El día en que “El Panty” se fue para siempre

Reportaje concedido horas antes de la muerte de un popular y pintoresco personaje del deporte en Córdoba, Antonio Valet Llereda, quien incluso fue masajista de Kid Pambelé

Por: Jose Ghisays Bechara
Octubre 11, 2018
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El día en que “El Panty” se fue para siempre

—¿Aja? ….y ¿qué es de la vida del Panty?— pregunto en la terraza de la casa conocida como “La finquita”, esa que está ubicada al lado derecho de lo que puede ser una pequeña trocha empedrada que se extiende desde la Circunvalar hasta lo que en Montería se conoce como la “Villa Olímpica”.

“Hola mi querido periodista, soy Antonio Valet Llereda, conocido popularmente como El Panty, he estado en todas las hecatombes y triunfos del béisbol, softbol, fútbol y boxeo, tenga la bondad y me informa cuál es el propósito de esta entrevista”, me dice tratando de mostrarse lo más refinado posible, con su voz desgastada y pesarosa, luego que doña Mireya, la propietaria de la casa, me hace seguir al patio.

Este hombre del deporte en Córdoba, que a sus 76 años pasa las horas postrado en una cama, luchando contra una tuberculosis que amenaza con despedazarle los pulmones y una cirrosis que le diluye el hígado, es poco conocido entre las personas menores de 30 años, pero de seguro que su nombre es familiar para cualquier catano, porque no hay boxeador, beisbolista, futbolista e hincha, de la década del 70 hacia acá, que no tenga en su mente una anécdota de este polifacético y pintoresco personaje al que cariñosamente le dicen El Panty, tal vez por esa peculiaridad de hombre pantallero, descomplicado, y de andar lento y propio de las personas chéveres.

Los veteranos y jóvenes recuerdan anécdotas como cuando en el Estadio 18 de Junio de Montería El Panty salía con su andar de Pantera Rosa, y con una “rasca”, aún viva , a asistir a algún beisbolista golpeado o acalambrado, y la gente le gritaba desde las graderías: “¡Levántalo con el tufo Panty! ¡Levántalo!”. O cuando alguien le descubrió que en la botellita plástica, verde, no cargaba ninguna sustancia antiácida sino el trago de aguardiente o de ron barato que tomaba permanentemente.

Ahora él no niega su vida mundana. “He sido desde boxeador, beisbolista, entrenador de béisbol, músico, mesero y portero de cabaret”, dice mientras deja ver su único diente en medio de una sonrisa interrumpida por su tos persistente.

—Pero… ¿actualmente usted es masajista?— le pregunto.

—Quiropráctico—, me corrige en tono formal, mientras se apoya en el palo de escoba que le sirve de bastón, para luego irse a sentar en la mecedora de hierro, trenzada en plástico.

“Ese arte —aclara— me lo enseñó un italiano cuando viví dos años en Venezuela, yo tenía 22 años, y sus enseñanzas yo las completaba leyendo un libro de medicina que me regaló”, explica El Panty tras una pausa en la que cierra uno de sus ojos, que ahora son de un azul desgastado, como tienen los ojos los viejos bien viejos.

Aclara que el libro tenía el gran inconveniente que estaba escrito en italiano, pero su naturaleza de hombre sincero, de los que hacen amigos desde el primer momento, le permitió romper la barrera del idioma. “Llegué a leer y a estudiar en el libro gracias al hijo del dueño de un restaurante italiano donde durante año y medio almorcé. Él me traducía y yo aprendía medicina deportiva y el idioma italiano al mismo tiempo. Un auténtico doble play”. Y ríe. La de Venezuela es una época que recuerda con alegría y tristeza porque coincide con la muerte de su madre. Al hablar de ella sus ojos se humedecen, su voz ronca se torna casi inentendible. Parece un viejo entrenador de boxeo.

El Panty hace una pausa, suspira y mira hacia el fondo de la pequeña casa de tablas de madera que le hicieron construir en el patio de su casa los esposos Mireya Vellojín y Hernán Berástegui, cuando en 1998 lo encontraron tirado debajo de unas viejas escaleras de la antigua sede del Coliseo de Feria. “Allí vivía en un cambuche, mientras el tiempo se le iba entre botella y botella de ron. Hasta que lo echaron de allí y nos lo trajimos”, dice. Doña Mireya y su esposo: “Cuando lo vi, en ese estado lamentable, perdido en el ron y la borrachera, recordé que él era el que en otra época llevaba a los niños a entrenar al estadio de béisbol 18 de Junio. Entonces convencí a Hernán para traerlo para la casa. Le construimos esa casita de madera”, dice. Pero El Panty siguió haciendo de las suyas con el trago. Cuando conseguía algunos pesos se iba, alquilaba una pieza en otra parte, pero regresaba cuando lo echaban. Últimamente andaba en la calle, no comía bien. “La vida le enseñó con dolor que el que no come y toma se muere” dice, doña Mireya como poniendo una queja. Lo conocieron porque había sido vecinos en ese mismo sector de “La Finquita”. Eran los tiempos en los que vivía en la casa de unos parientes que luego lo abandonaron y otros fallecieron. “Afortunadamente estoy con buenas personas me quieren y me ayudan, la señora me da las medicinas diariamente y si no me las tomo me regaña y me las obliga a tomar”, dice El Panty mirando hacia donde doña Mireya lo vigila.

