Tenía 47 años y varias existencias que confluían en una misma identidad. Ya había sido periodista en tierras propias y remotas, diplomático en la desconocida Ghana y en las apetecidas Lisboa y París, novelista y —por su personalidad, talante y abolengo— testigo privilegiado de tres momentos decisivos para América Latina: el triunfo de la Revolución Cubana, el nacimiento y consolidación del boom latinoamericano y las tensiones políticas de la Guerra Fría, que atravesaron el continente entre dictaduras, exilios y revueltas.

Aún no felicitaba a Gabo y Vargas Llosa —algunos de los nombres más queridos de su agenda telefónica— por hacer recibido el Nobel, pero ya lo había hecho con Neruda, en 1971, en una memorable llamada de la que se enorgullecía con esa personalidad envolvente y protagónica que fue motivo de admiración, rechazo e ironía en los círculos artísticos.
—Si Plinio hubiera sido Juan Ramón Jiménez, habría escrito “Yo y Platero”— dijo en su presencia el poeta Juan Manuel Roca en una trepidante tertulia en la que coincidieron.
La broma, que describía su presencia e intelecto con agudeza, sigue repitiéndose entre colegas escritores, solo que adaptada a quien sea el personaje ironizado de turno: si Fulano fuera Juan Ramón Jiménez…
Crónica de un desencanto anunciado
Además de llamar a Neruda para felicitarlo por un premio que engalanó a la izquierda continental, Mendoza también se había dado el lujo y el honor de embriagarse de virtud, vino y poesía —como sugirió Baudelaire, uno de los tantos poetas que amaron él y sus amigos del boom— en compañía de célebres artistas, intelectuales y políticos definitivos en el trasegar de América Latina durante el último cuarto del siglo pasado.
Ernesto El Che Guevara, Salvador Allende y Juan Domingo Perón habían pasado por su amena compañía y su sagaz pluma. También Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias y sus geniales sucesores del boom latinoamericano.
Corría 1979. La década de los 50 y el sueño de la revolución de izquierda se habían esfumado veinte años atrás. Años de fuga, su primera novela, ganó el I Premio de novela colombiana Plaza & Janés. En sus 366 páginas, no hablaba de mundos fantásticos ni imponía una historia imaginaria: era el balance íntimo de una generación que había confundido utopía con realidad.

Otro poco, un relato autobiográfico en el que Plinio Apuleyo Mendoza confesaba su desencanto de la Revolución cubana y de las banderas de la izquierda y anunciaba —acaso sin saberlo— su giro, radical y paulatino al mismo tiempo, al otro extremo.
Ese fue un momento de inflexión literaria y vital que despediría definitivamente al joven defensor de la Revolución cubana y sus ideas libertarias y saludaría al hombre que habría de ser señalado de ultraderechista en las próximas décadas. De mamerto a facho con un punto de partida: Años de fuga.
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Una familia liberal e intelectual
Mendoza nació en Tunja el 13 de septiembre de 1932. En su casa, la palabra era sagrada. Los temas, interminables. Creció en una familia donde la política y las letras hacían parte de la conversación cotidiana. Allí, los libros eran el pan de cada día.
El 9 de abril de 1948, su padre, Plinio Mendoza Neira salía del brazo de Jorge Eliécer Gaitán de la oficina para ir a almorzar cuando Juan Roa Sierra le disparó. Fue testigo cercano del magnicidio: ayudó a subir al líder liberal al taxi que lo condujo a la Clínica Central y dedicó el resto de su vida a investigar el crimen y a defender la memoria de su amigo, una experiencia que marcaría profundamente la obra y los recuerdos de su hijo.

A comienzos de los años cincuenta, con esa llama en el corazón y la cabeza plena de libre pensamiento, Plinio viajó a París. En la Ciudad Luz coincidían artistas, exiliados y jóvenes latinoamericanos convencidos de que el futuro pertenecía a las revoluciones y anhelantes de bohemia.
Mendoza bullía de entusiasmo. La caída de la dictadura de Fulgencio Batista y el triunfo revolucionario de un puñado de valientes a cargo de Fidel Castro —en enero de 1959— sugerían que América Latina podía torcer su destino de autoritarismo, explotación extranjera y desigualdad económica.
