El Foro de Sao Paulo o el enemigo real

Una opinión sobre esta organización política que agrupa a casi todas las izquierdas de Iberoamérica y que el próximo 3 de julio cumple 29 años

Por: Ricardo de Jesús Castiblanco Bedoya
junio 30, 2019
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El Foro de Sao Paulo o el enemigo real
Foto: Cancillería Ecuador

En Colombia lo usual es hablar del castrochavismo para referirse al enemigo de las instituciones democráticas, pero esta es apenas una vertiente en declive del enemigo real: el Foro de Sao Paulo (FSP), que, aunque haya perdido ejercicio del poder en Latinoamérica, sigue vigente y en procura de sus objetivos: la toma del poder y la imposición del modelo socialista como modelo político para nuestras naciones.

Este 3 de julio se cumplen 29 años de esta organización política, que agrupa a casi todas las izquierdas de Iberoamérica, incluyendo a los movimientos guerrilleros armados, incluso las llamadas disidencias de las Farc-Ont tienen un reconocimiento tácito del FSP o por lo menos, sus dirigentes no se han pronunciado contra ellas.

El Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), ahora Partido Farc, el Polo Democrático Alternativo, la UP y el Partido Verde de Colombia; el Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, el Frente Amplio de Uruguay, el Partido Socialista de Chile, la Izquierda Unida del Perú, el Movimiento Bolivia Libre y el Movimiento al Socialismo de Bolivia, el Partido Socialista Ecuatoriano, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), el Partido de la Revolución Democrática (PRD) de México, el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) de El Salvador, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Nicaragua, la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), el Partido Revolucionario Democrático de Panamá, el Movimiento Lavalas de Haití, y todos los partidos comunistas de la región, incluyendo, por supuesto, el de Cuba.

Si bien es cierto que no existe unanimidad total dentro de sus miembros como tampoco la hay en ninguna otra organización política- de hecho, funciona como una internacional y tiene una estructura orgánica bien orquestada. El FSP opina que la izquierda debe coordinar y centralizar las reacciones contra el neoliberalismo, provengan o no de sus propias filas, y captar las organizaciones populares que surjan como respuesta a las injusticias provenientes del modelo capitalista moderno: desde grupos pequeños que se forman para resolver un problema concreto, como la construcción de una escuela, hasta los movimientos más amplios que luchan por los derechos de la mujer, la preservación del medio ambiente, la defensa de los derechos de los indígenas, etc., claro está, muchas de estas “organizaciones populares” no son tales, sino simples oportunistas buscando el beneficio propio, esgrimiendo como justificación su pretendida lucha contra las “injusticias provenientes del capitalismo”, como es el caso de la Colombia Humana de Gustavo Petro.

El FSP mantiene vigente el principio de la combinación de las formas de lucha (política y armada), para la toma del poder y la implantación del socialismo; de ahí la pertenencia de grupos terroristas en receso o activos, pero que sostienen que recurrirán a las armas si los procesos políticos con gobiernos no se encaminan por la ruta que ellos trazan.

De sus fundadores, Fidel Castro Ruz e Ignacio Lula da Silva, uno muerto en Cuba y el otro condenado por corrupción en Brasil, el FSP mantienen el objetivo de la preservación del llamado socialismo real soviético, fracasado en 1990, pero presentado como socialismo del siglo XXI, progresismo, bolivarianismo y otras versiones encaminadas a ganar las capas menos favorecidas de las sociedades y a la denominada “burguesía rebelde”, como insumos necesarios para sus fines.

Nótese que ni Hugo Chávez y mucho menos Nicolás Maduro han tenido un papel protagónico dentro del FSP; han sido un socio incómodo pero necesario y su rol ha disminuido en la medida que se agota su flujo de caja; la dictadura venezolana hoy se sostiene gracias al intervencionismo ruso o chino, inicialmente preocupados por la abultada deuda económica del país caribeño, pero también como pieza importante en el ajedrez del poder mundial. Especialmente para los rusos, convertir a Venezuela en la Chechenia o la Siria latinoamericana, tiene un significado especial, de ahí que se aventure a llegar tan lejos con su asistencia militar al régimen, a lo que se suma un deseo de vindicta aplazado desde octubre de 1962. Difícilmente Moscú se involucraría en una confrontación armada directa con EE. UU., pero tendría la capacidad para generar un conflicto bélico focalizado, especialmente con Colombia, y librarlo en el terreno diplomático mundial, tratando de mostrar a Washington como el agresor y a Colombia como el peón necesario de los intereses norteamericanos.

Sin duda el FSP no cuenta con México como aliado incondicional pese a AMLO, pesa más el nacionalismo de los mexicanos que un compromiso cierto con una aventura política transnacional, en la que, además, como ocurrió con Venezuela, ellos solo pondrían los recursos de su petróleo, pero no tendrían un papel vanguardista; el acuerdo AMLO-Trump sobre las migraciones centroamericanas es un ejemplo que pesa en cualquier intención expansionista del FSP.

