Opinión

Fernando Botero: las batallas de una exposición

Cuando pensé realizar la Exposición de Botero en Washington no imaginé que debería luchar ocho meses contra la burocracia, ni cómo movería miles de toneladas de obras de arte

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junio 13, 2020
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Fernando Botero: las batallas de una exposición
Fernando Botero con una de sus obras de la exposición en Washington (1996)

Como prometí la semana pasada mientras les contaba las acrobacias de Christo para poder realizar sus obras épicas, acá va la historia de una batalla contra la burocracia para realizar en Exposición de Botero en Washington. El esfuerzo duró 8 meses y la exhibición por fin tuvo un comienzo el 24 de septiembre de 1996.

Una cosa es pensar en hacer una exposición de Fernando Botero en Washington y otra muy distinta es llegar a hacerlo. Entre más pasa el tiempo, la lista enorme de asuntos pendientes no disminuye sino crece en la medida en que comienzan los requisitos burocráticos. El principio y el final se confunden en la medida que empiezan a repetirse las citas en los mismos lugares donde cada vez piden más requisitos. La respuesta fue siempre, “no se puede” pero insistir valía la pena. Yo había visto instaladas las esculturas en tantas ciudades del mundo que me resultaba obvio el proyecto y, de pronto, manejando la lógica colombiana: no, simplemente podía ser un sí en cualquier momento.

La ubicación tenía que ser en la mejor avenida. Una premisa que siempre ha tenido el maestro Botero. Así lo hicieron en Nueva York en Park Avenue o en Madrid en la plaza de los Recoletos, y en Washington la Organización de los Estados Americanos se encuentra en el centro mismo entre la Casa Blanca y el Congreso. Frente a la avenida Constitution que fue creada por el presidente Roosevelt en 1933 para que atravesara de este a oeste el Distrito de Columbia.

Empecé por pedir una cita con el alcalde de la ciudad. Se demoró más de dos meses en otorgarla. Un edificio descuidado, pisos en granito frío, con infinitas oficinas de empleados casi todos acostumbrados a trabajar poco y demorarse lo imposible por dar una respuesta que no tuve, aunque de antemano se me comunicó que lo que estaba pidiendo no se podía realizar porque no había antecedentes en la ciudad.

El mismo funcionario enormemente gordo y mal vestido me notificó días después que todo lo relacionado con ese tipo de permisos lo manejaba el Departamento del Interior. Ministerio que gestiona y conserva la mayoría de las tierras que son de propiedad federal. Seguí la ruta y allí dejé una carta con la solicitud en la oficina de parques. Aunque mi pretensión era la poner las esculturas en la Avenida, la exposición sí tenía que ver con los parques que se encuentran entre las calles 17 y 15 que se están en la parte de atrás de la Casa Blanca.

 

Para instalar las esculturas la grúa tenía que tener un largo brazo que sobrepasara los árboles

Pero, también tenía que hablar con la oficina de Tránsito del Distrito. Y como las esculturas iban a estar frente a la Casa Blanca también tenía que apelar a las oficinas del FBI, el servicio secreto y la policía por temas de seguridad nacional. Mientras tanto, una otra comisión sumamente reservada se creó dentro de la Organización de los Estados Americanos al que pertenecía Museo de Arte de las América que dirigía. Quienes empezaron a reunirse constantemente con la misma mala disposición y desconfianza de todas las otras áreas institucionales del Distrito de Columbia. No se podía.

Ni hablar de los costos de la exposición en donde y como siempre, nadie quería comprometer un centavo. Ni siquiera la Galería Malborough de Nueva York, que representa al maestro Botero, estaba interesada en ayudar en los costos. Es más, dos de las esculturas elegidas para la muestra, se encontraban en la terraza de su edificio en la calle 57 de Nueva York y, solamente bajarlas de allí costaba cinco mil dólares. Todas las sumas eran asombrosas para lo cual iban y venían cartas donde se pedía apoyo económico sin muchas respuestas hasta que la Federación de Cafeteros de Colombia, decidió apoyarnos. Otros gastos quedaban pendientes. Otros sin soluciones posibles.

Los únicos que me apoyaban con sonrisa segura en aquel propósito sin límites eran el propio maestro Botero y César Gaviria, quien era entonces era el Secretario General de la Organización.

Un día era de muchas horas de zozobra y fueron 6 meses de enorme trabajo donde “el no se puede” se fue convirtiendo, poco a poco, en una posibilidad. Pero, los más difíciles y duros de convencer fueron los agentes de seguridad de la Casa Blanca porque se trataba de un no rotundo y con mucha autoridad.

 

Instalación de "El guerrero"  en la Avenida Constitución

El Departamento del Interior fue abriendo camino pero las exigencias eran estrictas. Cuántas son, cuánto pesan, quién responde por el pasto, no se puede tocar una hoja de un árbol. Además, se necesita el depósito de un costoso “seguro de responsabilidad” por si algo sucede, si se resbala un transeúnte frente a una escultura, por si se cae un niño tocándola o se desmaya por diabetes un anciano frente a ellas. Y todo era posible. Para instalar las esculturas y evitar los árboles la grúa tenía que tener un largo brazo que sobrepasara los árboles. Con el Departamento Tránsito se pudo cerrar un carril de la avenida desde seis de la mañana a cinco de la tarde por la oscuridad del parque. No había seguridad y no se podía trabajar durante las noches.

El Servicio Secreto y el FBI tenían la reserva de que una persona se podía esconder detrás de una escultura y atentar en contra de la Casa Blanca. La solución onerosa fue que cuatro guardias privados estuvieran las 24 horas del día, a cargo de la seguridad de la Casa Blanca. No de las esculturas. Y el seguro de ellas era enorme. Pero el Botero me ayudó con ese problema y solo una escultura tuvo un pequeño percance.

 

Para traer, llevar y manipular las esculturas se necesitó de un equipo especializado en arte. Pero la OEA no permitía que los camiones se parquearan en sus alrededores. Lo que solucioné violando las órdenes porque no había más soluciones. Los enormes camiones que trajeron las esculturas monumentales salieron de Nueva York a las 5 de la tarde y llegaron a las 11: 30 de la noche. Tramé a los guardias de la organización y nadie en la OEA se dio cuenta de la feliz pernoctada.

 

Los camiones tardaron seis horas en llevar las esculturas de Nueva York a Washington

De la exposición no quedó ningún registro porque al director de comunicaciones, un argentino inflado, Botero “lo mandó al carajo” cuando quiso el hacerle una entrevista. El único registro son las fotografías de este artículo.

La exposición tuvo un éxito rotundo. Tanto que, en vez de seis semanas, se quedó tres meses. Y la gente protestó cuando las retiramos.

Las esculturas de Botero tiene esa gracia: llegan para quedarse.

 

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