Confieso que la noche del 21 de junio me sorprendió. No tanto por el resultado, ni la estrechez del margen del 1%. Me dio esperanza el tono de los dos discursos

 - Después de las urnas, una buena noticia: moderación

Durante meses escuchamos que Colombia estaba al borde del abismo. Que, si ganaba uno, la democracia desaparecería y se impondría el fascismo. Que, si triunfaba el otro, el país se convertiría en una dictadura comunista.

La campaña presidencial ha sido una de las más duras y polarizadas de nuestra historia reciente. Acusaciones recíprocas gravísimas, descalificaciones personales, amenazas, desinformación y una ansiedad colectiva alimentada día tras día desde las redes sociales por las conocidas bodegas.

Por eso, confieso que la noche del 21 de junio me sorprendió.

No tanto por el resultado. Tampoco por la estrechez del margen, apenas del 1%. Me dio esperanza el tono de los dos discursos. Quizás esa diferencia mínima obliga al reconocimiento del adversario: es posible que si el margen hubiera sido de cinco puntos, como la vaticinaban algunas encuestas, el triunfalismo hubiera campeado…

Las dos intervenciones conservaron rasgos propios de la campaña y, obviamente, tanto Cepeda como De la Espriella enviaron mensajes firmes a sus respectivas bases políticas. Sin embargo, comparados con el ambiente que el país vivió durante meses, resultaron bastante más serenos de lo que muchos esperábamos.

Iván Cepeda reconoció el resultado preliminar del preconteo, aunque anunció la impugnación de miles de mesas y dejó claro que esperará el escrutinio oficial antes de aceptar el resultado definitivo. Esa decisión podrá ser discutida políticamente, pero fue planteada dentro de los mecanismos previstos por la ley. Al mismo tiempo, insistió en la necesidad de un diálogo nacional y de buscar acuerdos frente a los grandes problemas del país.

Abelardo de la Espriella, por su parte, hizo algo que, francamente, no se esperaba: habló también a quienes no votaron por él. Dijo que gobernará para todos los colombianos, prometió respetar las libertades de sus opositores y afirmó que buscará ganarse su confianza con resultados y no con promesas. En la parte final del discurso, a mi modo de ver de manera innecesaria, endureció el tono frente al gobierno saliente y frente a Cepeda. No obstante, el mensaje central fue su compromiso de gobernar dentro de la Constitución y del marco institucional. Dado el lenguaje que utilizó durante meses para referirse a sus adversarios, me pareció un giro sorprendente.

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En una elección decidida por un margen tan estrecho, el peor escenario habría sido que alguno de los dos llamara a desconocer de inmediato el resultado, invitara a la confrontación o insinuara salidas por fuera de las reglas democráticas. No ocurrió. Ambos mantuvieron sus diferencias, pero las expresaron, al menos en esa noche decisiva del 21 de junio, dentro del lenguaje de la democracia y de la legalidad.

Es obvio que los discursos no eliminan los riesgos que enfrenta Colombia. La polarización no desapareció el domingo. Tampoco las profundas diferencias sobre el rumbo económico, la seguridad, la salud o la política social. Colombia es una sociedad partida en dos mitades prácticamente iguales en magnitud.

Quizás por ello conviene reconocer las señales positivas cuando aparecen. En sociedades polarizadas solemos volvernos expertos en detectar los motivos de alarma y sorprendentemente torpes para reconocer los gestos de moderación. Si solo vemos amenazas, terminamos alimentando el mismo clima de confrontación que decimos rechazar.

Lo más difícil para el candidato ganador será gobernar.

El presidente electo tendrá que demostrar con hechos que gobernará también para quienes votaron por Iván Cepeda. La oposición tendrá que ejercer un control firme, pero responsable, aceptando la legitimidad del nuevo gobierno mientras este actúe dentro de la Constitución. Y los ciudadanos tendremos que resistir la tentación de seguir tratando al vecino como enemigo simplemente porque votó distinto. Todos conocemos parientes, amigos y personas cercanas que votaron en toldas distintas y que son personas de fiar.

Ojalá el tono de los discursos de la noche electoral no haya sido apenas un paréntesis de prudencia, sino el comienzo de una conversación política menos estridente y más consciente de que casi trece millones de colombianos quedaron a cada lado de la línea divisoria.

Ayer hubo democracia. Participación electoral sin precedentes. De nuevo, encuestas “pifiadas”. Momentum, quizás tardío, de Cepeda, que aumentó en tres millones de votos entre primera y segunda vueltas. Y triunfo de un nuevo actor, sin deudas políticas ni económicas que tendrá que demostrar que lo dicho en su discurso del 21 de junio será una realidad: gobernar para todos.

Del mismo autor; Hace mucha falta Mockus

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Por Rafael Orduz Medina

Bogotano, economista de la Universidad de los Andes y doctor en economía (Alemania). Ha trabajado en petroquímica y metalmecánica, ha sido director del ICBF, viceministro de Educación, senador por Visionarios, presidente ETB.