El naufragio de la paz, un eterno retorno a la guerra

Márquez enumeró las razones para declararse nuevamente en armas, todas poseen un factor común: los constantes ataques del gobierno nacional a lo acordado con las Farc

Por: Juan Alvaro Medina Lerzundy
septiembre 09, 2019
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El naufragio de la paz, un eterno retorno a la guerra

Qué difícil es hablar de paz, unión, reconciliación y perdón para un periodista naciente. Qué difícil es para mí intentar hilar las distintas fuentes e intentar crear una narrativa impersonal frente a un tema que llevo tan profundo en mi corazón y que tanta tristeza me ha ocasionado después de leer las diferentes posturas frente al acontecimiento que hizo temblar al acuerdo de La Habana el pasado jueves 29 de agosto.

Como bien lo trataron los distintos medios de comunicación a nivel nacional e internacional, el exmiembro negociador y segundo al mando de las Farc, Iván Márquez, dio a conocer su rechazo a lo pactado en Cuba, informando a la opinión pública la decisión de retomar la vía armada como camino para la transformación social.

Fueron cerca de treinta y cinco minutos donde el ahora y nuevamente guerrillero Márquez enumera las razones de este accionar. Todas estas poseen un factor común y es la poca relevancia y constantes ataques que han realizado las distintas entidades del gobierno nacional a lo acordado con las Farc.

Hoy el sueño de algunos políticos de “volver a ver a los guerrilleros en el monte”, en lugar de verlos cometer “sicariato moral” por medio de las palestras es más que un hecho. Aquellos rebeldes que confiaron en las promesas de ver un país más justo, con equidad en derechos, y crecimiento social ven como lo que quedó plasmado en tinta poco a poco se fue desvaneciendo, generando así vacíos e incrementando la desconfianza en el gobierno de Iván Duque, ocasionando que con la medida del tiempo se formaran disidencias que han intentado en repetidas ocasiones minar la confianza de aquellos que soñaban con ver un mejor país.

Hoy esos grupos disidente son liderados por Iván Márquez y buscan fortalecerse, con el fin de formar una nueva guerrilla. Dicha fuerza armada buscará unir los estandartes del ELN con los suyos, incrementando el pie de lucha y trayendo consigo, nuevamente los vejámenes y dolores que todos los colombianos conocemos. El temor al reclutamiento forzado en las comunidades indígenas y campesinas, el secuestro, los campos minados, las extorsiones, los bombardeos y demás accionares propios de la guerra colombiana.

Iván Márquez menciona en este acto de insurgencia y a manera de bautizo a su accionar como la Segunda Marquetalia, un nombre que de por sí trae gran cantidad de recuerdos sensibles para un país devastado por la guerra, ya que nos recuerda la incapacidad que siempre han tenido los gobernantes al manejar los temas sociales, desamparando al pueblo y llevándole a tomar decisiones que no pensarían si no estuviesen constantemente presionados.

Y es que si analizamos bien las causas por las cuales las Farc surgieron, nos encontraremos que en el fondo se debe a la poca voluntad de algunos políticos de sentarse para dialogar, de escuchar al que es diferente y a enriquecer sus propuestas. Claro, es obvio que no quieren oír el clamor del pueblo porque están embriagados con el poder que les dan sus cargos, solo escuchan los consejos de quién maneja los hilos al fondo, de quién les llena las billeteras, del que les da los lujos para vivir; se les olvidó lo que es vivir con necesidades y sin voz.

Después de tanta muerte, tanto plomo, tanta bomba, y tanto terror, vimos que los gobernantes por fin estaban escuchando, que el sonido de la pólvora no los había dejado sordos, fuimos testigos también, de cómo la guerrilla más antigua se rendía, entregaba sus viejos fusiles y empezaba a reconstruir la historia. Vivimos una paz verdadera, que, si bien no es perfecta, era la oportunidad que necesitaban los hijos de la guerra para conocer un país distinto. Es que las cosas cambian cuando los grandes caudillos recuerdan de donde provienen, y deciden abrir sus oídos al clamor de su nación.

Algunos reconocidos miembros estatales han girado sus miradas y han incursionado en girar la vela con la que se timonea el rumbo de la nación, por otro lado, aún son mayoría aquellas momias que habitan la Casa de Nariño y el Congreso e intentan evadir el cambio de rumbo. Realizan “jugaditas” que lo que buscan es enfadar y aumentar el odio entre los miembros de la trabajadora.

Esos supuestos líderes quieren el poder solo para sí, y son culpables de muchos crímenes que saldrían a la luz si la paz llega en todo su esplendor. Por eso, infunden el miedo, generan intrigas, siembran el odio, para que nosotros como Estado cerremos nuestros corazones y rechacemos a aquellos excombatientes, los cuales también son víctimas de la guerra, y que en los últimos años han vivido en libertad y sin miedo.

Qué estúpido y difícil es pensar e imponer sobre personas cuyas vidas han pasado al lado de un fusil la idea de que deben de pagar años en la cárcel, cuando han dado un parte de buena voluntad entregando sus armas y ofreciendo a sus víctimas la oportunidad de escuchar el “por qué” de su accionar, el escuchar cómo se arrepienten por una cruzada que perdió el rumbo hace más de 20 años. Los procesos de paz se hicieron para generar perdón y reconstruir la nación de la guerra, para escuchar al insurgente y hacerle partícipe de una manera distinta del cambio que tanto añora ver.  Que estúpido es creer que, con la cárcel, el plomo y la sangre se solucionan los conflictos.

Es grato saber, para este incipiente periodista, que más del 90% de los reinsertados aún confían. Qué alegre para mí es ver que Timochenko nuevamente pide perdón y rechaza el actuar del que alguna vez fue su subordinado, que alegría me da saber que son pocos aquellos que decidieron seguir el juego de la guerra.

Como Estado no debemos permitir que los hijos de la guerra regresen a la “manigua”, que las armas vuelvan alzar la voz y que los prisioneros de la guerra vuelvan a aparecer. Abramos nuestros brazos, seamos cimientos fuertes en una nación que se ve propensa a desmoronarse ante los ojos de unos pocos gobernantes.

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