Creyó, como tantos, con fe casi religiosa, que Cuba inauguraba una nueva época. Los años siguientes lo sumergieron en el frente de batalla. Trabajó como periodista, ejerció funciones diplomáticas y estrechó relaciones con algunos de los principales escritores del boom. De ellos, Gabo fue el más íntimo. Ellos eran los mejores amigos que he conocido, eran como hermanos, dijo Vargas Llosa.
La amistad nació en 1959, en el rumor musical y rebelde de La Habana, poco después del triunfo de la Revolución. Plinio había llegado como corresponsal de la recién creada Prensa Latina —agencia internacional de noticias fundada por el gobierno de Fidel Castro—, mientras que García Márquez trabajaba allí mismo tras haber sido invitado por los fundadores.
Por las grietas del proyecto revolucionario, que experimentó en carne propia, entraron ideas que lo hicieron tomar distancia: la ausencia de libertades, el dogmatismo ideológico y el creciente control sobre la vida intelectual fueron los primeros motivos para romper una relación que había aparentado ser de las que solo rompe la muerte.
El quiebre fue el caso Padilla. En 1971, el arresto y la autocrítica forzada por el régimen del poeta lo llevaron a distanciarse de Fidel y su revolución. Casi diez años después, cuando se sentó a escribir Años de fuga, recogería el lento proceso de separación de esas ideas.
La novela, sin duda, fue el punto de inflexión de un largo viaje, que continuaría durante las próximas décadas, de la izquierda socialista hacia el neoliberalismo. Más que un manifiesto político, es el relato de un hombre regresando sobre sus propios pasos para desentrañar el momento en que las ilusiones de un mundo feliz, gobernado por la izquierda, empezaron a resquebrajarse en su interior.
El fin de las utopías
Cuando Años de fuga apareció, en 1979, América Latina parecía debatirse entre dos épocas. Apenas diez días antes de que terminara julio, el 19 de ese mes, el Frente Sandinista había entrado victorioso en Managua y derrocado a la dictadura de Anastasio Somoza.
Para miles de jóvenes, esa fue otra prueba de que la revolución latía más fuerte. En cambio, para Plinio Apuleyo Mendoza aquellas promesas ya no despertaban el entusiasmo de veinte años atrás. La novela apareció en un continente donde convivían el fervor revolucionario y el desencanto creciente. Chile seguía bajo la dictadura de Augusto Pinochet, Argentina vivía los años más duros del Proceso de Reorganización Nacional, Uruguay y Paraguay continuaban gobernados por regímenes militares.
Colombia, entre tanto, era tensión pura. Julio César Turbay Ayala llevaba un año en la Presidencia aplicando el Estatuto de Seguridad, mientras el país asistía al crecimiento de las guerrillas y el narcotráfico. El 25 de febrero de 1979, el M-19 ejecutó el robo de más de cinco mil armas del Cantón Norte de Bogotá, una operación que estremeció al país y simbolizó el ascenso de la insurgencia urbana.
En dicho contexto fue escrita la obra. Sin embargo, para adentrarse en ella es necesario remontarse más de dos décadas. Corría 1956. Plinio Apuleyo Mendoza llegó a París gracias a una beca. La Guerra Fría dividía el mundo; Nikita Jrushchov denunciaba los crímenes de Stalin en la Unión Soviética; Francia seguía marcada por la guerra de Argelia y los cafés de Saint-Germain-des-Prés eran el escenario de los debates intelectuales europeos.
Sartre, Camus y de Beauvoir volvían a inventar la literatura francesa; en el cine irrumpía la Nouvelle Vague y en los clubes de jazz sonaban Sidney Bechet y Miles Davis, mientras una nueva generación de escritores latinoamericanos comenzaba a abrirse paso en editoriales europeas.
Plinio Apuleyo Mendoza nutrió, en ese contexto de ebullición de ideas, Años de fuga. La revolución era mucho más que una consigna política: era una promesa cultural, una forma de entender la literatura y el papel del intelectual en la sociedad. Ese universo terminaría alimentando las páginas de la novela, pero también sembraría las dudas que años después aparecerían en el relato de Ernesto, su alter ego, un hombre dividido entre los devaneos juveniles con la revolución y el desencanto pragmático de la adultez.
No fue una pieza autobiográfica ni mucho menos una oda a sí mismo. La literatura latinoamericana comenzaba a revisar críticamente las certezas que habían marcado los años sesenta. Allí aterrizó y, sin convertirse en panfleto, planteó una pregunta que atravesaría la década siguiente: ¿qué ocurre cuando las promesas de la revolución enfrentan la realidad del poder?
