Atlético Huila: un pez chico en la boca de Casales

Es víctima de la desidia y de las sospechosas intenciones de una clase dirigente que le apostó a la refacción de un estadio que acusa el olor atosigante a corrupción

Por: Alexis Díaz
Agosto 04, 2017
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Atlético Huila: un pez chico en la boca de Casales
Foto: OPA NOTICIAS

Verter ríos de tinta para loar las grandes contrataciones de un Junior que con Teo y Chará se ha convertido en el equipo de moda en Colombia es tarea fácil y de confortable análisis. O de un Nacional que a pesar de sufrir la presencia en el banco del “descreído” y “malquerido” Lillo, difícilmente deja de ocupar los principales titulares de los medios hablados y escritos en Colombia. O de un Santa fe sin visos de espectacularidad, pero con predicamentos tan pragmáticos como productivos dentro de la cancha. Incluso de un Millonarios incierto, engañoso y tartamudo en el terreno de juego. En derredor de ellos el periodismo siempre quemará sus reservas de incienso. La razón por la que siempre han de acaparar la atención y la grandilocuente generocidad de los pontífices del comentario es tan sencilla que hasta tiene un vaho a perogrullada: son equipos grandes. O dicho para el caso que nos convoca: son peces grandes.

La rigurosidad periodística para muchos la dicta la prosapia de que esté revestido el equipo de turno, como si el ejercicio del periodismo tuviera gabelas o esguinces para desdecir de un hecho. Termina uno creyendo que el concepto es revalidado ante el mejor postor y convertido en futilidad cuando el objeto de la mira periodística no posee credenciales aristocráticas.

Los equipos chicos del fútbol profesional en Colombia están lejos de inspirar un interés legítimo, más allá del displicente dato estadístico o la sorna con que se les analiza.

Hace pocos días escuché a Antonio Casales y al coro de comodines que lo rodean en su programa “En la Jugada ” decir que al Atlético Huila no le corría ningún afán de jugar en un horario diferente al de las tres de la tarde en Neiva, sugiriendo que el caluroso entorno —en detrimento de los equipos visitantes— le resultaba acogedor y en extremo cómodo al elenco opita. Estoy seguro hasta el hartazgo, que si el señor Casales y sus locuaces compinches de micrófono otearan un poquito la realidad huilense sin menoscabo de sus circuitos neuronales, entenderían que Huila en lugar de disfrutar, sufre jugar a esa hora en un estadio derruido como el Plazas Alcid, y que de paso sus exiguas arcas se estrujan aún más cuando oficia de local en las condiciones en que está.

Atlético Huila es víctima de la desidia y de las sospechosas intenciones de una clase dirigente local que le apostó a la refacción de un estadio que en cada ladrillo caído y en cada trozo de concreto desmembrado acusa el olor atosigante a corrupción, a indolencia y a muertes inocentes. Se inventaron en la administración del anterior alcalde, Pedro Suárez, la construcción de un estadio ambicioso, exagerado, envuelta en una cortina de humo espesa y seductora: dizque con especificaciones FIFA. Las desproporcionadas proyecciones a un escenario al que solo había que hacerle correcciones de ingeniería y de decoro arquitectónico, más allá de satisfacer a la afición huilense la tiene sumida en la incertidumbre de poder ver a su equipo en Neiva el próximo año, y en el desespero presente de no gozar de un estadio sin ambages ni fastuosidades, pero digno. En Neiva nadie sabe ni tiene la menor idea del día en que los daños perpetrados al estadio y al Atlético Huila puedan resarcirse. La firma constructora asevera que todo se estaba haciendo con los mas exigentes requerimientos que las obras civiles de esta envergadura demandan , mientras que los peritos de la administración municipal no reculan en su intención de declarar la caducidad del contrato. En cualquiera de los casos, el peregrinaje del Huila está asegurado en el caos de la tramitología y el vórtice de un presupuesto que no se tiene para la culminación de la obra.

