El despiste de los colombianólogos extranjeros frente al ELN

Joe Broderick y todos los que juzgan y prejuzgan como él no deberían engañarse: para los elenos la política no es un circo de malabaristas al acecho de ventajas personales

Por: Gloria Gaitán Jaramillo
febrero 18, 2019
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El despiste de los colombianólogos extranjeros frente al ELN

Vi en Las2orillas un reportaje que le hizo Juan Manuel Ospina al australiano Joe Broderick, quien se prestó a ser interrogado para desahogar la herida que lleva en el alma por el rechazo que los miembros del ELN le han hecho a sus consejos de mentalidad ajena a nuestro medio.

Ese sentido misionero de "los Brodericks" es un estigma que frecuentemente portan los extranjeros catalogados como “colombianólogos”, porque en su ADN llevan tatuado un sentido de superioridad que les legó la cultura colonial e imperial con que nos sometieron. Piensan que ellos sí saben cómo sentimos, cómo pensamos y cómo actuamos. Se sienten superiores y por eso juzgan, a su manera, lo que somos, sobre todo cuando están frente a quien lleva, también en su ADN, el espíritu doblegado ante los extranjeros, característico de los criollos de la clase alta latinoamericana.

Es sorprendente que ambos, entrevistado y entrevistador, definan el término “político” como la antítesis de dogmático, como si la política fuera la capacidad de hacer genuflexiones al amaño de los que detentan el poder.

Así, Broderick, con la aquiescencia de su entrevistador, insistió en señalar que con los miembros del COCE (Comando Central del ELN) no se puede dialogar porque son dogmáticos, “no saben llegar a acuerdos, no saben hacer política”, dijeron.

Recuerdo cuando el entrevistador, Juan Manuel Ospina, escribió que Jorge Eliécer Gaitán había sido un dogmático, mientras que Luis Carlos Galán sí era un político porque se había llegado a un pacto entre él y Julio César Turbay, lo cual había permitido que Galán liquidara el Nuevo Liberalismo e ingresara a las filas del partido liberal oficialista.

El llamado “dogmatismo” de Gaitán llevó al pueblo a derrotar en las urnas, en 1947, a los partidos liberal y conservador. Los llamados “jefes naturales” del partido liberal se autoexiliaron en Europa y los Estados Unidos, mientras que el pueblo impuso a Gaitán como jefe único del Partido Liberal.  Nada de pactos oportunistas, nada de concesión de principios, pero sí mucha fe y convencimiento en la capacidad del pueblo para triunfar. Y triunfaron. Fue una lucha frontal exitosa.

Otra cosa es que, ante la desesperación por la derrota, la oligarquía liberal y conservadora, con la asesoría de la CIA, recurrieran al genocidio al Movimiento Gaitanista, del cual hizo parte el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Al líder y al pueblo los calificaron de dogmáticos y, como “no sabían hacer política”, los castigaron con la muerte.

Broderick pontifica sobre Camilo. Quiero desmentirlo, no con argumentos sino con hechos.

La víspera de irse al monte, Camilo fue a mi casa para invitarme a irme con él al monte. Su argumento era sencillo: si nos quedábamos en la ciudad nos iban a matar. No era que pensara que la única vía era la lucha armada. ¡No! Era que pensaba – y no sin razón – que la oligarquía tenía como arma de combate el asesinato.  Ahí está la diferencia. Porque decir que se fue al monte porque no tenía lucidez en las tácticas de lucha —como lo afirmó Broderick—, es despojar a la oligarquía de su carácter criminal, que la ha caracterizado a lo largo de toda la historia.

Yo no acepté la propuesta, como tampoco se la acepté al Che Guevara, quien me lo había propuesto años antes, a través del comandante cubano Manuel Piñeiro, porque quien me instruyó en tácticas de lucha armada fue el líder campesino Juan de la Cruz Varela —uno de los dirigentes más inteligentes que yo haya tenido el honor de conocer—, quien era enemigo del “foquismo”.

Juan de la Cruz consideraba el foquismo como una visión citadina de la lucha armada, de acuerdo a la cual se pensaba que un pequeño foco de combatientes podía iniciar una guerra de guerrillas que, si los dirigentes eran personalidades reconocidas nacionalmente, necesariamente la lucha se extendería a toda la población.

“No soy foquista” había sido mi respuesta, tanto a la invitación del Che, como a la de Camilo, porque Juan de la Cruz me había hecho comprender que creer que, por ser la hija de Gaitán, los campesinos se iban a sumar a la lucha, era un gesto de vanidad, ya que los campesinos no se dejan llevar por prestigios heredados (como sucede en las ciudades) sino por realidades concretas y propuestas acordes con el medio y las circunstancias imperantes.

Broderick, con el mismo despiste —probablemente de buena fe, pero fruto de una cultura ajena a la realidad colombiana— dice que con los dirigentes del ELN no se puede hacer “política” porque son supuestamente “dogmáticos”. Nada más alejado de la realidad. Lo que sucede es que son intransigentes con los principios que guían su lucha y que, para la clase dirigente no tienen validez alguna, porque nuestras oligarquías, en política, son maromeros que hacen cualquier contorsión al acomodo de sus intereses personales.

Nada más alejado del dogmatismo que los dirigentes elenos. He discutido con ellos y tienen una enorme capacidad de diálogo, no así de claudicaciones de principios ideológicos. No comparto sus tácticas terroristas (contaminar las aguas con petróleo, secuestrar o poner bombas) y sobre ello hemos hablado, han escuchado y han estado dispuestos al diálogo y la reflexión. Sin embargo, no son manzanillos, ni oportunistas. Quieren el diálogo y están dispuestos a hacerlo con el gobierno. Pero, por favor, no les pidan que se comporten como cualquier Vargas Lleras, Pastrana o César Gaviria —para solo nombrar a alguno de nuestros equilibristas—. Respétenles a los elenos su deseo de que sea el pueblo el protagonista de las decisiones políticas del país. Es un principio que le da la razón de ser a su lucha. Que los Brodericks que juzgan y prejuzgan no se engañen. Para los elenos la política no es un circo de malabaristas al acecho de ventajas personales y mezquinas.

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