Opinión

El pueblo está berraco

El pueblo soberano, abusado, irrespetado, víctima, lanza un grito desesperado; el presidente enceguecido, lo recibe para conversar por la mañana y luego por la tarde cambia la baraja por las cartas marcadas

Por:
diciembre 26, 2019
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El pueblo está berraco
Proseguirán las marchas el año que viene, el pueblo del Preámbulo de nuestra Carta Magna ha descubierto la calle como forma de expresión. Foto: Cuarto de Hora

No crean, estimados lectores, que el título con el que inicio este escrito, es ligero. De ninguna manera. Es muy serio. Y lo afirmo desde el principio porque en este país, en donde más de uno ve al pueblo por encima del hombro, piensa que el pueblo es una especie de…, qué les digo yo…:  una especie de ordinaria plebe; de guacherna, para repetir un término que utilizaban los antiguos cachacos. Es que se nos comienza a olvidar (a mí no pero a algunos sí), que el pueblo no es un mamarracho más. Fíjense: es en el propio Preámbulo de la Constitución en donde se pone de presente que es “el pueblo de Colombia, en ejercicio de su poder soberano”, la parturienta  de todas las instituciones nacionales. Comenzando por la democracia misma, por las ramas del poder, los órganos de control, y de toda la estructura del Estado y de los derechos y garantías del ciudadano y del orden vigente. Y da la particularidad de que ese mismo pueblo, tras largo letargo, como que súbitamente despierta hoy, renueva fuerzas, se sacude y lanza un grito desesperado por el desconocimiento de su importancia y el significado de sus luchas por alcanzar la paz, la igualdad, su dignidad y la justicia social.

Al pueblo, a nuestro pueblo, aquél del cual hacemos parte, pueblo que a la luz de la Constitución lo puede todo, lo hemos olvidado. Lo hemos dejado de lado. Pueblo por lo general paciente, por no decir sumiso. Pueblo, en Colombia, en su mayor parte, sencillo, abusado, irrespetado. Pueblo víctima. En este, nuestro país, pueblo del Tercer Mundo en el que el feudalismo aún se manifiesta claramente. País en el que la riqueza de pocos, que contrasta de manera intolerable con los congruos, y menos que congruos ingresos de los más, proviene del narcotráfico o del vulgar lavado. Y sí, pueblo víctima de una de las mayores desigualdades en el planeta (ver Coeficiente de Gini, Banco Mundial, 2019. Mide desigualdad en los ingresos). Pueblo anestesiado por la pobreza. Agréguese que se trata de un pueblo hijo de más de sesenta años de cruda violencia; y que aún lucha por que no lo maten. En fin, pueblo, pueblo, mero pueblo en esencia y punto, que no es ni de izquierda ni de derecha, ni liberal o conservador, ni de Uribe ni de Petro, ni de Fajardo o de Gaviria; ni verde ni violeta, ni de grupos mamertos o no mamertos, o castrochavistas, mucho menos de Duque o de un poco de congresistas que se unen a él a cambio de algo para darle oxígeno a un gobierno acorralado. En contravía de la elocuente e insoslayable realidad, hoy, el doctor Duque Presidente, en mucho, en su caso particular, plenamente ensimismado, considera lo contrario. Por ello, enceguecido, en vez de recoger y dialogar con seriedad con ese pueblo que marcha pacíficamente en las calles y los campos, lo recibe, para conversar por la mañana con él, para luego despedirlo; por la tarde cambia de baraja para hacer uso de cartas marcadas. ¡Qué peligro!

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Duque está en la obligación de posesionarse, no digo de la Presidencia, sino de la realidad

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Las marchas han sido respetuosas. Yo marché. He sido testigo directo. Que hayan aflorado actos de violencia en algunos sitios, contados en los dedos de las manos (lo que he deplorado de verdad), fomentados quién sabe por quién, no indica que esas marchas no sean justas, como tampoco que Duque tenga toda la culpa de lo que se manifiesta por boca autorizada de cada una de los individuos o individualidades que dejan conocer en la calle a grito herido y en las noches golpeando cacerolas, sus desencantos, sus miserias, sus anhelos y esperanzas. Pero es que Duque está en la obligación de posesionarse, no digo de la Presidencia, sino de la realidad. Lo eligieron para resolver los problemas que haya podido encontrar, ya coyunturales, ya estructurales. Entonces, ¿de qué le sirve echarle la culpa al otro o a los otros cuando la responsabilidad de la gestión pública ya es suya?

Por otra parte, claro que ha cometido garrafales errores, todos de su propia cosecha. Y graves. Él, Duque, lo sabe. Como el haber perpetrado un atrevido atentado contra la Jurisdicción Especial para la Paz, o el haber pretendido echarnos un cuento traído de los cabellos a propósito de la llamada de Angelino Garzón a los Elenos, y de las vistitas no autorizadas pero sí autorizadas (“…que sí y que no y que como no”, decía mi padre a propósito de un juego de niños), de Everth Bustamante a La Habana, acompañadas en su momento de la rasgadura de vestidura del Alto Comisionado; o el no entender a tiempo que la Presidencia era suya, no prestada, como para haberse dejado meter el gol del desconocimiento del Protocolo suscrito por el Estado colombiano con la República de Cuba a propósito de los diálogos de paz adelantados en territorio de esa nación; o el habernos hecho creer en una  posible guerra  con la vecina República de Venezuela manejando, a las escondidas, tan delicado tema, como si se tratara de un juego Fortnite dirigido desde un Nintendo estatal, o el haberse estado haciendo, desde un principio, el de la vista gorda con  los Acuerdos de Paz, pretendiendo que su cumplimento se agota con unos proyectos menores en los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación, ETCR.

Cuidado. No se juegue con el desfile del pueblo en la calle. Que llegan los exámenes finales y los “pelados se van a estudiar”, dicen algunos; que los villancicos son más poderoso que los sindicatos y los educadores; que ya es hora de armar el pesebre o el árbol de Navidad, me decía alguien del gobierno; que las mujeres que marchan se van a ver forzadas a retirarse por  la necesidad de comprar los regalitos para los niños y de arreglar con bolitas las entradas de sus casas. Y así, cortan con la misma tijera, y miden con un mal metro, a negros, blancos, indígenas, a los desamparados, a las mujeres, a los profesionales y no profesionales, a la clase media, a mayores y menores, a gentes del Caribe, a ciudadanos del Pacífico, santandereanos, llaneros, antioqueños embravecidos, a hijos de Nariño, a ciudadanos del común de todo el territorio, de todo el mapa nacional. Pero no hay tal. Lo que puede estarse viendo como el triunfo del gobierno hoy, por la temporada que se avecina y la forma como se ha venido burlando de quienes marchan con justas razones, no se agota con “Noche de paz, noche de amor…”. Proseguirán las marchas el año que viene. Cuidado, repito. Ténganlo presente. Es el pueblo del Preámbulo de nuestra Carta Magna el que ha descubierto la calle como forma de expresión. Y claro que se recogerá alrededor de sus familias en las próximas festividades. Pero de nuevo despertará con la venida de los Reyes, porque quiérase o no, ese pueblo, el pueblo soberano, ciertamente está berraco.

Publicada originalmente el 5 de diciembre de 2019

 

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