La escritora Eliana Brum, brasilera, registró en su último artículo de El País del pasado 17 de junio una escena de la campaña electoral que se repite en Colombia y en muchos de los países que han virado de manera sorpresiva hacia la extrema derecha. Dos mujeres pobres almuerzan un corrientazo en el restaurante de un mercado popular de Rio. Ven de reojo un partido del mundial. Una le dice a la otra con brillo en sus ojos: “Se imagina que Flavio (Bolsonaro) gana y también ganamos el mundial?”
Brum se pregunta, al igual que muchos colombianos, cómo se explica que una parte de la población más pobre de su país prefiera votar por “las fuerzas responsables de perpetuar la desigualdad”. Lula sacó de la pobreza a millones de personas haciendo más igualitaria su sociedad, pero sin embargo la mitad de la ciudadanía prefiere elegir a quienes les hará difícil -si no imposible- mantener el nivel de vida que han logrado.
La respuesta de Brum como la de Anton Jäger (Hyperpolitics) y otros intelectuales que se han preocupado por explicar el fenómeno del extremoderechismo que se apropia del poder y reduce las democracias a regímenes autoritarios al servicios de las élites, tienen varios componentes. Uno es el desmantelamiento de las jerarquías y de muchas instituciones sociales a través de las cuales se lograba la cohesión social. La Iglesia católica, los partidos, los sindicatos, el ejército, las ligas, las asociaciones, están desapareciendo en los grandes centros urbanos con su poder de liderazgo y de cohesionar a las gentes alrededor de propósitos específicos.
En general las organizaciones de base que constituían la sociedad civil eran un mecanismo para convocar y canalizar las aspiraciones de los individuos. Ahora la cohesión se da a través de las redes en convocatorias de carismáticos influenciadores o de simples demagogos virtuales que crean corrientes tan efectivas como fugaces. Movilizan a millares de personas en el Black lives matter ante un crimen de la policía,igual que para asaltar el capitolio norteamericano alegando un fraude electoral inexistente. Las dos movilizaciones desparecen casi tan rápido como se formaron.
El individuo contemporáneo común de hoy es hedonista, le interesa su placer y bienestar, no el colectivo. Prefiere soñar con ser rico como Musk, tener un avión privado y viajar por el mundo de concierto en concierto, antes que pensar en un buen trabajo, techo, educación o salud. Estas batallas eran cosas del Siglo XX. La caída del muro de Berlín con el triunfo del neocapitalismo que convirtió los sueños colectivos en poder de compra tiene una gran responsabilidad. Todo lo que se desea se puede comprar y al comprar lo que se desea se adquiere la felicidad.
Las redes fueron claves en esa transformación. Ya no tiene nada que ver con las que canalizaron la primavera árabe cuando funcionaban con un buen grado de libertad. Ahora las controla un puñado de multimillonarios iluminados que impiden toda regulación estatal y para poner ese desarrollo tecnológico para beneficio público. Las controlan para garantizar sus enormes utilidades y el descomunal poder que se deriva de ser parte del oligopolio que las posee.
Los dueños de las redes filtran la información que circula de acuerdo con su juicio y moral, la reorientan, ayudando a producir un individuo aislado, ensimismado, solitario, ignorante, que cree que al estar “conectado” forma parte de una sociedad mucho más importante de la que existe en el mundo real de tierra, agua, aire y fuego. Se han formado seres que desconocen por igual su historia que su presente.
Su nivel de atención y de interés sobre cualquier tema se limita al tiempo que tarda en aparecer un nuevo ruido en las redes que le produzca gratificación inmediata. La trivialidad los controla. Ese individuo puede representar hasta medio país urbano, le importa un pepino la política o las elecciones. Votar es un ejercicio banal y vulgar que si lo usa es porque responde a un impulso de último minuto. Porque al votar por una motosierra o un tigre está participando en la guerra para eliminar a un enemigo que le han creado. No votan contra un programa de redención social o por la profundización del capitalismo.
Al votar por una motosierra o un tigre está participando en la guerra para eliminar a un enemigo que le han creado
El enemigo que se inventan las élites de la extrema derecha es el gatillo, sostiene Braum. Y agrega que las iglesias evangélicas que han avanzado en toda América Latina de una manera descomunal juegan un papel clave para “preparar las mentes” de los ciudadanos para la batalla contra el mal. La “adhesión a la política (es) a través de la fe y no de los hechos” lo que hace la ecuación más compleja. El enemigo y la manera de movilizarse para combatirlo se consolida en propaganda que circulan en las redes. Crean una movilización de zombis, cuerpos sin entidad, que marchan a las urnas y definen el resultado convencidos que derrotan al comunismo, al socialismo o a cualquier otro fantasma.
En ese panorama desolador las élites económicas reinan, concentran todos los poderes. Ganan las elecciones y desde el ejecutivo someten a las demás instituciones sin respetar normas ni principios democráticos. Sus utilidades se disparan porque el esfuerzo del estado se concentra en lograr que sus intereses se desplieguen a máxima potencia. Sin contrapeso social ni institucional, las políticas sociales desaparecen o se minimizan. Mientras los hipnocratas puedan comprar lo básico y vivir como hipnocratas frente a sus pantallitas minúsculas desde las que creen que están conectados con la sociedad, las élites de la extrema derecha nos gobernarán.
Y como la riqueza no alcanza para que todos vivan medianamente bien, el desajuste social se mantendrá. Y como las bandas criminales, los cultivos ilícitos, el narcotráfico, la extorsión, la migración ilegal, la minería ilegal, el tráfico humano -nuestras pandillas- y la inseguridad urbana seguirán su ritmo, las élites aplicarán una solución: construir cárceles tan grandes tan grandes que quepan todos estos indeseables. Es una solución más barata que la inversión social.
Del mismo autor: Los fantasmas de la democracia
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