Arte y política: un performance mockusiano

Los símbolos fueron protagonistas en el acto de respaldo de Claudia López y Antanas al candidato de la Colombia Humana

Por: Luis Domingo Rincón B. (Domingó)
junio 12, 2018
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Arte y política: un performance mockusiano
Foto: Leonel Cordero / Las2orillas

Los simbolismos de Mockus. Vestido de blanco, una iglesia de fondo, puso a firmar a Petro unos acuerdos grabados en piedra con la forma de las tablas de la ley bíblica, acompañadas de la frase “Podemos ir en paz”. Cuatro símbolos con una gran carga histórica y evidente sentido religioso o espiritual. El significado más obvio es el de la confianza, la transparencia y la pulcritud de la adhesión al candidato Petro. Sin embargo, es algo más que eso. La historia y la esperanza se entrelazan. Tal vez sea desde la importancia simbólica y emocional uno de los eventos que más comprometen al candidato Petro, quien se verá abocado –en el caso de que gane–, a ser muy cuidadoso y tranquilo en sus decisiones de gobierno, pues este acto político, por su configuración simbólica, tiene más de anhelo, confianza y unidad de país en sus diferencias que de simple cacería de votos. Aquí Petro queda más en el centro del espectro político polarizado. Ya no es un extremo que cualquier colombiano, con sus justas razones, pueda ver.

Los símbolos fueron los protagonistas y al candidato se le observó en actitud de aceptación total; el Petro autosuficiente (ya sea por su capacidad intelectual o su liderazgo) que se puede ver a veces, aquí quedó neutralizado, observando expectante que hay “Colombias” que se funden en el deseo de no volver al pasado. Con esta carga simbólica Petro es otro Petro: se le notó moldeado aún más por la diversidad cultural y de pensamientos distintos que claman que la Colombia corrupta y de asesinatos, dolores de madres y olvidados del campo, quienes han sido las principales víctimas de la dolorosa historia colombiana, no se repitan nunca más.

Con esta expresión entre arte y política (aún con el peligro del uso del arte en política, del que es difícil salir estéticamente avante) queda claro que el camino se despeja. Ojalá sea entendido de esta manera por la gran mayoría de colombianos.

Muchos tienen derecho a sus temores, a sus miedos y de pronto, por mala información y evidente manipulaciones, hasta a sus odios y desprecios, pero con este performance digno de analizar más a fondo queda el retrato de un país que, aunque desconfiado y temeroso, echa mano de su historia, su sentido de supervivencia y su fe como signos de identidad para decir “Podemos ir en paz”, aceptando el miedo y la incertidumbre pero conscientes de que estas elecciones sí dejaron (independientemente de quién sea ganador) a otra Colombia muy distinta, una Colombia de diez millones de votos expresados y libres, nuevas ciudadanías que ya no son insensibles a las desgracias de las mayorías. Esta Colombia ya es otra, así Petro no sea el ganador. Los corruptos de siempre, que ahora están unidos en sus madrigueras de odio, vivirán su último gobierno de ignominia. Estos diez millones de colombianos simplemente han sembrado la semilla de la paz, solo resta que otros millones la cuiden.

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