El Niño Dios y lo que va de la imaginación a la mentira

Una cosa es la creatividad en su estado natural y otra es que se cree un personaje para vender una idea comercial, apoyada por una iglesia mentirosa

Por: Ramiro Guzmán Arteaga
diciembre 13, 2018
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El Niño Dios y lo que va de la imaginación a la mentira

Tuve mi primera desilusión del Niño Dios cuando a mis escasos siete años, en casa de mis abuelos, en El Campano, municipio de Lorica, Córdoba, me desperté feliz con un balón de caucho encajado en las costillas, pero instantes después, aún de madrugada, un primo le dio una patada al balón que fue a parar a una caca de puerco. No lloré, me quedé mudo, quizás confundido. No entendía cómo el Niño Dios, que me había llenado de tanta alegría hace apenas unos instantes, hubiera permitido semejante accidente. Dos años después, ya en casa de mis padres, en Montería, me monté en el escaparate y descubrí en una bolsa de almacenes Ley la misma sombrilla y la misma muñeca con la que mi hermana jugaba feliz la mañana siguiente. Años después, cuando acompañaba a mi madre a comprarle los regalos a mi hermano menor, veía desvanecer mis fantasías de niño, al comprobar que me habían engañado.

En contraste, por muchos años, y aun, en esta que empieza a ser una larga vida, aún vivo con la felicidad que me producen los recuerdos de los cuentos de mis abuelos maternos. Los del abuelo eran cuentos fantásticos de duendes y brujas que él mismos se inventaba y que alargaba a medida que notaba mi interés por disfrutarlos. Eran cuentos hermosos que no me producían miedo y que, en una especie de segunda entrega, me hacía reclamarle su continuación en la noche siguiente. En los que unas “brujas tierreras” se llevaban al abuelo hasta la orilla del río Sinú y lo perdían mientras cabalgaban sobre él como si fuera un caballo.

No estoy seguro si a otros niños les habrá sucedido algo parecido, pero de lo que sí estoy seguro es que la vida me llevó a confirmar lo que muchos psicoanalistas y otras personas en distintas disciplinas del conocimiento humano pueden confirmar: que una cosa es la fantasía y otra la mentira.

Julián Betancourt Morejón, director del Centro de Estudios e Investigación de Creatividad Aplicada de la Universidad de Guadalajara, México, y Premio Iberoamericano de la Creatividad Infantil, y María de los Dolores Valdez Sierra, Coordinadora del Laboratorio de Psicología de la misma universidad, sostienen que la imaginación y el juego limpio contienen un marco normativo fundamentado en la verdad la cual estimula la creatividad y desarrolla talentos, pues amplían en los niños la apreciación del mundo y su conocimiento de la realidad. A su turno el filósofo y catedrático Carlos París Amador sostiene que la mentira es decir o hacer algo que desde el principio se sabe falso, con intención de engañar a una persona, a varias o a todo un colectivo. En la frontera de la mentira se sitúa la ocultación o el silencio de información importante que se posee. Y es mucho más repudiable cuando se hace universal en los niños a través de los medios de comunicación.

Esto me lleva a pensar que a un niño se le puede alimentar la fantasía, lo cual es de por sí a ayudarles a descubrir quizá una vocación oculta de novelista, cuentista o poeta, pero lo que no se puede hacer con un niño es mentirle con el pretexto de alimentarle una fantasía que luego la vida les lleva a descubrir con todo los impactos negativos para su aprendizaje y el desarrollo de sus vocaciones y aptitudes.

De modo que una cosa son las fantasías de los cuentos de los abuelos y otra la mentira del Niño Dios artificioso. El primero es la imaginación en su estado natural mientras que la segunda es una mentira producto de una sociedad que crea imaginarios colectivos artificiosos y mentirosos. Los cuentos fantásticos construyen conocimiento, mientras que los cuentos artificiosos producen un desencanto y una desilusión, un rechazo, una frustración. Para ser más preciso: los cuentos de los abuelos los inventaron los abuelos, al Niño Dios o Papá Noel lo inventaron los norteamericanos para vender una idea comercial, apoyados por una iglesia mentirosa.

Los abuelos se inspiraban en las noches frescas de verano, en las estrellas, en la luna, en los cantos de las aves nocturnas y los ladridos de los perros (rompe candado, vuela más que el viento), los otros en las luces de la energía eléctrica que nosotros mismos terminamos pagando. Para escuchar los cuentos de los abuelos no había que pagar, en la sociedad de consumo el derecho a la diversión queda reducida al poder del dinero. Y no es que se quiera ser conservador, o que se quiera vivir de la nostalgia del pasado, como suelen replicar quienes no encuentran una respuesta con soporte lógico para estos temas, es que la sociedad debe al menos intentar cambiar los imaginarios colectivos artificiosos por otros más humanos, y ser un humanista no es ser conservador, ni amargado como algunos piensan que somos quienes intentamos al menos. Y superar esto pienso que solo es posible mediante la educación, la cual es una consecuencia de la investigación. Pero una sociedad a la que se le niega esa posibilidad es una sociedad fácilmente manipulable, incapaz de crear y construir sus propios valores, aún los religiosos, porque también estos les son impuestos, como nos impusieran la religión católica los reyes de España, como nos impusieron un Dios, al cual no conocíamos ni sabíamos de su existencia, como nos impusieron creencias, que distan muchísimos de ser nuestras propias creencias, esas que aún faltan por descubrir. De modo que son esta apenas unas reflexiones y un asomo de lo que le podría responder, no en forma contestataria ni grosera, a quienes me cuestionan por haberle hecho a los niños un llamado para que no se dejen engañar con la idea de un Niño Dios inexistente y para que sepan ahora y por siempre que los regalos se los hacen son sus padres.

Próximamente: La alegría de la navidad y año nuevo

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