Texto escrito por: Fernando Álvarez
Plinio Apuleyo Mendoza era más que un periodista, más que un escritor, más que un pensador. Fue principalmente un hacedor de periodistas, un convencido de que el reportaje era más importante que la crónica y que en el oficio periodístico el reportero era mucho más escaso que el narrador o el analista. Eso era lo fácil, decía. Claro, para él, como cuando el 'Pibe' Valderrama dijo al aire que el futbol era fácil. Cuando conocí a Plinio en la revista Al Día que dirigía su hermana Elvira Mendoza, le escuché por primera vez el concepto del “datero”. Le decía a Elvira casi en tono regañón, “Usted lo que necesita son dateros. Eso deje de pararle bolas a tanto cronista que aquí todos se sienten Gabos. Lo que sirve en la prensa de hoy es quién consigue los datos.
Datos, datos y más datos que esos son el sustrato para armar la historia. Lo demás es sujeto, verbo y predicado. A nadie le importa eso de que era de noche y sin embargo llovía. Todos quieren describir, pero nadie sabe escribir y para eso se necesitan datos. Palabras más palabras menos era lo que decía casi gritando. Providencialmente tuve que escucharlo al otro lado de la puerta en la vieja casona del barrio Teusaquillo, donde funcionaba Al Día, de la que era importante socio Alberto Casas Santamaría. Por cosas del destino me había devorado el cuento El Desertor y la novela Años de Fuga, en donde Plinio desarrollaba magistralmente lo que él mismo llamaba la literatura del exilio. Había terminado como admirador de su estilo literario y de su agudeza política.
Iván Camargo, un compañero de la escuela de periodismo me había contado que gracias al escritor colombiano Julio Olaciregui conoció a Plinio en París y que le impactó lo descarnado a la hora de hablar del periodismo de escritorio y de los narradores sin calle que pululaban en el oficio. Con mí compañero tratábamos de impulsar un sueño editorial llamado Nueva Prensa y cuando supimos que Plinio estaba en Colombia lo buscamos para entrevistarlo. Duramos tres casetes de una hora grabando sobre lo que pensaba del periodismo, de la izquierda, de lo que lo distanciaba políticamente de su amigo “mamerto” Gabo y de los desastres del comunismo internacional al que años atrás había seguido por “infantilismo de izquierda”, como él lo definía.
Cuando terminó la entrevista nos dijo que si queríamos trabajar con él que acababa de llegar de París a dirigir Semana. Era principios de 1982 y por esos días había un aviso en el diario El Tiempo que decía algo así como: "Estados Unidos tiene Time, Francia tiene Le Point, España tiene Cambio 16 y Colombia tiene Semana". Lo asumimos como un golpe de la suerte y el lunes siguiente estábamos en la revista en la calle 85 con carrera 11. Nos envió a cubrir las campañas porque asumió que sabíamos ser reporteros. Iván prefirió la de Belisario Betancur y una compañera que llevamos, Pilar Prieto, escogió la de Luis Carlos Galán. Por defecto me tocó la de Alfonso López Michelsen y nos fuimos de gira, cada uno con su candidato presidencial.
Al regreso llegué directamente del aeropuerto a la revista. Traía colgado un sombrero de vaquero que había llevado para la gira. A la semana siguiente Plinio le dijo a alguien llámenme a “El vaquero” y desde ese momento fue mi apodo en la revista. Pero lo anecdótico fue la forma en qué me mandó donde María Elvira Samper para cuadrar lo de mi contrato. Era la jefe de redacción. En el momento de escribir mi “informe” se me vino a la cabeza lo del “datero”. Solté una serie de datos deshilvanados, como que al expresidente López se le había pegado un chicle en el zapato y duró varios minutos quitándoselo al bajar del helicóptero. Era una lista escueta de datos y Plinio los leyó, me miró por encima de sus gafas y se quedó con mi escrito en señal de aprobación.
La narración ambientada la deje para el final, pero Plinio no llegó hasta allá. Mis dos compañeros habían hecho sus crónicas y cuando las leyó, arrugó su cuartillas y las tiró. Les dijo no quiero literatos quiero datos y los devolvió para sus casas. Me salvé por haber recordado lo que Plinio le decía en Al Día a su hermana. Ahí aprendí que lo que debía siempre era obtener información y duré casi una década en Semana buscando datos. Algunos se burlaban porque yo prefería no escribir. La verdad no sabía y me sentaba con Antonio Caballero y él escribía sobre lo que yo contaba, solo hechos. Lo mismo hacía con Laura Restrepo, con Mauricio Vargas, con María Isabel Rueda y con María Elvira, quien con su tono pedagógico se esforzaba para enseñarme a escribir.
Era grato observar a Plinio dictar catedra periodística sobra la marcha. La capacidad de encontrarle a una nota una forma distinta de presentarla. Un dato que parecía inocuo pasaba a tomar peso específico con un giro sobre el verdadero quid del asunto. Algo como que en lugar de responder al quién se buscaba resaltar el cómo y la historia tomaba un rumbo novedoso respecto de lo que hasta el momento se conocía, además de que se le daba mejor uso al dato. Plinio siempre parecía regañando, fruncía el ceño e ironizaba los errores gramaticales de tal forma que los hacía parecer de concepto, pero al final todo el mundo agradecía. Era la metáfora de la lección permanente. Era gruñón, pero siempre sorprendía por que veía lo que los demás no.
Sin dudas Plinio formó escuela periodística en Semana. Con un particular olfato periodístico conformó un equipo de periodistas izquierdistas a pesar de que él mismo ya había hecho ese transito a la derecha y seguía los pasos de Mario Vargas Llosa, Carlos Alberto Montaner y otros intelectuales que para entonces habías dado el viraje de 180 grados decepcionados con las practicas socialimperialistas de la Unión Soviética. Plinio pensaba que la visión iconoclasta de la izquierda era el perfecto caldo de cultivo para la suspicacia del reportero.
La mayoría de los que llegaron a conformar esa especie de kínder de un nuevo enfoque del periodismo, que incluía irreverencia, independencia crítica y formación intelectual sabían escribir, pero con Plinio reaprendieron a contar historias llenas de datos con un hilo conductor. Plinio se inventó que Semana era una revista para leer y no para hojear. La única sacada de filas laureanistas era María Isabel Rueda, columnista goda en El Siglo. Casi todos eran hijos de apellidos ilustres y se reconocían una vez llegaban a la sala de redacción. Myriam y yo éramos los únicos que no habíamos estudiado en los famosos colegios bogotanos ni fuimos egresados de las prestigiosas universidades. Ella tenia sus fuentes con exguerrilleros y yo aprendí que había que saber buscar datos.
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