Y aquí es donde Colombia adquiere un rol fundamental en la estrategia del FSP; no solo tiene fronteras con Venezuela y Nicaragua, sino que es el país bisagra para el control de Centroamérica, Suramérica, el Caribe y los Océanos Atlántico y Pacífico; es el corredor natural para cualquier acción militar o política en el continente, mucho más que luchas por el control de los recursos naturales; la lealtad al FSP de los partidos y movimientos políticos colombianos ya quedó probado con ocasión del bloqueo a las ayudas humanitarias a los venezolanos, amén de que ese país es la salvaguarda de las estructuras narcoterroristas élite de Farc y Eln, siendo soporte vital para el control armado de la población venezolana al régimen de Caracas.

Mantener en el país la amenaza de la guerra con Venezuela es tarea diaria de los componentes del FSP, aterrorizando a la sociedad con el anuncio de las graves y dolorosas retaliaciones de Caracas en el evento de una confrontación armada entre los dos países, pero fundamentalmente atacando de manera sistemática la integridad de las Fuerzas Militares colombianas con denuncias internas o internacionales contra sus Comandantes y las políticas de seguridad del país; que mejor herramienta para ello que el fantasma de los “falsos positivos” inventado por el ex ministro de defensa y ex presidente Juan Manuel Santos y los contratistas de la mermelada que pactaron la sumisión institucional al narcotráfico y el terrorismo, con Venezuela y Cuba precisamente como garantes.

La intención anti hegemónica, de defensa de la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, de justicia social, de un nuevo orden global sin Estados Unidos como centro, de reivindicación de derechos y valores socialistas, postulados del FSP, son esgrimidos por la izquierda colombiana y el narcoterrorismo como valores supremos para alcanzar la paz, curiosamente a partir de la legalización del narcotráfico y la renuncia del Estado a perseguirlo como delito, como instituyó Juan Manuel Santos desde los procaces acuerdos del Catatumbo e incorporados integralmente en los Acuerdos de La Habana, o Pacto del Colón, con el mayor cártel narcotraficante del mundo, ahora al servicio del Cártel de Sinaloa y otros grupos delincuenciales mexicanos.

Y el país manda señales que parecieran validar los objetivos del FSP: un gobierno que claudicó institucionalmente ante el narcoterrorismo y la corrupción; casi 8 millones de votos por un candidato presidencial que a su manera representa esos intereses; la institucionalización de una justicia hecha a la medida del narcoterrorismo y el mantenimiento de las condiciones para un “estado insurreccional” mediante la manipulación, muchas veces violenta, de la protesta social generalmente como reclamo de promesas incumplidas por otros gobiernos, especialmente el de Santos, que no tuvo reparo en prometer el oro y el morro para no “meterle ruido” a sus acuerdos con narcotraficantes y terroristas.

Por ello es que uno de los principales objetivos políticos del FSP es la destrucción de las Fuerzas Militares del país; Juan Manuel Santos y Sergio Jaramillo construyeron una estructura de “oficiales bolivarianos” para apoyar su estrategia entreguista; unos convencidos, ingenuamente, de la necesidad de establecer la paz y perdonar al enemigo; otros, confiados en que se repetiría el modelo del Cártel de los Soles venezolanos, se convierten hoy en la manzana de la discordia aupada por los medios de comunicación y los contratistas de la paz, con añoranza de la corrupta mermelada.

No hay que olvidar que uno de los principales objetivos de Santos como Ministro y Eduardo Montealegre, como Fiscal General de la Nación, fue destruir la Inteligencia y Contrainteligencia Militar, con allanamientos, incautación de medios electrónicos y destrucción de material probatorio, que se hizo abiertamente con Santos presidente, utilizando la excusa de que se estaban “chuzando” a las Farc, comprometidas en los diálogos de La Habana, pese a que entonces aún se consideraban, no solo en el país, una organización terrorista vinculada al narcotráfico mundial; el caso Sepúlveda es ejemplarizante de esta agresión. Lo que se buscaba era impedir que la Inteligencia fuera la fuente precisa de los más duros golpes propinados a los narcotraficantes y terroristas, como se evidenció en los 8 años de inactividad e ineficiencia e ineficacia militar que corresponden al período Santos.

No es en vano que el FSP ganó en Colombia espacios vitales como la educación; hoy no tenemos maestros en áreas como las Ciencias Sociales, sino entes adoctrinadores de la niñez y la adolescencia; por algo, incluso las universidades de élites, han entregado a la llamada centroizquierda cátedras estratégicas como las ciencias políticas, la comunicación social, la economía e incluso el derecho; ya hasta la U. de los Andes, otrora grande, tiene un rector que es artífice de la entrega institucional a los narcotraficantes y el terrorismo.

La misma institucionalidad religiosa hoy está al servicio de esas causas; no es gratuito que el obispo de Cali imponga por sobre el criterio del Consejo Episcopal su visión marxista-leninista de defensa de las Farc, el Eln y las bandas criminales, reciclando la tesis de la Teología de la Liberación y de los Curas de Golconda por sobre la doctrina cristiana.

Un capítulo aparte merece la estrategia del FSP para destruir y cooptar las Fuerzas Militares, brillantemente denunciada por Alejandro Peña Esclusa, en su magistral obra sobre esa organización política y que hoy, para no cansar a los lectores, dejo en remojo.

La amenaza es real, las próximas elecciones, especialmente en Bogotá y las ciudades principales, son un reto para los demócratas y, por qué no decirlo, de la derecha que aspira a recuperar la patria de la pesadilla que nos dejó Juan Manuel Santos y los corruptos contratistas de la paz de la mermelada.

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