El fútil temor a las izquierdas

Que nos van a expropiar, que la economía irá en declive, que nos vamos a volver como Venezuela, que van a cerrar las empresas. ¿Tienen fundamento estos miedos?

Por: Jorge Ramírez Aljure
mayo 18, 2022
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El fútil temor a las izquierdas
Foto: Leonel Cordero

De por sí hablar de izquierda en suelo americano constituye todo un llamado al terror, y peor como se ha construido su significado en el panorama político presente, donde el programa neoliberal se ha afincado no solo en toda la derecha sino —para no llamarlo por su nombre por motivos de su desprestigio— en el desmirriado.

Centro que, gracias a los más avisados de sus constituyentes, decidió después agregarle a su inocuo programa un tinte social y acudir a nombrar subsidios para morigerar la miseria que produce el sistema en boga, por lo que con cierta desazón en algunos medios se le tildó de centro izquierda. De manera que los grupos políticos que no concurrieron a sentarse en su misma carpa, como el caso del Pacto Histórico, fueron calificados sin más como de extrema izquierda.

Y todo sin que por boca de Gustavo Petro o cualquiera de sus  miembros más representativos se haya jamás hablado de ninguno de los temas que ocupan la agenda normal de sectores radicales, como no sea para recordarles en materia política a los colombianos, como en el caso de Francia Márquez, que tanto indígenas como afrodescendientes y campesinos gozan, según la Constitución, de los mismos derechos que cubren a todos los ciudadanos. Norma superior que todavía muchos compatriotas conservaduristas no parecen aceptar.

Y entonces son voceros de sectores extractivistas, latifundistas, rentistas, financieros, etc., los que deciden prodigarse en  imaginación para llenarle la agenda al candidato progresista con estatismo por doquier, presuntas expropiaciones, persecuciones implacables, limitaciones al libre mercado, recortes a la libertad de expresión y hasta la bienvenida invasión del paìs por parte del comunismo soviético, pues —para el caso de sembrar terror— la Rusia capitalista actual no existe.

La imposibilidad por sabida de revoluciones socialistas en América Latina y el Caribe inhibirían a cualquier economista sensato, de intentarlo si fuere el caso, pues es bien conocido que el capitalismo rampante es más violencia y astucia que la vigencia de los principios económicos establecidos por Adam Smith y David Ricardo. Principios pensados como elementos básicos de economía política que, posteriormente, desvinculados de los móviles morales que pretendieron sus autores, fueron apropiados por el capitalismo y los imperialismos para justificar todos sus excesos.

Intentos entonces fallidos bien por el colapso temprano de sus buenas intenciones ante entornos y agresiones económicas y políticas insostenibles para cualquier país subdesarrollado, generalmente orquestados por un capitalismo claramente imperialista, o porque vislumbradas algunas esperanzas, se les cortaban con golpes de Estado técnicos como los aplicados a Evo Morales en Bolivia o a Dilma Rousseff en Brasil, o armados y sangrientos como los sufridos por varios mandatarios de nuestro continente en épocas no muy lejanas.

Sin embargo, en algunos sectores no es tanto el temor hacia Gustavo Petro por lo que pueda hacer su supuesta izquierda en Colombia, sino a que con su indudable carisma y globalidad de pensamiento, logre que el actual regreso de la izquierda latinoamericana —que no necesariamente está contra el capitalismo, como quieren hacerlo ver sus detractores— consiga la unidad y fuerza suficientes para plantearle al mundo opciones salvadoras para los problemas  que lo cercan y de independencia política y económica para el subcontinente, que de otra manera jamás se podrìan alcanzar.

Una mirada que se abre incluso para los intereses de sus mismos malquerientes, porque sobre cimientos inconmovibles como el cambio climático que amenaza a la especie, la incalculable biodiversidad de nuestras naciones, el hecho de que esta ventaja absoluta se convierta en elemento directo para captar el CO2 que lo produce, al que se agregan las dificultades que la guerra entre Rusia y Ucrania le traen a la Unión Europea —el único bloque que razonablemente ha venido implementando medidas serias en este aspecto— abren un espacio claro para que por primera vez en la historia entremos a hacer parte de la misma, ampliando los horizontes de las políticas y capitales de toda el área.

Y más cuando Colombia, el eterno encargado de desestimar metas, dividir países, sembrar odios, mantener enfrentamientos entre las naciones hermanas, en especial durante el reinado del capitalismo salvaje, ya no fungirá como tal, sino por el contrario podría comandar la corrida hacia terrenos contemplados por nuestras mejores mentes, pero jamás favorecidos por quienes se encargaron de extraviar siempre esos caminos.

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