Colombia: entre la vergüenza y el olvido

"La memoria del país está gastada por la omnipresencia de la ignominia. Y ese es el triunfo de las maquinarias del odio"

Por: Arturo Hernández González
agosto 20, 2019
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Colombia: entre la vergüenza y el olvido
Foto: Leonel Cordero

Hace tan solo unos días se recordaban en el país, los asesinatos de Jaime Garzón y de Luis Carlos Galán. Crímenes en los que sobrevive aún el germen de la duda, no ya sobre la transparencia de la justicia sino sobre la justicia misma. La verdad permanece aún sin testigos en cárceles de la memoria. Resulta horrible pero cierto pensar que Colombia tiene tanto que recordar, que en realidad no recuerda nada.

Aquí sufrimos de “embriaguez de fatalidad”, como llamó George Benn a estar cómodos con nuestras cadenas; a gusto con nuestro pequeño malestar cotidiano. Pero ésta embriaguez va mucho más allá. Tal como el borracho que —desinhibido—, suprime los mínimos de su vergüenza, Colombia ha olvidado avergonzarse de sus delitos y de sus víctimas. "¿Por qué avergonzarse?", se preguntarán algunos. Pues porque como le escribió Marx a Arnold Ruge en 1843. “la vergüenza es una especie de cólera (…) vuelta hacia ella misma. Y si una nación entera tuviese vergüenza de sí misma, sería como el león que se repliega antes de saltar”. Es decir: reflexionaría antes de apretar —de nuevo—, el gatillo.

En un artículo del pasado mayo de El Espectador, puede leerse que entre “enero de 2016 y mayo de 2019 han sido asesinados 702 líderes sociales” en todo el país. Colombia sigue entonces apretando el gatillo. Esta maquinaria que primero mata y recuerda después, tiene sus cimientos en discursos que despiertan sentimientos elementales. En fraseologías en las que, sin ninguna vergüenza, todas las posibilidades de existencia se ven resumidas en una guerra sin fin, en la que la historia es una sólo sangre adolorida y en la que el perdón o —más exactamente—, la vergüenza tienen el rostro de los torturados.

Porque las víctimas torturadas a causa de estos sentimientos de venganza —tan elementales y sórdidos— son precisamente quienes han sentido vergüenza de la Colombia que ignora cientos de masacres; que no dice nada ante la apropiación corrupta de recursos del Estado; que se niega a evitar que sus niños mueran de hambre o sean sometidos a la prostitución y a la tortura; que niega la ejecución extrajudicial de miles de jóvenes y que ríe ante los tristes espectáculos y las “jugaditas” antidemocráticas de altos funcionarios del gobierno.

Paradójicamente, Colombia aprieta el gatillo y adquiere por ende más víctimas que recordar, pero lo hace tantas veces que ya no las recuerda. O lo que es lo mismo, las olvida cuando más necesario resulta. La memoria del país está gastada por la omnipresencia de la ignominia. Y ese es el triunfo de las maquinarias del odio. La cadena más pesada de nuestra conciencia nacional no es el olvido, sino una pesada carga: la del recuerdo que constantemente crece pero sin encontrar justicia. Y es de esto que se alimentan los discursos que perfilan las intencionalidades del odio, de todas las víctimas que nos duelen y que por desgracia, hace ya mucho tiempo nos sobrepasan.

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