La cicatriz en la amistad de Plinio Apuleyo y Gabo
La muerte de Plinio Apuleyo Mendoza cierra el capítulo de uno de los últimos grandes protagonistas de una generación que transformó la literatura y el periodismo latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XX.
Tenía 94 años y dejó una obra marcada por la curiosidad, la controversia y la capacidad de revisar sus propias convicciones. El olor de la guayaba, libro de conversaciones con su amigo Gabo, es su obra más reconocida.

Fue publicada en 1982. Allí, más que entrevistar al nobel colombiano, logró que su viejo amigo reconstruyera la infancia, su método de trabajo y los secretos de una de las obras más influyentes de la literatura en castellano. Sin embargo, años después, otro libro generó lo que ni siquiera sus profundas diferencias políticas habían logrado: resquebrajar la amistad e incluir a la familia de García Márquez en la disputa.
La polémica estalló en 2013, tras la publicación de Gabo. Cartas y recuerdos. El caso perdido, perfil magistral de Plinio sobre Gabo, ya era antecedente. Además de su gran factura, está repleto de indiscreciones. Allí, por primera vez y como antesala del conflicto que habría de alejarlos definitivamente, Plinio pecó de ese delito al revelar detalles íntimos de su amigo.
—Yo pensé que nos encontrábamos para ser amigos, no para que tú salieras a revelar lo que veías y contarlo a tu manera—, dijo entonces el novelista con sarcasmo.
Más adelante, en el libro de 2013, Mendoza reconstruyó más de seis décadas de amistad e incluyó conversaciones privadas, cartas, detalles de la vida matrimonial con Mercedes Barcha y referencias al deterioro de la memoria de García Márquez en sus últimos años.
Plinio defendió que todo provenía de una amistad íntima y de correspondencia autorizada entre ambos. La familia —especialmente los hijos Rodrigo García y Gonzalo García Barcha— manifestó su malestar porque consideró que el libro cruzaba la frontera entre el testimonio y la intimidad familiar, al revelar aspectos que Gabo ya no estaba en condiciones de autorizar debido a su enfermedad.
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Aunque no hubo una demanda judicial de alto perfil, sí hubo un distanciamiento con los herederos. Plinio sostuvo públicamente que escribió el libro como un homenaje a su amigo y sin ánimo de indiscreción.
Al parecer, nunca volvieron a verse. La literatura y el periodismo, que los unieron a finales de los años 50, los separaron más de medio siglo después. Las diferencias políticas, que se recrudecieron en los años 90 cuando Plinio publicó —junto a Álvaro Vargas Llosa y Carlos Alberto Montaner—el Manual del perfecto idiota latinoamericano, feroz crítica contra Fidel Castro, otro de los grandes amigos del nobel, ni siquiera los habían incomodado.
Simplemente, siguieron como amigos de ideas literarias y periodísticas afines y de militancia política opuesta. Con el paso de los años, Mendoza habría de inclinarse cada vez más a la derecha. Incluso, al punto de ser señalado de discriminar la obra literaria de Marvel Moreno, su primera esposa, para someterla a ser su sombra y de ser caricaturizado por el más grande humorista político de la historia colombiana, Jaime Garzón.
De la utópica revolución al fascismo recalcitrante
Godofredo Cínico Caspa, personaje del programa Quac, el noticero (1995-1997), representaba un aristócrata bogotano ultraconservador, anticomunista, elitista y profundamente reaccionario. Cualquier parecido con la realidad, según los creadores, era pura coincidencia. Garzón y su equipo siempre negaron que Cínico Caspa estuviera inspirado en el escritor.
La asociación de los televidentes con Plinio surgió por varios elementos: el parecido físico —bigote, gafas, peinado y forma de vestir—, el uso del apellido ficticio "Mendoza" en la biografía satírica del personaje ("su padre, Plinio Cínico Mendoza") y las posiciones políticas que para entonces defendía el escritor en sus columnas.
Años de fuga fue, sin duda, el momento en que Mendoza anunció el viraje, que habría de prolongarse durante décadas, de la izquierda a la derecha. Después vendrían los ensayos políticos, las memorias, los libros de conversaciones y las columnas que lo convirtieron en una de las voces más influyentes —y también más controvertidas— del pensamiento colombiano del siglo XX.
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