“Ahora se recupera, los pelaos vienen a visitarlo (se refiere a muchachos deportistas), le maman gallo, y él también los jode, pero es muy llevadero, lo queremos como si fuera de la familia aunque no es nada nuestro”, aclara doña Mireya.

El Panty acierta con la cabeza, como un niño viejo. Luego prosigue: “Siempre participé en todos los eventos deportivos y de béisbol en Montería, en Córdoba y a nivel nacional desde los años 60”. Entonces, siempre con voz ronca, saca a relucir un listado de triunfos y derrotas de la selección Córdoba o de la época de los mejores boxeadores, de los que inmerecidamente nunca llegaron a ser campeones del mundo. Vienen a su mente los nombres de Barbulito Zuluaga, Mario de León, El Kike Hing. Y otros a los que él les sirvió de asesor o masajista. Como masajista recuerda haber asistido a Kid Pambelé, Rodrigo Valdez, Miguel “Happy Lora”. La lista es larga. Su cuerpo puede estar mal pero, a pesar de su edad y las lagunas que le ha podido dejar el licor, su mente sigue siendo sorprendentemente lúcida y coherente. Siempre acompañado de su eterno maletín que en una época fue rojo y ahora parece negro. “Ahí guardaba todo”, dice. “El masaje, las vendas. El alcohol y otros ungüentos ¡Ahhh!… ¡Y el Vitabán!, exclama, ese nunca me faltó”. ¿El Vitabán?, pregunto. “Sí, el Vitabán nunca me faltaba”, dice cerrando la mano derecha y empinándose el dedo pulgar hacia los labios, como queriéndose tomar un trago de ron. Se ríe. Quiere mamar gallo, pero la tos lo vuelve a su estado de postración.

Sentado en la mecedora su figura es triste y quijotesca. El Panty se ve muy enfermo. Débil, casi como si lo estuvieran abandonando para siempre las fuerzas. A veces parece agresivo pero no lo está. Lo sé cuándo me ofrece sus manos fuertes aunque temblorosas, con nostalgia, como los abuelos cuando se quieren despedir de algo o de alguien.

Difícilmente puede haber una persona en Córdoba que haya estado más en un estadio que El Panty. Fue uno de los fundadores de la liga de béisbol Córdoba, donde hoy nadie se acuerda de él. Con su voz trapajosa dice: “desde los años 60 hasta principios del año 2007 he estado en cuanto partido de béisbol se jugó en Córdoba”.

También recuerda su época en el béisbol. “Como beisbolista mi época dorada la viví al lado de Chita, Pipa, Petaca, grandes personajes de la pelota caliente quienes fueron la base para las nuevas generaciones de peloteros”, recuerda. El Panty es un hombre sereno, delgado y seco como el palo de escoba que usa para sostenerse como bastón improvisado, de tez morena y pelos canosos desde su barba hasta el cogote. Nació en Santa Marta pero no se le conoce familia. Llegó a Montería en 1962 y desde entonces representó a Córdoba en varios torneos, pero no siguió en el boxeo. Sería el juego de la pelota caliente el que lo atraparía para siempre, porque nunca más se volvió a ir. “Con el tiempo se volvió parte del inventario de los estadios de la ciudad y de la liga de béisbol de la cual fue fundador como partícipe”, me diría Lucho Berrocal Cabrales, un amigo suyo de toda la vida, cuando le pedí referencias. Las palabras de Lucho son ahora confirmadas por el Panty: “De Montería no puedo decir nada distinto que agradecerle, porque me ha tratado bien, me ha querido, Quiero mucho a esta tierra, a su gente, no puedo pedir más, me ha dado todo, especialmente muchos amigos”. Siempre ha sido un rebelde pero de los que dice las cosas en forma sincera y franca. Sin tapujos, pero sin desencajarse ni dejar ver nada distinto a un abierto sentido común. “El deporte en Córdoba no tiene apoyo, porque sus dirigentes piensan más en la plata que en el deportista. Estos puestos no son para ganar plata, no son para negocio, son para trabajar por la gloria del deporte, para querer y cuidar al deportista”.

El Panty entregó su vida a las canchas de Montería y, tristemente, en la misma medida, al licor. Y digo “entregó”, porque el licor lo llevó a la tumba, su hígado no resistió más y sus pulmones se pararon para siempre. “Yo fui figura deportiva, hágame una colecta por favor”, fueron sus últimas palabra cuando me concedió éste reportaje.

Mijo, el trago… el trago mató al Panty” me diría doña Mireya cuando la traté de contactar con la intención de buscar nuevos datos para alimentar el reportaje. El Panty había muerto. Su cadáver permaneció tres días en la morgue del Hospital San Jerónimo de Montería, en espera hasta último momento de la llegada de posibles familiares que nadie conocía y que nunca llegaron, hasta que alguien, que nunca se supo quién fue, le hizo la caridad de donarle el ataúd, en el que se lo iban a llevar directo, sin la misa, para el cementerio. Y lo hubieran hecho, a no ser porque el periodista Álvaro Díaz Arrieta, el dirigente deportivo Juan Hernández y él recoge bate “Miguelito”, sus viejos amigos, se acordaron que primero había que llevarlo a la funeraria y luego a la iglesia.

* Edición: Ramiro Guzmán Arteaga

** El reportaje permaneció inédito y ahora lo publicamos dado su contenido humano, valor histórico y periodístico.

 

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