Contra la tibieza de Alejandro Gaviria y Ricardo Silva

“Solamente en un país inconsciente puede presentarse como una postura fresca y renovadora la del que no se compromete”

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Marzo 04, 2018
Contra la tibieza de Alejandro Gaviria y Ricardo Silva

Es preocupante la nueva moda que hay entre algunos políticos y comentaristas políticos colombianos de enorgullecerse de “ser tibios”, de reivindicar no ser ni una cosa ni la otra. Solamente en un país sin educación política puede parecer inteligente y novedoso renunciar a asumir una posición clara ante la realidad. Solamente en un país inconsciente puede presentarse como una postura fresca y renovadora la del que no se compromete. Solamente en un país ligero e irreflexivo puede mostrarse como si estuviera “en el justo medio” quien no es ni frío ni caliente, quien no tiene una opinión definida.

Me estoy refiriendo y estoy citando al ministro Alejandro Gaviria y al columnista Ricardo Silva. El ministro dice, en un decálogo titulado “Yo soy tibio”, que cree que “en la raíz de muchos problemas sociales, hay dilemas colectivos irresolubles, trágicos, sobre los que nunca nos pondremos de acuerdo”. Con esto sugiere que es más prudente no asumir ninguna posición clara ante algunos problemas sociales sobre los que no hay acuerdo. Es decir, si no hay ningún acuerdo generalizado en la sociedad, por ejemplo, acerca de las causas de la pobreza y la desigualdad, Gaviria parece pensar que lo mejor es no estar de un lado ni del otro; que lo mejor no es decir “la desigualdad es producto de esto y se soluciona así”, sino “puede ser producto tanto de esto como de aquello, por lo que no es claro cómo pueda solucionarse”. Este relativismo, este escepticismo pseudopragmatista ignora que ni siquiera sobre la culpabilidad de los nazis hay un acuerdo generalizado en el mundo, lo que no nos impide asumir ante ese problema una posición definida. La suspensión del juicio ante los problemas sociales y políticos es, más que una postura filosófica respetable, una irresponsabilidad.

Por su parte, Silva dice en su última columna de El Tiempo que “reivindicar la mesura, verle el brillo al gris, era la gracia de haber terminado esa guerra eterna”. Con esta afirmación sugiere que el fin negociado del conflicto con las FARC fue el fin de las posiciones enfrentadas, el fin del desacuerdo, el fin del radicalismo. Detrás de esa afirmación está el supuesto absurdo de que la paz es producto de la renuncia a las creencias. Algo así como que las FARC no solo renunciaron a las armas sino a los postulados en que se basan sus objetivos políticos, cuando es evidente que la paz consiste, en la actual coyuntura colombiana, en que se mantengan las posiciones extremas, radicales y claras, pero que no lleven a la confrontación armada.

El peligro de lo que dicen Gaviria y Silva está en que invitan a dejar de pensar. ¿Cómo más puede uno renunciar a toda opinión definida, al juicio? ¿Cómo más, si no es renunciando a la reflexión, puede uno aceptar el lugar común de que “todo radicalismo es malo”? Los problemas radicales que tiene la realidad colombiana exigen posiciones radicales, comprometidas, serias y consistentes. Que no vengan quienes posan de “sabios liberales” (como los llamó mi amigo Andrés Caro) a decirnos que el mal está en el asumir una posición, mientras que la mesura y la prudencia están en la irresponsabilidad de no condenar la injusticia, de no condenar la agresión, de no condenar la crueldad. El mal y la estupidez también son la indiferencia y la tibieza. Que no vengan Gaviria y Silva a presentar la tibieza como una posición fresca y novedosa, pues en este país lo que hay son tibios en todos lados: en el poder, en la educación, en la prensa. Gaviria y Silva no hacen más que presentar una serie de lugares comunes, y de ideas aceptadas por los poderosos y por la opinión pública, como si fueran muy necesarias gotas de sabiduría y clarividencia. Contra los lugares comunes disfrazados hay que estar siempre en guardia.

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