento. Sin embargo, algunas bibliotecas abandonadas son el recuerdo materializado de la imagen que evoca el famoso verso de Quevedo "Con pocos, pero doctos libros juntos". En realidad, es muy escaso el material en bibliotecas públicas de los pueblos de provincia en Colombia. No obstante, lo que hay en la mayoría de dichas bibliotecas, los pocos libros que hay, valen la pena. Fue justamente en una de estas bibliotecas públicas municipales, la de Barranca de Upía (Meta), donde me vine a topar con el ya clásico libro de Vásquez.

No hay que dejarse engañar; a veces la gente fea lee cosas bonitas. No le quise prestar atención a este libro antes porque siempre lo llevaron en la boca mis compañeros de universidad más pretenciosos y pedantes, a los que desprecié en los pasillos y a los que nunca invité a mi mesa. Ahora vea usted: celebro eufóricamente el encuentro con esa misma obra, de la que me estuve privando estúpidamente y sin verdaderas razones.

El Premio Alfaguara no va a decepcionar: si algún día tienen mucha plata y no saben qué hacer con ella, entren a Wikipedia, escriban en el buscador "Premio alfaguara de novela" y revisen en el historial el título que más les llame la atención. En el listado ya hay tres colombianos más: Laura Restrepo, Jorge Franco y Pilar Quintana. Además, me parecen recomendables Abril rojo, de Santiago Roncagliolo (2006), y Salvar el fuego, de Guillermo Arriaga(2020), quien también fue guionista de la película de culto mexicana Amores perros.

 

Dos citas a manera de cierre

"No hay manía más funesta, ni capricho más peligroso, que la especulación o la conjetura sobre los caminos que no tomamos".

"...Y me tomó todo el año darme cuenta.

¿De qué?

Del miedo. O mejor, de esta cosa que me daba en el estómago, los mareos de vez en cuando, la irritación, no eran los síntomas típicos de del primíparo, sino puro miedo. Y mi mamá también tenía miedo, claro, tal vez hasta más que yo. Y luego vino lo demás, los otros atentados, las otras bombas. Que si la del DAS con sus cien muertos. Que si la del centro comercial equis con sus quince. Que si la del centro comercial zeta con los que fuera. Una época especial, ¿no? No saber cuándo le va a tocar a uno. Preocuparse si alguien que tenía que llegar no llega. Saber dónde está el teléfono más cercano para avisar que uno está bien. Si no hay teléfonos públicos saber que en cualquier casa le prestan un teléfono, que uno no tiene sino que llamar a la puerta. Vivir así, pendiente de la posibilidad de que se nos hayan muerto los otros, pendiente de tranquilizar a los otros para que no crean que uno está entre los muertos".

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