Opinión

El animal que duerme en cada uno

Noticias de la otra orilla

Por:
junio 13, 2020
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El animal que duerme en cada uno
106 poemas tomados de siete volúmenes publicados por Cobo Bordar desde 1974 hasta 1991, y algunos escritos en España

Vainas de la cuarentena. Lola, mi gata; o mejor, la gata que mi hijo y su novia de entonces dejaron a mi cuidado cuando se fueron a España, me tiene un poco molesto. No sé si verme en casa todos los días y a toda hora le está resultando insoportable ya, y anda haciendo, en venganza, desastres en mi biblioteca y en el estante de mis discos. Desastres. Casi todos los días encuentro una buena de unos y otros regados en el piso.

Hace un par de días, recogiendo el desorden me encontré un libro que hacía muchos días que no leía. ¿Lola quiso que lo leyera? Hablo de una de las antologías del poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, titulada precisamente El animal que duerme en cada uno, publicado por el Áncora Editores a mediados de la década del 90 y que me tocó en suerte presentar en Barranquilla en la Universidad del Norte.

Y le debo a Lola entonces el haberme permitido reencontrarme con ese texto, y claro, con la voz de Cobo, poeta que siempre he tenido en alta estima.

 

Se trata de una antología que recoge 106 poemas tomados de siete volúmenes publicados desde 1974 hasta 1991, además de poemas escritos en España, y los últimos de ese momento. Y me regocija volver a encontrar en un nuevo contexto los poemas aquellos que provocaron en nuestra generación una mirada alerta en medio de una poesía colombiana dominada por cierta imaginería facilista, por el chisporroteo de un lenguaje acusado de falto de consciencia y rigor, por un lado, por la broma nadaista, surreal y tremendista, por el otro, y por la intención política y el mensaje social gobernando el oficio de escribir con bastante poco oficio, en un tercer lugar.

 

Poemas que provocaron en nuestra generación una mirada alerta 

En los poemas de Cobo Borda, y en los de Darío Jaramillo Agudelo, por mencionar otro nombre a manera de referencia generacional, había por supuesto una mirada distinta, una visión del país y de la escritura menos mítica y espectacular.  Así, en los versos de Consejos para sobrevivir, hallamos un firme deseo de llamar a las cosas por su nombre, con sarcasmo y cinismo casi al tiempo, asistido por el desencanto en la búsqueda de una reflexión que arrojara luces hacia el hecho poético, a partir de la vida allí presente.

En realidad, a esa poética, que sin duda se empeña en desmontar una estética y desmitificar una visión de lo poético que enfermaba de bobería una parte importante de la poesía colombiana, pertenecen textos, no siempre iniciales, como Poética, Retórica, Ejercicios Retóricos, Roncando al sol…, Nuestra herencia, Perdí mi vida?, y Salón de té, por mencionar solo algunos.

Pero esa preocupación va pasando de un poema a otro, de un libro a otro, como en un afán de producir tal vez una teoría de la dimensión poética, que siempre ha molestado a muchos, y en la que Cobo Borda llega, como se supone que debe ser, a poner la poesía por encima de toda realidad que no sea la de adentro, la que forja el poema.  El poeta pasa entonces de decir que en aquellos malos libros de poesía que leía mientras sus amigos pasaban a formar parte de la banal historia latinoamericana, había amores más locos, guerras más justas, todo aquello que algún día habría de redimir tantas causas vacías, a declarar hermosamente que escribir es rezar de modo diferente, que las únicas noticias que valen la pena están en los poemas.  Y que todos los poetas son santos e irán al cielo.  Y como para redondear ese diálogo entre la poesía y la vida, Cobo Borda, allí mismo, a vuelta de página, ve de golpe a todos  los amigos, errantes por el mundo, solitarios en definitiva, hablando mal de la literatura pero citando versos:  “Hay tan poca diferencia entre los vivos y los muertos dice Cobo –sedientos ambos por una misma palabra que calme su compulsiva avidez”

La palabra, claro, es poesía, y ese mismo sentido aparece de nuevo en nuevos versos, con agregados conceptuales más maduros.  Así, en los  Viejos Trucos, el poeta “es un bufón hecho para mentir”;  en Deberes del poeta, éste está obligado a “constatar los vertiginoso cambios en los sentimientos”.  La premurosa carrera de todo hacia el olvido… o callar de modo definitivo y profundo; en Sosteniendo al mundo, “sólo la insensata poesía tiene puentes hacia nuevos y maravillosos abismos”; y en la Ética del poema, “el poema no subvierte el orden: lo afianza al revelarnos el revés de la trama”

Ese es sólo un aspecto.  Pudiéramos hacer rastreo por toda la antología para entregarnos a momentos que yo no dudaría en llamar prodigiosos acerca de la visión del amor, en una extraordinaria evolución del tema amoroso en el que pueden destacarse logros en verdad conmovedores.  Como esa extraña súplica que remata el Elogio de la superficialidad,  y que dice:

"quiéreme así
como cuerpo apenas
que alma, corazón,
y demás bisuterías
nadie sabe si existen."

Hay mucho más, por supuesto, es un libro que recoge lo que un poeta con una vida como la que ha tenido Cobo Borda, ha escrito en un largo recorrido.  Y es absolutamente imposible no dejar constancia del sabio diálogo cultural con Lezama Lima, con Vallejo, con Borges, con Brueghel, Platón, Gastón Baquero o Vicente Gerbasi, producto de una intensa vida intelectual como ensayista atento a los grandes temas de la cultura latinoamericana.

Tampoco podría dejar de llamar la atención hacia textos de honda belleza como Shinto, un poema para invocar la grandeza espiritual del Oriente; o la limpia acuarela borgesiana de la pampa en el poema La Esperanza; o el tratado de bromatología de Como y vivo.

Gracias Lola

 

 

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