El exilio de Antonio Caballero y Daniel Samper en Madrid

Los dos periodistas tuvieron que salir por persecución política pero encontraron gran acogida en la revista Cambio 16 y en el mundo cultural español

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septiembre 13, 2021
El exilio de Antonio Caballero y Daniel Samper en Madrid

Me había tocado huir a España en 1989 cuando los jefes del Cartel de Medellín, Pablo Escobar Gaviria y Gonzalo Rodríguez Gacha, “El Mexicano”, decidieron acabar con mi vida. “Estaban cansados” de las publicaciones en Semana donde se denunciaban sus crímenes. Había publicado en la revista un informe sobre el cordón paramilitar que se había construido desde Pacho hasta Montería, los llanos y Puerto Boyacá, en un artículo de portada que se llamó “El Dossier Paramilitar”. Por primera vez se revelaban los verdaderos planes del Cartel de Medellín de tomarse el poder por la vía de las armas, de la intimidación y el terror, después de casi una década de que Semana publicara artículos como “El Robin Hood Paisa”, “El Prontuario de Escobar” y “Los papeles de Wanumen”.

El jefe del Cartel de Medellín se había indignado particularmente con la portada donde se publicó la lista de crímenes de sus crímenes. Escobar le hizo saber a Felipe López que su paciencia estaba llegando al límite. El Mexicano, por su parte, se enfureció cuando se publicó un artículo que revelaba los intríngulis de la guerra con las FARC y llamó a Escobar para decirle que me metiera en la lista. Viajé el 24 de julio, día en que me entregarían el premio nacional de periodismo Simón Bolívar, al que no asistí porque allí era, según el informante, donde me iban a matar. Años después, me lo confirmaría “Popeye”, aunque dijo “esa vuelta no me la encargaron a mí o si no usted no estaría acá preguntándome”.

Gracias a una tarjeta que le envió el expresidente Belisario Betancur a Juan Tomás de Salas, director de la revista española Cambio 16, por vía de Antonio Caballero, quien había sido mi compañero, jefe y maestro en Semana, terminé trabajando en Cambio 16. Antonio le dijo a Juan Tomás “la mafia va a matar al ‘Vaquero’ y Belisario te manda esto”. En la tarjeta decía “el periodista Fernando Álvarez es quien más se la ha jugado investigando a la mafia y tuvo que salir del país. Espero que puedas darle una mano. Tu sabes lo que es el exilio”. Juan Tomás leyó, me miró de arriba a abajo y de inmediato llamó a Juan Carlos Algañaraz, un subdirector argentino y le dijo “pongan a trabajar a este periodista”.

Trabajaba en Cambio 16, al lado de tres colombianos: Antonio Caballero, Marcos Marco Schwartz y Daniel Samper Pizano. Eran comienzos de los años 90 y Felipe López Caballero, mi jefe en Semana, había viajado a Madrid a ver la corrida de toros en la que César Rincón salió por la puerta grande en la monumental plaza de Las Ventas. En un almuerzo informal, Felipe me preguntó cómo era la vida de los colombianos de Cambio 16 en Madrid y con cierta gracia le contesté que en todo caso él único que la pasaba mal era yo. Con su estilo sarcástico y su curiosidad morbosa me fue sacando frases que describían cómo vivían Caballero y Samper.

Yo le contaba como Caballero llegaba a la redacción como a las 11 de la mañana y se sentaba a escribir mientras tomaba café y fumaba sus cigarrillos Pielroja. Apenas llegaba empezaban a desfilar por su modesto escritorio los periodistas españoles que lo bombardeaban a punta de preguntas. Colombia, Suramérica, historia, toros, geografía, ortografía y gramática eran los temas sobre los que diariamente era consultado por jóvenes y por experimentados periodistas que prácticamente no lo dejaban concentrar en sus columnas o escritos. Seco pero cortés, siempre respondía de más. Parecía que la historia para él fuera algo pintoresco. Siempre salía con las anécdotas más pueriles de Napoleón o de los zares de Rusia. O deleitaba a su interlocutor con una erudición sobre ciertos personajes que los mandaba para su escritorio toteados de la risa.

Era una especie de enciclopedia humana. En épocas en que no había aparecido Google, Caballero era una fuente de consulta para la redacción de Cambio 16. En las tardes casi inevitablemente iba a la taberna Alemana en la plaza Santa Ana y se tomaba una cerveza o un vino antes de partir para su Buhardilla en las calles Cosme y San Damián, donde le gustaba invitar a tomar vino y comer pastas preparadas por él. Sus invitados eran poetas, pintores, locos y gente de izquierda española pero no comunistas, a quienes veía como musulmanes que tenían como Alá a Carlos Marx y como Mahoma a Lenín.

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Felipe López se divertía más cuando le contaba cómo era la vida de Daniel Samper Pizano. La redacción de Cambio 16 sabía que había llegado Samper cuando sus zapatos estaban encima del escritorio y él apoltronado hablaba con Raimundo y todo el mundo en Colombia entre las 12 y las 2 de la tarde, hora en que salía a almorzar. Sus almuerzos casi siempre eran con alguna delegación colombiana porque Daniel era como un diplomático. Hasta el punto de que Gustavo Jácome, cónsul colombiano en Madrid en esa época, decía que Daniel Samper le competía cada vez que llegaba alguien importante de Colombia porque él los recogía en el aeropuerto y cenaba primero con ellos antes de que apareciera Jácome, a quien le gustaba chismosear con ilustres apellidos.

A Antonio lo respetaban intelectualmente y a Daniel lo veían como un amigo de Juan Tomás de Salas que de vez en cuando hacía un buen chiste. En ocasiones era consultado por los de la sección internacional sobre temas de Colombia. Eran las épocas del narcoterrorismo y su hermano Ernesto Samper hacía unos meses había recibido 11 impactos de bala cuando iban a matar al líder comunista José Antequera. Las principales conversaciones eran con su hermano y casi toda la redacción se enteraba de los sesudos análisis políticos que hacían porque ya se preparaba la campaña de Ernesto Samper a la presidencia.

Cuando le conté a Felipe todo esto me pidió que escribiera un artículo llamado “Cómo viven Samper y Caballero en el exilio”, dijo. Yo acepté y lo escribí, pero por alguna razón se me soltó con Caballero lo que estaba haciendo y él se paró de la mesa y en tono enérgico me dijo: “Vaquero, le prohíbo rotundamente que escriba eso. Menos si me va a dejar a mí como un amargado ilustrado y a Daniel como un lagarto inmarcesible. Eso va a parecer un publirreportaje”. Con el rabo entre las piernas tuve que decirle a Felipe que Antonio me había prohibido y que nuestro artículo sobre el exilio de dos ilustres periodistas se había quedado en el tintero.

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