Cuento: La llegada del mosco

A propósito del aumento de casos de paludismo en el país, un relato sobre un mosco que hizo que el miedo se apoderara de todos. Pero no era el mosco que creían

Por: Silvio Avendaño
octubre 19, 2022
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Cuento: La llegada del mosco

Y de pronto, quienes escuchaban la disertación se levantaron y abandonaron el recinto, a la voz: -¡El mosco! ¡El mosco!

Los conferencistas desconcertados miraron el espacio y no vieron ningún insecto, tampoco una nube de moscos. El temor se apoderó de ellos porque se encontraban ante el peligro de la picadura infecciosa del mosco anopheles, causante del paludismo. La sala de conferencias quedó vacía.

Partieron el día anterior los profesores, desde la capital del departamento, hacia el centro formador de maestros. El ómnibus emprendió la vía larga, no por la distancia sino por la dificultad de la carretera por los derrumbes, los baches, las inundaciones. -Un viaje muy largo para esto- dijo uno de los docentes en el desconcierto de encontrarse sin auditorio vacío.

El día anterior el colectivo avanzó en línea recta, si puede llamarse así, la cinta asfáltica de la carretera Panamericana, que bordeaba la ciudad. Veloz avanzó hasta que la vía se hizo angosta y polvorienta. El automotor atravesó un pueblo de calles solitarias, unos burros pastando en el parque, junto a una iglesia de puertas carradas. No hubo paradas ni complicaciones, atrás quedaron las casuchas y se inició el ascenso por una vía, cercana a las quebradas de agua cristalina que bajaban de las montañas cercanas.

Los pasajeros sacaron los sacos de lana, las ruanas, los abrigos, pues el frío se hizo presente. La cuesta se tornó pronunciada y la vegetación comenzó a cambiar del verde fresco hacia el verde oscuro. Quedaba atrás el aire tibio de las tierras cultivadas de café, el frío obligaba a cerrar las ventanas. Los cultivos de papa, maíz y hortalizas cuajaban en el rosario de montañas.

Un poco más allá pudieron ver una danta que atravesaba la vía. La vegetación se oscurecía a medida que se ascendía. Más la cuesta se hizo empinada hasta llegar al páramo donde crecían pajonales o pastizales, frailejones, arbustales o matorrales, chuscales, chitales, púyales y turberas.

El peligro amenazaba porque el talud se deslizaba por el lomo de la cordillera. Paradas y complicaciones. El agua de la lluvia descendía veloz, mientras el vehículo por un sendero estrecho disminuía la velocidad; la niebla ocultaba el camino. Y luego los musgos, los líquenes ante un cielo de azul y bruma. Y vino una parada en un despoblado. Descendieron del vehículo para tomar aguadepanela, almojábana, queso o bien una trucha ahumada. Y, luego el declive zigzagueante de la vía hasta que el color de la vegetación se hizo más intenso. El páramo y el frio quedó atrás y el aire volvió a ser cálido al llegar al lugar de los hipogeos.

No se detuvo en el poblado la buseta, pero a la salida hubo una parada inesperada. Militares con la cara pintada, en trajes hojarasca, armados hasta los dientes, detuvieron el vehículo y se subieron al vehículo, a pesar de la prohibición de utilizar el transporte civil. El conductor protestó, también los pasajeros. Más el teniente que dirigía el grupo, ni miró a quiñes se manifestaban y, ordenó que continuara el viaje. La amenaza se hizo presente pues se temía que en cualquier momento el ómnibus podía ser objeto de un ataque por algún grupo armado. Los pasajeros permanecían en silencio mientras un oficial hablaba por un micrófono del equipo de radio. Pero el temor desapareció cuando el bus se detuvo, los militares descendieron y echaron a caminar por una cañada.

Caminaron hacia el parque central del pueblo, los conferencistas frustrados porque se quedaron sin oyentes. Recordaron la travesía por el páramo, el temor de viajar con un escuadrón antiguerrillero. Pero en el cruce de caminos se detuvo el automotor. Los pasajeros descendieron se acercaron a la venta y a la orilla del rió que descendía veloz, dada la inclinación de la cordillera desde el nevado. Entonces, al reiniciar el viaje el último ascenso, paralelo al ruido del río, hasta llegar al pueblo donde se hallaba la Normal, lugar del seminario pedagógico para iniciar con los maestros… Más los asistentes abandonaron el salón de acto, del instituto educativo.

El viaje aleja del universo cotidiano, del mundo de la universidad en el cual eran docentes. La existencia, los deberes, los intereses, las preocupaciones, las esperanzas y los desencuentros de la academia quedaban atrás. El recorrido traía el olvido, pues el aire de la lejanía, la travesía por la cordillera, por el laberinto de montañas hasta llegar a la Normal, los dejaban desconcertados, mucho más cuando había quedado desierto el salón de conferencias, con las palabras a flor de labios, sin oyentes…

Entonces, cuando los profesores visitantes llegaron a una de las esquinas de la plaza vieron el “mosco”, una aeronave con una gran hélice en su parte superior y otras más pequeña en la cola. Y hombres y mujeres en fila, acercándose a un anillo de policías armados, mientras los cajeros del banco agrario entregaban la mosca, dado que era imposible el transporte terrestre del dinero en los carros de seguridad pues se les asaltaba; tampoco se podía depositar la mosca en el banco, dado que, en menos que canta un gallo, la bóveda de seguridad era dinamitada.

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