Con la pandemia, la ingenuidad se apoderó del mundo

Podemos creer gratuitamente que todo será mejor en el futuro. Sin embargo, si realmente queremos ser optimistas tenemos que trabajar duro...

Por: César Arturo Castillo
mayo 07, 2020
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Con la pandemia, la ingenuidad se apoderó del mundo
Foto: Leonel Cordero

Este es un momento estupendo para recalcar que existe una diferencia entre el optimismo y la ingenuidad, ya que si no tenemos las ideas claras podemos ser víctimas de los charlatanes futurólogos. Ya algunos dicen que para salir de estas debemos confiar en la voluntad del señor porque él sabe cómo hace sus cosas, mientras que otros pseudoanalistas plantean que el mundo no volverá a ser el mismo (detrás de ellos, como de costumbre, se alinean los que solo saben hacerle coro a las grandes teorías de moda como aquella de la posmodernidad). Sin embargo, lo más probabe es que en retrosprospectiva nos ríamos de sus disertaciones.

Pues bien, siempre vemos al optimismo como una cualidad de los individuos, lo que en cierta forma tiene su lógica porque este nos alienta a seguir adelante, pues como dicen los viejos: la vida es un constante batallar. No obstante, hay que hacer una claridad: el optimista es el que ve el lado positivo de las cosas teniendo en cuenta los elementos reales del pasado y del presente, mientras el ingenuo es el que por no tener malicia, ni atenerse a las condiciones objetivas, cree en un futuro fantástico donde todo es posible y color rosa.

Mucha gente piensa que la ingenuidad se cura con la formación académica, pero se equivoca. La cantidad de profesores que creen los cuentos que les pintan los politiqueros o los expertos es enorme. Eso sucede porque la ingenuidad parece tener raíces genéticas o al menos eso es lo que insinuaba en su tiempo Maquiavelo cuando decía: “Hay tres especies de cerebros: unos entienden por sí mismos, los segundos disciernen lo que otros entienden, y los terceros no entienden ni por sí mimos ni por otros; los primeros son excelentísimos, los segundos excelentes, los terceros inútiles”.

Es una tontería descubrir que el mundo no será el mismo después de esta crisis porque siempre ha estado en continuo cambio y cada mañana será diferente. Que este período puede constituirse en un acontecimiento histórico de enorme trascendencia es posible, aunque solo el tiempo lo dirá. Muchos quisiéramos creer que después de una catástrofe la humanidad tomará consciencia y enderezará su rumbo, pero como eso no ha sido así, tampoco es fácil creer que esta vez sí lo será. Entonces, para no caer en la ingenuidad, es bueno recordar dos cosas:

Primero, que el motor de la historia ha sido la avaricia disfrazada de “necesidad”. Lo evidenciamos en los escándalos de los empresarios-políticos tramposos que firman contratos de comida para los pobres con sobrecostos y en los que en plena pandemia van por las calles arriesgando la vida de los demás, haciendo mototaxismo o vendiendo alimentos in ningún control sanitario.

Segundo, que la simpática ley de Murphy que dice: “Toda situación por mala que parezca es susceptible de empeorar”. No son ganas gratuitas de ser cínicos porque a la Gran Guerra le siguió la Segunda Guerra Mundial. Después de la matanza de los comunistas y los judíos por parte de los alemanes, siguieron el macartismo, las dictaduras pronorteamericanas y, paradójicamente, el sionismo para matar palestinos. Además, tengamos en cuenta que son los pueblos los que continúan elegido a paladines de la democracia y la paz como Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Busch, Uribe, Netanyahu, Donald Trump y Bolsonaro.

Es verdad que las oligarquías en el mundo se han resentido y están muy adoloridas por el bajonazo en el ritmo de sus ganancias, pero mientras los ingenuos creen que mañana se volverán socio-caritativas y ecologistas por la gracia de Dios, ellas saben cómo ser optimistas y se preparan para que todo siga igual en el menor tiempo posible. En Colombia, por ejemplo, después y a pesar de la crisis de Hidroituango, los mercaderes de la energía han seguido regando de luminarias campos y ciudades, gracias a los políticos que les ayudan con sus megaproyectos.

Además, con la ayuda de Duque nos vuelven a meter en la cabeza la idea retomar la loca carrera hacia el crecimiento económico (inequitativo) para el 2021, sin olvidar que las petroleras preparan el fracking, Avianca se alista para poner por las nubes el precio de los tiquetes, los banqueros se disponen a recibir jugosas ganancias, etc. Podemos creer gratuitamente que el mundo será mejor en el futuro próximo, ya que la ingenuidad forma parte de los derechos inalienables de las personas, pero si queremos ser optimistas tenemos que trabajar duro porque del cielo solo nos llega la lluvia… y eso cuando quiere.

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