Texto escrito por: Cristian Camilo Rendón Hoyos
Alejandro Magno se acercó a Diógenes de Sinope para ofrecerle cualquier cosa que deseara a cambio de ponerse a su servicio, el filósofo apenas levantó la mirada y respondió: "Apártate del sol, me estás haciendo sombra".
La frase sobrevivió más de dos mil años porque representaba algo más profundo que un desacato, una ignominia. Era la negativa de un hombre a ser persuadido por el poder. La decisión de preservar su libertad frente a quien parecía ser el tío rico del momento.
Algo parecido ocurrió en el Mundial de 2026, aunque esta vez no hubo emperadores griegos. Hubo cámaras, patrocinadores, departamentos de mercadeo, algoritmos y millones de dólares invertidos en convertir cada segundo del torneo en una oportunidad publicitaria.
Marcelo Bielsa se negó a participar en la coreografía emocional que antecede a cada partido. Mientras futbolistas y entrenadores son invitados a posar ante las cámaras con expresiones de euforia, rabia o determinación cuidadosamente diseñadas para alimentar la narrativa televisiva del espectáculo, el técnico argentino eligió simplemente no jugar ese juego.
Puede parecer una anécdota irrelevante. Un gesto mínimo. Una de esas noticias que desaparecen al cabo de unas horas entre goles, polémicas arbitrales y tendencias de redes sociales. Sin embargo, precisamente por su aparente insignificancia, el acto terminó adquiriendo una dimensión inesperada. La revolución de los actos simples.
Este no ha sido un Mundial cualquiera. Ha sido un campeonato atravesado por una lógica donde todo parece negociable. Donde las pausas de hidratación aparecen convenientemente sincronizadas con espacios comerciales; donde el idioma español parece convertirse en un invitado incómodo en algunas ruedas de prensa a pesar de la enorme presencia de selecciones hispanohablantes; donde ciertos símbolos identitarios son observados con sospecha como la censura del símbolo libertador, “la Batalla de Vertières” que el seleccionado de Haití, a través de la marca colombiana Saeta, habrían diseñado para que portaran con orgullo en su uniforme; al final la FIFA dijo que no y fue quitado de su indumentaria. Asimismo, mientras los logotipos comerciales se multiplican sin restricciones, marcas pautan hasta en el tablero donde se visualizan los números de los cambios.
Estados Unidos, la nación del marketing agresivo que parecería heredado por la doctrina de Ronald Reagan, ha transformado el evento deportivo más importante del planeta en una gigantesca vitrina de consumo invasivo. Vivimos en un tiempo donde todo debe ser contenido. Todo debe ser visible. Todo debe ser monetizable.
El fútbol ya no solo necesita jugarse. También necesita venderse. Por eso resulta tan brutal que una de las imágenes más comentadas del torneo no haya sido un gol imposible ni una celebración viral, sino la ausencia de una pose.
Bielsa simplemente decidió no actuar. Y en un mundo saturado de actuación, la autenticidad suele convertirse en una forma de rebeldía. Quizás por eso Bielsa nos recuerda, salvando todas las proporciones históricas, a aquellos momentos donde las transformaciones comenzaron con actos aparentemente insignigicantes. Rosa Parks no lideró una multitud cuando decidió no ceder su asiento. Simplemente permaneció sentada. Pero aquella quietud terminó moviendo la historia.
Las revoluciones contemporáneas rara vez empiezan con grandes discursos. A veces comienzan con una negativa. Con alguien que decide no sonreír cuando todos esperan una sonrisa. Con alguien que decide no posar cuando todos esperan una fotografía. Con alguien que decide no participar en una ceremonia cuya única finalidad es alimentar una maquinaria que ya parece imposible de detener y que de manera salvaje está por quedarse con la Copa Mundo y se la están jugando toda.
El fútbol actual acumula más patrocinadores que goles. Las casas de apuestas avanzan sobre el deporte con una velocidad que habría resultado impensable hace apenas dos décadas. Los torneos se diseñan pensando tanto en las audiencias como en los balances financieros. La Copa del Mundo, que alguna vez fue una celebración esencialmente deportiva, se encuentra cada vez más rodeada por un entorno comercial que amenaza con convertirse en protagonista.
Bielsa no cambiará esa realidad. Probablemente tampoco ganará el Mundial. Pero quizás eso sea precisamente lo interesante porque algunas personas no están destinadas a transformar el resultado de una competición. Están destinadas a recordarnos algo.
Uruguay lo ha hecho varias veces. Lo hizo Pepe Mujica cuando desde la Presidencia desafió la estética tradicional del poder. Lo hace una cultura política que, con todas sus contradicciones, todavía conserva cierta capacidad de interpelar al mundo desde la sobriedad.
Bielsa, aunque argentino, parece encajar naturalmente en esa tradición. La tradición de quienes creen que todavía existen espacios donde el ser humano puede resistirse a convertirse en mercancía. La tradición de quienes entienden que la libertad no siempre consiste en hacer algo extraordinario, sino en conservar el derecho a negarse.
Quizás por eso aquella escena terminó recorriendo periódicos y redes sociales de todo el planeta. No porque un entrenador se negara a mirar una cámara. Sino porque durante unos segundos, en medio del espectáculo más comercializado del planeta Tierra, alguien se atrevió a decirle al marketing lo mismo que Diógenes le dijo alguna vez a Alejandro Magno: "Apártate del sol".
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