Concretar lo que soñamos depende de qué tan aterrizados son nuestros propósitos y qué tanto logramos afianzarlos y lograrlos con voluntad, decisión y disciplina

 - Cuidar los deseos

Son días en los cuales se hacen balances y se formulan deseos y propósitos para el año venidero; esta circunstancia tan habitual es parte de la presión social que ejercen paralelamente dos rituales: el de la Navidad, con el relato y la fiesta de la buena nueva, del nacimiento de un niño en el pesebre humilde y el de cambio de calendario, que remite a la transformación del tiempo y del espíritu del futuro en lo individual y colectivo. Ambos eventos gozan de celebraciones, de encuentros, de discernimientos proyectivos y comportamentales, que en ciertos nucleos sociales son más marcados y en otros más discretos.

Con la secularización de la vida moderna estas dinámicas rituales que instalan formas de estar en el mundo se han matizado y transfigurado a instancias del hiperconsumo que nos acecha, de las narrativas de la industria del espectáculo, pero también de los términos contractuales del Estado y las empresas que se rodean con el lenguaje de las metas, los proyectos, los contratos, los rendimientos, los resultados; asuntos todos ligados a la vida productiva y laboral de esta época. Las transiciones históricas de tiempo y natividad, se han sostenido transformándose en un gran mercado en el cual se compran obsequios para simbolizar las emociones y afectos compartidos; sin embargo, la fuerza reflexiva de esas empatías con caja registradora es poco consistente, y aun así, sigue pasando que a fin de año, de diferentes maneras, persistimos en encontrarnos, en hacer balances y sobre todo en tirar de la cuerda gaseosa de los deseos; ¿Qué tanta eficacia simbólica y funcional tienen esas imágenes que solemos proyectar al cierre de los calendarios?

Antes de responder la pregunta por la eficacia, razonemos respecto a su importancia: se trata de valorar la vida personal y colectiva, de sopesar relaciones, vínculos, caminos, realizaciones, valores compartidos, pero también de buscar el encuentro, el arraigo y de visualizar imágenes de futuro que predisponen los ánimos y los sentidos de las personas y los grupos humanos para abordar los días que vendrán. En esa experiencia se tensionan nuestras percepciones para explorar lo que queremos vivir y hacer, especialmente para proyectar cómo podríamos comportarnos para hacer que las cosas buenas nos pasen; hacemos de los incidentes de fin de año, cuando el activismo turismero y la compra ociosa lo permiten, un ritual cruzado, diverso, que se acoge familiarmente en el mundo y que se concentra en proyectar la continuidad de la vida con relatos de lo deseable y con compromisos con ese rodar cotidiano de la existencia.   


Los deseos y las metas más convencionales como bajar o subir de peso, cambiar de lugar de residencia, adquirir un bien, requieren juicio sensato, valoración de condiciones y sentido práctico de los alcances


Respecto a la relación entre los deseos y sus concreciones, es bueno recordar que todo depende de los balances de la vida que logremos sostener, de las condiciones de posibilidad de lo que soñamos; es decir, de qué tan aterrizados son nuestros propósitos y de qué tanto logramos afianzarlos y lograrlos con la voluntad, la decisión y la disciplina práctica en el hacer de cada momento y experiencia. En ese mismo sentido, sucede también que los deseos y las metas más convencionales, por ejemplo bajar o subir de peso, cambiar de lugar de residencia, adquirir un bien, iniciar o terminar estudios, cambiar de trabajo, iniciar, transformar o terminar una relación afectiva, iniciar algún emprendimiento y cualquier otra gesta humana que se considere, son asuntos que requieren juicio sensato, valoración de condiciones y sobre todo sentido práctico de los alcances y consecuencias: es decir, se necesita soñar, pero pensando con los cinco sentidos, con el cuerpo y la humanidad toda en postura reflexiva, con los pies en la tierra y la mirada en el horizonte que circunda.

Recordando al querido Estanislao Zuleta, lo problemático en estas circunstancias, no es tanto que no alcancemos lo que deseamos, como el carácter y el sentido de posibilidad de nuestros propios deseos. Deseamos mal dice Zuleta; quizás eso pasa porque no nos detenemos a pensar con nuestros entornos familiares y vecinales, con nuestros deudos y cercanos, las imágenes de vida deseable y los esfuerzos que corresponden para acercarnos a ellas. En ese sentido, va el saludo fraterno para los asiduos de esta columna y la invitación para que, en estos días de ritual de nacimientos y cambios de tiempo, dejemos espacio a la meditación y al encadenamiento de los sueños con las realidades en las que fluimos, en vínculo con otras supervivencias y destinos…

Feliz Navidad, Colombia.

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Por Jesús Darío González Bolaños

Es caleño, investigador social, Doctor en Antropología de la Universidad del Cauca, Maestro en Filosofía, con estudios de especialización en Comunicación y Cultura, y en Pensamiento Político Contemporáneo, Trabajador Social de la Universidad del Valle. En el sector público ha ejercido como coordinador de cultura de los DDHH de la Defensoría Regional del Pueblo en el Valle del Cauca, asesor de Participación Ciudadana, director del Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente - DAGMA, secretario de Gobierno, gerente encargado de EMCALI y secretario de Bienestar Social en la Alcaldía de Cali.