Jorge Fernando Perdomo, presidente de la Dimayor, ya puso la piedra en el ojo al decir que si mínimamente Huila no cuenta con luminarias para el próximo torneo, tendrá que irse a jugar a otra ciudad. Se nota que acusa presión. A pesar de eso el presidente del Huila, Juan Carlos Patarroyo, sigue haciendo peripecias administrativas para no dejar caer el equipo, poniéndole trampas a la razón y apostando el corazón en su afán de conservarlo tanto en la categoría como en su sede natural. Patarroyo se ha convertido en la ” voz que clama en el desierto ” entre los demás presidentes de los clubes en Colombia donde solo escucha el eco de la insolidaridad.

Dicen que la plañidera más sonora es Millonarios, equipo que en su última visita a Neiva afrentó a los opitas al negarse entrar al camerino al término del primer tiempo por considerar el vestuario indigno de su alcurnia. Antes del partido sus directivas habían enviado una avanzada haciéndole un grosero peritazgo a cada recoveco del estadio y de la cancha. Pero se supone que es entendible: Millos es un pez grande, grandeza solo consignada en los anaqueles de su historia, porque jugando es un tiro al aire. Como el elenco embajador hay otros peces de su tamaño merodeando hambrientos, lanzando dentelladas a la tienda huilense.

Para muchos es inhumano jugar en Neiva por la alta temperatura y las incómodas instalaciones. Lo primero es solo un ardid retórico propio de quejosos. Si así fuera, todos los colombianos tendríamos que darle la razón a los equipos que protestan jugar eliminatorias en el estadio Metropolitano de Barranquilla. Ahí subyace un dejo de doble moral. Lo segundo es discutible. Se han construido un par de camerinos, que si bien no gozan de la pompa y el boato que los equipos de rancio abolengo están acostumbrados disfrutar, tampoco son una mazmorra. Aparte de eso, la cancha donde en definitiva tienen que hablar los jugadores de “excelso linaje” está en perfectas condiciones, Sin el mínimo reparo. Patarroyo ha expresado que si estuviera en sus manos, firmaría jugar los próximos cinco años en horario nocturno. Eso posibilitaría un rédito en taquillas, que aunque menor, a un ‘mendigo’ siempre le llega bien”. No fue Huila el que conspiró contra los focos de iluminación ni atentó contra las graderías, ni se inventó un estadio decrépito y menos un remedio con tan perjudiciales efectos colaterales”.

En la temporada anterior cuando Huila en su periplo de judío errante ofició como locatario en Armenia —también lo hizo en el Peña Duque de Girardot— daba grima profunda y entrañable vergüenza ver solo tres hinchas que ingresaban pagando al escenario. Cuando se vislumbró la posibilidad de reparar en algún modo las maltrechas finanzas recibiendo a Nacional y a América en Armenia la policía se “aculilló” y prefirió ser obsecuente con las hinchadas que violentan el fútbol. Nadie dijo nada. Ni Dimayor ni ningún pez grande. Los chicos ni siquiera carraspean. Contrario a eso fue lo sucedido con Barón Rojo, la recalcitrante hinchada americana que amenazó La Paz con la visita del Cali a Tuluá en el propio Pascual Guerrero. Entonces sí se levantaron todas las voces. Todas. Dimayor, dirigencia, autoridades y periodismo en general. Todos unidos a ultranza en un preclaro testimonio de solidaridad en contra de los violentos y a favor de Tuluá.

Cuando las vicisitudes solo se sienten en la propia espalda y se es “pez chico” como en el caso de Huila, es fácil tomar un micrófono y apostatar de la verdad, diciendo lo primero que la torpe imaginación ordene. pero tampoco deja de ser cómodo para la dirigencia hipócrita ignorar los esfuerzos de unos o de otros, amén del periscopio con el que se quiera mirar.

Hablar de peces es un tema susceptible de sabia aplicabilidad. Está claro que el pez grande se come al chico. Y en el caso de comentarios tan vagos e imprecisos como el de Casales y sus actores de reparto, se podría decir que el pez muere por la boca, pero también, que solo los peces muertos siguen la corriente.

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