Opinión

Cómo juzgar a un ambientalista

El cambio por el que abogamos es sistémico, y nosotros hacemos parte del sistema. No nos podemos desconectar del mudo así como así

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agosto 22, 2015
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Hay muchos argumentos que en vez de alimentar un debate, contribuir al crecimiento moral, hacer interesante una discusión, o solucionar un problema, lo que hacen es matar toda posibilidad de seguir adelante. No se equivoquen: estos argumentos no son “argumentos ganadores”, es decir, quien los dice no “ganó” el debate, sino que lo mató. Y matar no es lo mismo que ganar.

En discusiones acerca del cuidado del medio ambiente (que es mi especialidad y uno de mis temas de discusión favoritos), surgen siempre este tipos de argumentos. En especial, hay uno que es el más asesino de todos: ¿de qué hablan los ambientalistas, si no podrían vivir sin todo lo que la tecnología moderna le ha brindado a la humanidad (y la destrucción ambiental que esta trae consigo)?

Empecemos por dejar algo claro: lo correcto es correcto, aunque nadie lo haga; lo incorrecto es incorrecto, aunque todo el mundo lo haga, como dijo Agustín de Hipona. Estos argumentos, que normalmente son ataques personales, son un ejemplo de la falacia ad hominem, es decir, la evasión del tema de debate al dirigir un ataque al oponente (p.ej. “apuesto a que viniste aquí en los carros o aviones que tanto criticás” o “seguro tenés un iPhone en el bolsillo”), o muchas veces, de la falacia ergo decedo, o el hecho de que la simple afiliación del crítico sea considerada la causa principal de la crítica que propone (p.ej. “si no te gusta cómo se hacen las cosas en Colombia, por qué no te devolvés para Europa?”).

Aquí el tema es otro: muchas personas simplemente se sienten culpables y buscan mecanismos que les permitan justificar sus actos y permanecer en su burbuja de bienestar, lo que Héctor Abad llama “disonancia cognitiva”. A ver, que yo entiendo que es molesto que alguien predique una cosa y haga otra completamente opuesta. Pero eso no es el centro de la discusión; encontrar incongruencias u omisiones en los demás, no falsifica la validez del argumento principal.

El ser humano es un animal social. Esto quiere decir que depende del resto para vivir, gústele a quien le guste. Es injusto entonces pretender que quienes consideramos que la economía extractiva, el abuso de los animales, la deforestación, la esclavización de los más débiles, el crecimiento desmedido de las ciudades, la generación descontrolada de basura, el consumismo desmedido, la obsolescencia programada, etc., simplemente nos vamos a desconectar del mundo así como así. El cambio por el que abogamos es sistémico, y nosotros hacemos parte del sistema. No podemos hacer nada si el computador que usamos para escribir columnas como esta no se puede reparar cuando deje de funcionar, o si la “panela” que usábamos de teléfono ya no es compatible con las nuevas tecnologías que sólo aceptan aparaticos más inteligentes que sus dueños, o si la ciudad en la que vivimos crece y crece y no tenemos por dónde andar en nuestras bicicletas, o peor aún, a pie. Nada podemos hacer si nuestros ingresos no nos dan para pagar alimentos orgánicos, que por culpa de los subsidios a los combustibles fósiles, a la agricultura industrial y al despilfarro de comida resultan inasequibles para muchos.

Entonces hay dos posibilidades: o su amigo ambientalista simplemente dice las cosas de dientes para afuera, o es un sincero ambientalista que simplemente está atrapado en un sistema sin posibilidad de salirse de él por sí solo. Y yo aquí propongo un método sencillo para descubrir de cuál tipo se trata: más importante que cómo vive, es ¿estaría dispuesto a seguir las normas, leyes o comportamientos que profesa, en caso de que se vuelvan una ley o norma social? ¿Estaría dispuesta a mojarse bajo la lluvia caminando o en bicicleta al ir al trabajo? ¿Estaría dispuesto a hacer fila para entrar al metro o a compartir un bus con otros cuantos cientos de personas? ¿Estaría dispuesta a sacrificar su viaje en avión a Europa o Asia, o a remplazarlo por uno en velero? ¿Estaría dispuesto a usar mucha menos energía de la que usa hoy en día? ¿Estaría dispuesta a restringir el uso del auto privado y devolverle el espacio perdido a la movilidad no motorizada? Si la respuesta es no, pues es del primer tipo. Si es sí, es del segundo. Al segundo, el “mata-argumentos” por supuesto le dirá que no cree, que eso es porque es una situación hipotética, que vive en un mundo de ilusión, que ya verá cuando los “abraza-árboles” se tomen el poder cómo se volverá de imposible la vida. ¡Pues claro que es una situación hipotética! ¿Quién puede saber el futuro con certeza? “Los juicios morales deben resistir cualquier situación, real o hipotética, idéntica en sus propiedades universales a la situación en la que se está emitiendo el juicio”, decía el filósofo Richard M. Hare.

De la misma manera se debe medir a los tecno-optimistas y a los desenfrenados “amigos” del mercado libre: ¿serían capaces de vivir sin carreteras públicas, sin puertos y aeropuertos públicos, sin policía, sin bomberos, sin subsidios a la gasolina y a los cereales? ¿Sin árboles, sin montañas, sin aire limpio, sin animales?

Aquí sugiero yo una herramienta argumentativa que beneficia a ambas partes de un debate. Mark Twain, sugiere algo que es tal vez más útil y le ahorrará más tiempo: “Nunca discuta con gente estúpida, lo rebajarán a su nivel y ahí lo derrotarán con su experiencia”.

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